Delicuescencia. Sobre Fuego amigo de Horacio Lapunzina

Por Café Azar. Buenos Aires, Posadas, Misiones. Antropólogo y gestor cultural

La palabra aparece en el último cuento del libro Fuego Amigo de Horacio Lapunzina (Fundación La Hendija; Paraná, Entre Ríos; 2020). No me refiero a su acepción ligada a una costumbre o estilo decadente. Vale aclarar que quienes, como yo, fuimos lectores compulsivos y adictos a los textos nietzscheanos, entendemos y alabamos  los densos y ricos vericuetos que la vigilia semántica acecha a la palabra decadencia. Sin embargo es la otra acepción de delicuescente que me llamó la atención. Se trata de un cuerpo que tiene la propiedad de atraer la humedad del aire y disolverse lentamente en él. La palabra – según me informa, conforma y deforma la web – viene del latín deliquescens: fundirse, liquidarse. Y algo así, se me hace, es la literatura. Un recuerdo, algo dicho, una imagen, un sueño, una lectura. Una alucinación es absorbida para deshacerse en texto que vuelve a alimentar en un loop infinito la producción simbólica de la humanidad. “Doble hermenéutica” solíamos repetir algunos en las aulas de Ciencias Sociales. De ese océano indefinido e inabarcable recogemos la materia prima cuya manufactura es el texto, el relato, el poema, la observación.

Con esos elementos Horacio Lapunzina nos invita a conocer una serie de historias cuyo ordenamiento en el libro parecieran dar cuenta de un desarrollo cronológico. Esto, se verá, afecta directamente en la forma de abordar cada situación, cada narración. De los trece relatos que componen Fuego Amigo, doce están narrados en primera persona. Cada cuento tiene un relator que a veces parece ser el mismo, otras un testaferro, y otras un otro autor.

En algunos de los cuentos, sobre todo en los primeros, la geografía paisajística y humana conforma un escenario común. El río, el sol, la siesta, los pibes (y no les pibes porque se trata de un universo predominantemente de infancia masculina). Los textos Caballos y motores, Los designios de la calle, Un día en las carreras, Rubio y Los gritos se mueven en ese plano. En el primer cuento, una variación. Un juego con el lenguaje y así nos encontramos con un relato que corretea rítmicamente cual sit com y micro road movie, un circuito de fantasía lúdica solitaria cuyo personaje principal  se autoreferencia burlona y cariñosamente como “loco caballo motor”, “caballo riguroso”, “colectivo loco” mientras van pasando momentos, mudanzas y el mismo tiempo tatuado en un cartón. El resto de los cuentos abordan anécdotas, algunas trágicas, de los pibes del barrio y algún que otro personaje adulto.

A medida que nos metemos en el cosmos que Horacio, y lo que cada narrador nos va proponiendo, la cosa se torna más espesa. La forma de narrar las historias se descomponen en visiones, sensaciones que sacan al lector de la anécdota precisa. En esos cuentos, cuando el autor rompe con los formalismos narrativos de una literatura más transitada en los acervos que abrevan de la memoria y la anécdota, cuando la realidad ya no es una sino otra u otras posibles detonando sentidos y emociones,  es cuando el lector activa su alerta estético.

Trento & Zeus, Diario de mi madre, La Distancia, Grises y ¿Estás ahí? Desarrollan – en mayor o menor medida – unas texturas simbólicas, ambiguas y poéticas que rasgan la literalidad y nos empujan al abismo de lo inenarrable. Y allí, creo, es donde se revela el carácter alquimista del autor, Libera a quienes delega tomar la voz de la narración a surfear en el maelström de una tensión poética salvaje e impredecible. En Tentro & Zeus las tormentas subtropicales desatan los miedos y las crisis que quedan asordinadas por el agua que cae y todo lo inunda. El cuento comienza con una frase, que alguien deja caer: “– Cuando acá empieza a llover, olvídese.” En Ireneo y Guerrero de Don Juan, la escritura vuelve a la tesitura de los primeros cuentos con algunos destellos de cierto misterio, sobre todo en el final del segundo cuento mencionado. Pero es en Diario de mi madre donde la espesura textual y simbólica vuelve a florecer. Un relato jugado, profundo, amoroso y provocador sobre “… un Edipo jadeante y orgulloso que ha recuperado su estrella.”

A riesgo de alargar esta reseña permítanme citar un párrafo de Diario de mi madre:

“Una aventura recíproca y circular donde el viento era el viento y la noche esa única noche donde terminamos sospechando que todo era demasiado perfecto. Tanto que pregunto si este viento norte en la oscuridad sopla ahora en tu habitación, o si yo cruzando el río te encontraré esperándome como todos estos años en que tratamos a golpes de tiempo de eliminar todo extraño día caliente de invierno y la nocturnidad de esa locura que ahora no existe porque somos grandes, caramba, y hay que ir a dormir temprano o caminar hasta las once mirando vidrieras o sentarse en un banco en el parque.

En Diario de mi madre la evocación se muestra en su carácter espectral, donde la palabra, el relato asumen sentidos porosos e inefables. La distancia, Grises y ¿Estás ahí? son relatos de la adultez, sobre esa materia inapresable de la cual están constituidas las relaciones afectivas. Ingresan en un universo donde el deseo, la ausencia y lo indecible se entrelazan para describir aquello que nunca sabremos si sucedió pero nos movilizó el alma. La melancolía que rezuma el amor es el aire que se respira en esos textos cómo en algunos cuentos de Haruki Murakami (Drive my car, Kino o Sobre el encuentro con una chica cien por cien perfecta en una soleada mañana del mes de abril, entre otros), o en una playlist con canciones como: a) Felicidad de Vicentico y Andrés Calamaro, b) Tu sonrisa inolvidable de Fito Páez, c) Girl From The North Country de Bob Dylan, d) Lisa se casó y Dulzura distante de Fernando Cabrera, e) Espiral de Marcelo Ezquiaga y El Robot bajo el agua, f) Serenata a la tapera vieja y g) Nada de José Dames y Horacio Sanguinetti en la versión de Horacio Molina. Entre tantas, claro.

En El bicho, el relato vuelve a la estructura de la narración ordenada según los criterios clásicos. En tercera persona la historia capta con tizne fantástico la complicidad entre un padre y su hija.

Fuego amigo es un libro de múltiples entradas, recorre una línea de tiempo no del todo explícita pero va mutando en los recursos narrativos de los relatos. Si bien cada cuento es independiente creo que leerlos en el orden en que se presentan en el libro nos permite captar un tempo poético y profundo. Cómo en la acepción de la palabra delicuescente vamos incorporando imágenes y narraciones, emociones y extrañezas, y – lentamente – nos vamos perdiendo y formando parte de ese universo. Cada cual tiene su interpretación del título que aúna los textos de Horacio Lapunzina. El mismo autor, la suya en el prólogo. Asumo una posible visión de la cuestión. Al relatar y organizar una historia cualquiera, al crear un universo determinado, el demiurgo apunta sobre su propia creación imponiendo un orden moral. Quiero decir, en la edición está el fuego amigo.

Amigos del fuego, de lo poético, de las múltiples formas de narrar encontrarán en Horacio Lapunzina un alquimista magistral y amable, aún en las dolorosas e inexplicables materias de la vida.

 

Una tarde lluviosa de marzo (“…fechando o verão”), dos mil veintidós en Posadas, Misiones, RA.

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