Mi nieta Eloisa, la feria del libro y las hemorroides de la literatura

Por Carlos Piegari. Buenos Aires, Posadas, Barcelona. Escritor sofista.

Yo no quería ir a la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, pero dos circunstancias se me cruzaron en el camino. Siempre sucede lo mismo, cosas que de pronto aparecen en mi vida y resultan ineludibles, en este caso fueron de orden ético y afectivo. Recibí un llamado telefónico desde la editorial ConTexto que publicó mi libro Summa Baiulus en Argentina y una nieta me esperaba, nació hace tres años y aún no la conocía. En el primer caso me invitaban a presentar mi obra, todo un halago y en el segundo resultaba impostergable abrazar a la pequeña Eloisa. Entonces me subí a un autobús de larga distancia y fui.

Como coeditor de este magazine digital, me ocupé de incordiar solicitando artículos de opinión sobre la experiencia que vivieron otras/os participantes y también de quienes no asistieron. La culpa me atormentó, más cuando el promotor de NEACONATUS, Alberto Szretter, se arriesgó a opinar y levantó polvareda. Pensé, ya se habló mucho sobre la bendita Feria, desde diatribas y loas, sin dejar de lado que con el discurso inicial de Saccomanno la romería literaria abrió en llamas. ¿Qué puedo aportar yo?

Toca barajar y dar las cartas. Me sentí cómodo representando a una editorial independiente del interior del país. Vengo fastidiando con este tema hace rato. No habría percibido mi consciencia congruente formando parte de una delegación provincial, aunque si alguna vez un jurado de notables me invita, lo pensaría. No negaba la opción del viaje en grupo a ese magno evento por ser un egocéntrico soberbio, aunque se dicen cosas peores de mi persona, sino porque esto iba de vender libros. Supe participar en algunas verbenas artísticas: la Feria Internacional del Disco y Ediciones Musicales (Midem) en Francia, el Mercat Audiovisual de Catalunya (MAC) y la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid (ARCO), siempre vendiendo mis discos, programas de TV y obras conceptuales. En todos estos eventos que menciono el eje de la movida era la compra y venta en el marco de las industrias culturales. Se sumaban coloquios, workshops, conferencias magistrales, presentaciones de productos, eventos relacionados (directa e indirectamente) con el objetivo del mercadeo. Pero en ninguna observé la presencia de grupos de personas con banderas o escudos que definieran pertenencias territoriales. Ninguna delegación de los productores musicales de Marsella, los realizadores audiovisuales de Caldetas o los pintores de Murcia. Los protagonistas eran los productos, sus vendedores y los compradores, y la perspectiva relacional con acento nacional e internacional. Por eso no entendí bien en la Feria del Libro de Buenos Aires esa separación entre pabellones dedicados a las provincias y los de las editoriales. Bueno, deduje, es nuestra idiosincrasia de la biblia y el calefón. Una marca registrada de la argentinidad al palo. Nunca debe faltar el acto patrio, me sentí como en la escuela primaria. Primero formados en el patio donde Belgrano y San Martín se abrazaban sobre un escenario y luego la kermese donde vendían  pastelitos con dulce de batata.

En este caso fue “el día de la provincia tal o cual” con “sus” escritoras y escritores luciendo sus libros ante un fotógrafo y a unos metros las editoriales despachando libros como pan caliente. Recordé la guerra de las Malvinas, los jóvenes soldados caían en batalla desigual y nadie gritaba “aquí ha muerto un correntino”, “este que perdió un brazo es misionero” o “aquella pierna amputada es de un chaqueño”, porque todos eran miembros de un ejército “nacional” sin distinciones “provinciales”. Cuando la cosa va “de Patria” las diferencias étnicas y culturales no se tienen en cuenta, aunque un general en “Buenos Aires” use como carne de cañón con temperaturas bajo cero a un chico nacido en “provincias” con cuarenta grados a la sombra.

De inmediato dejé de pensar en estas cosas de diván freudiano y regresé a la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires. Sin embargo creí percibir un cierto tufillo discriminatorio en eso de “las provincias” y “Buenos Aires”. Creo que hubiera preferido un mensaje más homogéneo: todos somos el mismo libro, la factoría de la creación no tiene fronteras. Aunque los puentes están rotos hace rato por el oligopolio del papel y su coste, la distribución asimétrica y la no creación de nuevos públicos.   

Pero me sentí feliz, participar junto al equipo de una editorial independiente (ConTexto) subrayaba mi obsesión de vender libros, sin dejar de tener en cuenta el apoyo de un instituto de cultura timoneado por un escritor (Francisco Tete Romero). La cosa cerraba.

Pero uno se complica la vida con pensamientos que no hacen más que llenarnos la cabeza de caranchos. El lugar no me terminaba de convencer. El señor Saccomanno pegó duro cuando dijo: “¿es una paradoja o responde a una lógica del sistema que esta Feria se realice en la Rural, que se le pague un alquiler sideral a la institución que fue instigadora de los golpes militares que asesinaron escritores y destruyeron libros?”. Yo no hubiera sido capaz de tal desafío, lo mío tenía más que ver con los toros, las vacas, los chanchitos y las gallinas que pueblan esos pabellones una vez al año. Imaginaba que caminaba sobre kilos de bosta apisonada bajo las moquetas de los stands. Desde niño tengo un trauma con el asco.

Cuando regresé a Posadas, Szretter me envió el artículo que menciono al principio para integrarlo a la serie FERIA EN FOCO que estamos publicando en NEACONATUS. En un párrafo afirma que “gastemos los recursos, que son escasos, en un congreso de literatura en la provincia, con temas precisos, con invitados de afuera…” Vaya si este socio literario no es un escritor osado que se juega la vida con sus ideas. Organizar un encuentro con gente allende la provincia, un deporte de alto riesgo que puede originar patologías varias en el equipo organizador. Derrames cerebrales a la hora de buscar fondos, cardiopatías isquémicas al gestionar auspicios publicitarios y prolapsos uterinos al solicitar el apoyo de los medios de comunicación. Mejor derivar tanto esfuerzo en la producción de un asado en la casa de Horacio Quiroga en San Ignacio y leer poemas a los postres. Nunca falla.

Por último cabe mencionar que conocí a mi nieta Eloisa, un sol.   

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