Un espejo es un abismo

Por Federico Torres. Buenos Aires, Formosa. Periodista cultural, editor y escritor

Sobre Los espejos sólo sirven para deformar de Marina Coronel Federico Torres

La opulencia viene de lo que existe

pero lo valioso viene de lo que no existe.

Lao Tsé 

Después de leer “los espejos sólo sirven para deformar” (2021), uno queda con la sensación de quien pasó por un vórtice de tiempo y vive una vida entera en una tarde. Una vida ajena y tremendamente cotidiana en una tarde. Y ahí queda uno, de repente, de nuevo con uno mismo, más viejo, más sabio, más humano, más frágil: “como los niños antes de aprender el lenguaje” diría Lao Tsé.

Son dos los elementos con los que Marina construye la tensión a lo largo del libro. El primero es evidente desde el título. Y también desde el título hay un aviso: atrás de estos espejos hay alimañas que esperan la oscuridad para salir. Pero esto no se detiene en lo evidente y el espejo se torna símbolo de otredad, porque es el afuera devolviéndonos nuestra imagen. Entonces, el otro es un espejo: la pareja, los amigos, los muertos. Una entiende con el tiempo / que el lugar de donde vino / define un poco los modos / de encarar este mundo / como en una evocación / de muertos entrañables. En el reflejo podemos leer toda nuestra historia junta.

El poema también es un espejo. Y como los otros, es un espejo crudo.  Crudo e intrincadamente delicado, pero de eso voy a hablar más adelante. Son espejos crudos, decía, porque en ellos aparecen la belleza y la vergüenza sin tapujos, puro humanas nomás. Podemos ver al otro y amarlo completo, sin desdibujarlo. Son espejos de la reina mala, esos que muestran la verdad, aunque duela. Marina empuña el espejo y le desdibuja el aura de vanidad femenina de que lo quiere impregnar el sinsentido común (qué fácil se olvidan de que Narciso era hombre). Y no sólo lo torna un objeto filosófico. Marina convierte al espejo en un objeto ritual, un amuleto peligroso, que tiene el vértigo de las respuestas incómodas. En estos poemas se tejen y destejen rituales cotidianos: mirar una película hasta el ensueño, encarnar con morena, lanzar y esperar, regar las plantas o regalar una, histeriquear en redes. En estos poemas se reflejan, con destellos precisos, la mirada femenina: hacia el varón, hacia las desgracias, hacia la madre y hacia los amigos. Espejos, también, de una cultura cada vez más cosmopolita, de una literatura cada vez más fractal: alusiones al cine, a la música pop, a la literatura, incluso a poemas del mismo libro. Un juego de espejos y recortes, como si asomara la puerta de una heladera llena de imanes, calcomanías y notas, hermosa y caótica.   

El otro elemento que pone en tensión es la escritura. Y desde la tapa misma, sin muchas pretensiones, con apenas unos hilos de algodón blanco, el ñandutí presenta una clave de lectura de manera muy sutil (un aparte para el trabajo de diseño de “El andamio”). No es menor el detalle y no sólo habla del paisaje, que se cuela muy fácil por esa trama holgada. El ñandutí representa literalmente una “tela de araña” que también es un atributo femenino. A su vez es, junto al encaje ju y el a’o po’i, una de las máximas hazañas de las artesanas paraguayas, marcadas siempre por el estigma de la laboriosidad, una carga que han llevado sobre sus hombros durante muchas generaciones. A su vez, es un elemento típico de las casas paraguayas en los altares de los santos: el ñandutí es un tejido ritual. A muchos niveles, entonces, habla del silencio. Los poemas del “los espejos sólo sirven para deformar” también están construidos de la misma materia, del silencio y del ritual.

Marina opera con soltura en ese silencio: sobre el fondo oscuro del cristal va pintando manchones finos, apenas hilos por los que la belleza o el horror puedan colar su reflejo, una grieta para que asome una imagen que presiona por salir. De la misma manera en que las manchas de acuarela van dibujando mientras se difuminan, el poema se conforma de manchas que tensionan entre la libertad del lenguaje poético y el control del escritor. Ella sabe perfectamente que el poema es apenas una de las manifestaciones que puede tener ese poema, apenas una marca en el dial. Permítaseme una comparación. Para que el ñandutí permanezca armado hay que remojar el tejido en agua de almidón. Lo que sale del cuenco es un estropajo viscoso. Con cuidado y paciencia la artesana usa una aguja para acomodar el mandala de hilo. El ñandutí tiene que cuajar para sostener tanto silencio. Pero si acaso la forma en que endurece no es del agrado de la artesana, esa forma no es intocable: basta con remojar de nuevo, todo o apenas una parte, y volver a dibujar con la punta de la aguja sobre el hilo húmedo. Los poemas de “los espejos” han pasado por un proceso semejante: han cuajado y vuelto a remojo hasta que la paciencia o la obsesión terminaron su trabajo.

Esto jamás querrá decir que el poema sea percibido como “perfecto”, porque lo que quiere reflejar es imperfecto: real o ficticio, lo que hace a la carne es su imperfección. ¿Dónde la pausa necesaria / tomar agua / seguir? / Vaciamos las pupilas / por bordes filosos / tanteamos texturas para conocer / las cicatrices del mundo. Incomoda esa tensión en el sentido de los primeros versos, como incomoda el corte en el ojo con que inicia “El perro andaluz”, ese mítico corto surrealista. Esta síntesis lingüística, donde a fuerza de verso se omiten los conectores, (¿Dónde la pausa necesaria (para) tomar agua (y) seguir?), ese pliegue pequeño sobre la superficie blanquísima del lugar común, nos incomoda. Porque la libertad, en el sinsentido común, incomoda. Marina juega con esa incomodidad, lo hace con apenas un desliz del verso: no le hace falta mostrar la retina derramándose, la amaga y saca de foco la imagen. “Negar o afirmar lo monstruoso es menos tremendo que vislumbrarlo” dijo alguien una vez. Marina sugiere en el espejo y nosotros nos quedamos sin aire ante ese abismo y todo ese silencio que, sin saberlo, pujaba por salir.

Un apartado aparte

Después de terminar lo anterior, charlé un rato con Damián López, el editor de El Andamio. “Hay algo más” me dijo “una cosita para profundizar más: lo que refleja el espejo es siempre un cuerpo”. Me pico, cómo no lo ví. Me calmo: para eso está el otre. Estos espejos son cuerpo, carne sobre la que trabajan la vida, el miedo y el deseo. Clave de género la del cuerpo, porque toda corporalidad no hegemónica es atacada por el patriarcado. No deforma el espejo, deforma la mirada que se posa en él. La lógica del cuerpo es diferente de la lógica de la razón. Estos poemas dan voz a cuerpos que el sinsentido común prefiere en silencio. La incomodidad, en este libro, se muda de cuerpo, porque muestra lo roto, la mancha. Cada uno y cada una conoce la cicatriz que habita.  Cada quien sabrá qué se atreve a mirar de frente.

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