Tanta lágrima no llorada

Por Evelin Inés Rucker. Posadas. Docente y escritora.

El mundo se puso de cabeza, giró desesperadamente casi saliéndose de su eje y ya nada volvió a ser como antes.

_No tengo ganas de seguir ahogando tanta lágrima no llorada ni dejarme arrastrar por las medias tintas.

La vieja chamana volvió a mirar el péndulo que se negaba a girar y supo que el silencio era necesario. Preparó un té de jengibre, cardamomo y miel y miró a Inés a los ojos de esa manera intensa y serena con la que se comprenden los grandes cambios. Estuvieron así un tiempo largo.

_Sus lágrimas sacudieron las mías ­-dijo Inés en un hilo de voz.

_Es necesario que tomes el té y que salgamos a caminar descalzas -sentenció la anciana-. Mientras tengas las palabras atascadas, los dolores seguirán prendidos al alma y no te será posible llorar ni observarte claramente.

Hundieron los pies en el pasto que a esa hora estaba mojado y caminaron hasta sentir el cansancio del cuerpo, de las penas y del barro. Se sentaron entonces recostando la espalda en un árbol y dejaron que la sangre y la savia se unieran en movimientos de calma.

_Se necesita valor para gritar en lágrimas las penas; y a ese valor lo da la vida cuando respetamos a los vientos fuertes y nos permitimos ser vulnerables en sus sacudidas –dijo la vieja hablando como para sí misma.

Inés crispó las manos cuando una gota salada intentó acariciar su mejilla. Después, en movimientos sincrónicos, y bajo el influjo de truenos lejanos, emprendieron el regreso cada una cargando con quien inevitablemente era.

_Son nubes pesadas; están llenas de lágrimas –susurró Inés.

_El cielo también tiene urgencias secretas. A veces las canta, otras veces las grita escandalosamente, tiembla en huracanes e inunda en pasiones. La vida no tiene miedo a los desbordes.

La bruja llevaba años en las articulaciones y en la espalda; sabía de amores inconclusos, de miedos y de esperanza. Sentía el olor a lluvia en el aire y predecía milagros. Esto la hacía plácida y mansa. Sabía que el vivir no requiere de razones y que es la mente la que suele jugarnos malas pasadas en su afán de etiquetar y juzgar.

_Tendremos que correr -dijo Inés.

La risa de la maga se escuchó entre los relámpagos y se unió a ellos en descargas.

_Prestame entonces tus pies, hija, -no dejaba de reír divertida- no podemos escapar de lo que es, pero sí podemos elegir de qué manera transitarlo. ¡Bailemos!

La danza ancestral de todas las alegrías se apoderó de ellas en compases naturales. Bailaron emociones, valses, culpas, abandonos y tangos. La lluvia las abrazaba corriéndoles por el pelo y empapándoles la ropa y el alma. Varios siglos de miedos dieron lugar al perdón que solo se logra llorando, o bailando pensó Inés.

El calor del fuego las recibió extasiado. Los ojos limpios y las miradas plenas reflejaron el pan amasado desde el que Inés retornó a su centro.

_Puede que nadie te haya enseñado a escucharte, a quererte, a valorarte y entonces sus miedos y sus dolores despertaron los tuyos. Tranquila, quiero que sepas que a ser feliz se aprende y que estoy aquí para acompañarte.

Mucho tiempo después, cuando todo lo que había sido ya no era y los sueños volvieron a convertir realidades, las dos mujeres recordaron aquella tarde en que se desaprendieron. Y rieron y cantaron y festejaron el amor como solo las brujas, chamanas de los tiempos, saben hacerlo.

 

                                                                                              

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