El hombrecito del sombrero gris, el hombre gris, el gris

Por Alicia Marina Rossi (prólogo egocéntrico Carlos Piegari)

Uno puede haber escalado el Himalaya, inventado el paraguas, escrito las mejores notas necrológicas, creado un medicamento que cura las hemorroides, asaltado un banco, en fin, lo que se nos ocurra intentar. Y además se afana en promocionar alguna de estas osadías. Si nos publicaron un libro pues lucharemos para que sea un best seller, si descubrimos un nuevo planeta haremos lo imposible por obtener un premio Nobel, si ganamos un campeonato mundial de fútbol querremos levantar la copa dorada, si pescamos un tiburón hasta ver la foto alzando la pieza no pararemos, ni que hablar si nos compramos un traje, mataremos para que nos inviten a una fiesta de casamiento. Sobre todo si todas estas cosas sucedieron cuando accedimos a una edad más o menos adulta. Pero no, la memoria colectiva suele ser obcecada y elige de nuestro repertorio de hazañas y fracasos un recorte, sólo uno. Una polaroid de un instante de nuestra vida, que puede ser muy digno o bochornoso, y dale que dale.

En este caso se trata de un magnífico momento creativo, una canción. Compuesta en los años de adolescencia, nada que objetar. Además tuvo mucho éxito, más que conforme. Logró varias grabaciones y generó bastante dinero, óptimo. Claro, ya pasaron como más de cincuenta años y a uno no le fue tan mal. No nos quedamos en el pasado, no soportaría verme con setenta años cantando siempre la misma canción. Por eso avanzamos creando nuevos capítulos más o menos presentables. Entonces es lógico que la gente, los periódicos, las estaciones de radio y la televisión se ocupen de estos lozanos resultados. Por ejemplo este magazine digital Neaconatus junto con Alberto Szretter y un par de libros.

En mi caso no tuve nada que ver con el Himalaya, los paraguas, los avisos fúnebres, las hemorroides o el crimen. Pero algunos penales supe atajar y algún que otro premio en la lotería de la vida me gané. Y allí fuimos invitados a relatar estas pequeñas hazañas en los periódicos, las estaciones de radio y la televisión. Pero va a ser que no, cuando uno está contando satisfecho de sí mismo la buena nueva que supimos concebir, sale a relucir aquella fotografía de la adolescencia: ¡la canción famosa! Y entonces dale que dale una y otra vez. Sin embargo, hace pocos días se asomó de nuevo la canción famosa en formato de agradable sorpresa, y me gustó. Llegó desde la voz de mi amiga la escritora Alicia Marina Rossi. Pero mejor dejo que ella misma cuente la historia.

Sucedió como suceden la mayoría de las cosas, sin un porqué, o como la creación de tantas cosas, por azar. El paisaje era el sur de Brasil, una posada en Estaleiro de unos argentinos tucumanos. Hacía más de 20 años un matrimonio, medico él, arquitecta ella, decidieron cambiar el destino prefijado de profesionales y levantaron ese bello hotel de cabañas entre morros y selva brasilera, frente a un mar bravío y amplias playas. Hoy, su hijo arquitecto y músico y la nuera psicóloga continúan el sueño.

Era marzo/2022, lo estábamos pasando de maravillas. Se acercaba el día internacional de la poesía. Estaba invitada a una lectura de poemas, en el CCN, en Resistencia, con otras poetas, que como digo yo: ”siempre hay un loro más orejudo que yo, parado en un vértice invisible, que escribe el poema que sueño. En el caso, loras.  Seríamos 4 mujeres porque estábamos en el mes de la mujer. Escuché que algunos masculinos escritores criticaron la elección. En fin, toda elección siempre tiene algo de odioso y otro mes será para ellos. Hablando de elecciones, no las de 2023, tenía que elegir poemas para leer en 10 minutos. Y los duendes del azar tocaron mi espalda. Alejandro Olivera, dueño de la posada, me mostraba su colección de fotos artísticas. La belleza captada en cada imagen, es decir sus poesías, me llevaron hasta poemas míos y quedó determinada la elección: “La poesía del paisaje urbano”. Todo comenzó con la foto del hombre gris. Al ver la imagen, mírenla ustedes, corrí a buscar aquel poema que decía…

Ese hombre gris
en la plaza
de traje gris a rayas
carga una quietud desmesurada.
Un dolor indecible lo ausenta de sí
y deja una cáscara de hombre encanecida
sentada sobre el banco.

No puedo conocer las causas de su exilio.
Solo veo un cuerpo abandonado por su dueño
una corteza hueca sentada sobre el banco.

Ese hombre gris no está entero
sus latidos
su música
las palabras
fe mente alma
lo que somos y no es cuerpo
han partido de él

Nunca antes estuve frente a un hombre vacío
totalmente vacío de sí.

Se lo leí a Alejandro y él dijo, me recuerda a la letra de una canción de Sui Generis, fabulosa, Natalio Ruiz El hombrecito del sombrero gris, creo que la letra es de un tal Piegari. A no, dije yo, no puede ser, el mismo Carlos Piegari de Neaconatus, con el cual estoy (desde la pandemia) en contacto de amistad literaria, una de las más nutricias de las amistades. Debe ser, dijo Alejandro y buscó la letra de la canción en Google y la escuchamos por youtube; búsquenla ustedes también…

 

Crédito fotográfico: Alejandro Olivera

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