Historia de una inundación

Por Alberto Szretter. Puerto Rico. Escritor y médico

Todos tienen dos abuelas, yo tuve tres. Vivía, en tiempos de Facultad, con la madre de mi padre y su hermana, dos viejas amorosas, sanguíneas, mediterráneas. Yo estudiaba enfermería, ellas se pasaban rezando con el rosario en la mano, una mantilla en la cabeza y vestidas de negro. El misal al lado. En un rincón de la sala, la virgen de Luján, rodeada de velos y velas, una especie de sanctasanctórum con efigies y reliquias de yeso junto al Nuevo Testamento, crucifijos bendecidos, y láminas de Jesús flagelado mirando al cielo, durante la Pasión; nunca tan humano y sufriente.

Un día, estas dos abuelas, que en paz descansen, escucharon en un programa de la tarde en la TV, las virtudes cuasi divinas de una generosa hidratación, y más en verano, como estábamos. Ahí nomás se levantaron a buscar, cada una, una jarra de agua de dos litros, y se dieron a la tarea insulsa e insípida, de beber sin descanso, invocando a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y a San Isidro, patrono del agua y los chubascos, mientras se acordaban, riendo, de las rosquillas de sus abuelas, mitad madrileñas y mitad de Liguria.

El río Paraná las penetró en el cuerpo entre el Credo y el Ave María. Cuando llegué de una guardia las encontré saturadas de humedad en aparatos y sistemas. Sufrieron una inundación corpórea, porque se hincharon hasta el punto de sofocar el corazón con edema excesivo. Las internamos de urgencia. Eso les dolió, porque el domingo no pudieron ir a misa después de setenta y ocho años de asistencia perfecta.

El médico hablaba de aluvión, los residentes, de inmersión para adentro, mis compañeras, de una crecida excepcional. Hasta que vino el Director y sin elegir las palabras, les mencionó un diluvio. ¿Para qué? comenzaron las loas a las estrellas del firmamento, y a cantar salmos e invitar a los demás enfermos a salvarse mediante la barca providencial del jefe del hospital, al que todos odiábamos, pero que de golpe se transformó en siervo de Dios, venerable, beato,… un verdadero santo que bien podría salvar a la humanidad, que por esos años ya estaba perdida, aunque un poco mejor que ahora.

Apenas se recuperaron en base a una camionada de diuréticos y a sondas vesicales que no daban abasto, las dos viejas mandonas comenzaron a adoctrinar al plantel, que pensaban, descarriado, empezando por el personal de terapia intensiva que, como están medianera de por medio, viviendo con la muerte, son los primeros. Pero a los dos días el establecimiento entero rezaba al atardecer la novena, y llegaban curas tonsurados, monjas con cofias de un metro cincuenta de ancho, que caminaban de a par con pasitos cortos, mirando el piso, lívidos catequistas, coros de niños del orfanato, novicios en trance de sacerdote; e hicieron elevar en el patio del hospital un altar para una misa concelebrada, donde iban a vender estampitas y escapularios con objetos devocionarios con cintas de amarillo vaticano para beneficio de la cooperadora. Había lamentaciones y padrenuestros en el cuarto de curaciones y confesionarios de urgencia en la sala de espera, murmullos de sotanas y golpes en el pecho por culpas sanitarias ajenas. Lisiados en sillas de ruedas clamaban un milagro, y la Jefa obligaba a mis colegas a alargar las polleras, evitar el maquillaje y hablar en susurro.

Me llamó el Director. Me dijo que ya era mucho, que estaban de alta, y pidió que las lleve.

Pero ¿están bien? -pregunté.

Perfectamente -respondió.

Mire -advertí yo -que ayer en mi turno cada abuela orinó quince litros.

Es un detalle -contestó el Director -no le dé importancia. Por favor, llévelas.

 

 

 

 

 

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