De ferias y Saccomannos

Por Mario Doldán. Roque Sáenz Peña, Chaco. Profesor en Historia y poeta, vicepresidente de la SADE – Filial Chaco.

En todos estos años he escuchado a muchos autores quejarse de las ferias de libro. Es entendible, dado que la sensación predominante es la de pasar desapercibido para el público lector, lo que comúnmente llamamos invisibilización. Mucha venta de libros, poco público interesado en conocer a los autores, en asistir a sus presentaciones. Entiendo que algunas editoriales hacen un esfuerzo considerable para mitigar el trago amargo, pero la sensación siempre es la misma.

Lo cierto es que el gran protagonista de la literatura y del mercado editorial es el libro, la obra literaria en sí. Raras veces — sucede con los clásicos, con los best sellers — se logra asignar, recordar, título y autor. Por así decirlo, hay una invisibilización que se da de una manera natural cuando lo que importa — lo que realmente importa — es el contenido de una novela, un poema o un cuento.

El lector avezado, crítico, activo, podrá rebatirme fácilmente. Pero seamos sinceros, el lector común se acuerda de un personaje, un argumento, un verso, pasa por nuestras obras, brevemente conmovido, y parte hacia otros rumbos. Siempre he dicho que el lector es un gran selector: elige qué leer, elige qué recordar.

¿Estamos condenados los autores al olvido? No sé si es válida la pregunta. Deberíamos plantearnos, eso sí, si lo que buscamos es fama (aplausos) o dejar una obra respetable y digna para la literatura. Alguien se preguntó alguna vez cuánto tiempo iba tardar la humanidad en olvidar a Borges. Dejemos a la literatura y a sus designios en paz. En este sentido, Ella tiene cierto arbitrio que jamás alcanzaremos a doblegar.

En lo concreto, el mercado editorial y los autores buscamos lo mismo: lectores. En una feria el lector es consumista, compra, invierte su dinero en nuestras obras. Constituyen esa multitud en la que desaparecemos. Pero ¿qué haríamos sin esa multitud? ¿Nos preguntamos alguna vez qué sería de la literatura sin el sostenido mundo editorial? No peco de capitalista: la obra de arte siempre tuvo un valor material y otro espiritual. Cuando asistimos a una feria asistimos al mercado de la Aldea. En otro momento, en su silencio o en su taller de lectura, el lector se convertirá en el viajero que esperamos. Son dos instancias distintas.

Por otra parte, ¿es necesario conocer al autor si ya tenemos (compramos) su obra? ¿Qué o quién obliga al lector a asistir a una presentación o a una firma de ejemplares? Otra: si cuando escribimos generalmente decimos que no tenemos presente al lector, que escribimos y ya, ¿por qué consideramos que los lectores llenarán auditorios para aplaudirnos? Siempre me cuestiono lo mismo desde mi espacio de gestión cultural donde considero una bendición tener 20 o 30 personas en cada evento. Antes se estilaba buscar un “público cautivo” para no sentir la invisibilidad. Aun hoy veo ese fenómeno. Pero decir “público cautivo” no es lo mismo que afirmar “público cautivado”. Cada autor recogerá su siembra. 

A esta altura lo diré más claramente: el lector va a por los libros, no a por los autores.

Qué gran golpe al ego. Ya estoy acostumbrado, por eso alguna vez escribí que “la poesía es la cercanía más íntima de dos desconocidos”. Y en eso reside, acaso, la magia de la literatura, en que el lector y el autor sean íntimos, por un periodo breve, y a la vez desconocidos, por siempre. ¡Qué daría yo por tenerlo a Poe para conversar en el banco de una plaza! Debo conformarme, ni más ni menos, con el privilegio de admirar al cuervo.

Podrá ser una caricia al alma que un lector nos reconozca en una feria, que nos aborde, que haga comentarios y preguntas, que asista a nuestras presentaciones, pero generalmente no es así. Debemos acostumbrarnos a nuestro “exitoso fracaso” (los contados “cuerpo a cuerpo” con los lectores) o fracasaremos buscando el éxito.

Ya vendrán otras ferias, ya vendrán otros Saccomannos. Pero las preguntas siempre estarán allí, las incertidumbres perennes, diría, las contradicciones del arte y del mercado. Paciencia y viento fresco o arremetida loca contra el molino. No sé si quedan otras opciones.

Otro día hablaré sobre el autobombo, sobre el canon y sus dedos selectivos y de los adjetivos que nadie quiere utilizar para caracterizar lo que profusamente se publica y escasamente se lee.

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