Escribir la ternura

Por María Laura Riba, Corrientes / Resistencia. Escritora y periodista

Si alguien se pregunta por la ternura, si se atreve a pensar la ternura, a darle forma, a sentirla, concordará conmigo en que el mundo es mejor con ella. Será por eso que cuando leí el libro de poemas “Para que la ternura” de Fabián Yausaz, entendí que la cotidianidad que nos rodea está subvalorada: damos por hecho que en nuestro día a día, en ese “siempre hacer lo mismo”, no puede haber nada. Es decir, aceptamos con resignación glacial que estamos inmersos en la “nada”.

Sin embargo, cuando un sacudón nos arroja al suelo, una tormenta nos desordena el alma, cuando la vida se nos hace pequeña o se nos abisma, es entonces que regresamos a la sencillez que nos rodea, y nos damos cuenta de la importancia que tiene un saludo o un abrazo. Humanos al fin, nos repetimos, una y otra vez, que el tiempo se va muy rápido, que tenemos que valorar el instante, y nos juramos que ahora sí, por fin, apreciaremos mejor nuestra vida. Y aunque no cumplamos del todo lo prometido, es en ese regresar a los sentimientos que redescubrimos la ternura, se nos hace inconcebible pensar el amor de otra manera.

“Para que la ternura” no interroga sino afirma: si reconocemos la importancia de mirar y mirar con el asombro de la primera vez, la ternura está en lugares y seres insospechados. Fabián Yausaz consigue hacernos sentir esa profundidad.

Si al comienzo del libro, un epígrafe del escritor Arnaldo Calveyra, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara”, nos va dando pistas sobre este regresar al sentir de las cosas simples, el título nos alumbra las huellas precisas. “Para que la ternura” alude al libro de Calveyra, “Cartas para que la alegría” que, según Yausaz, conserva la “tonada” del interior entrerriano, la tonada de su madre, “la de mi vieja”, la que Calveyra no perdió pese a haber vivido hasta su muerte, en París, Francia.

El libro de Yausaz se divide en dos partes. En la primera, la naturaleza a pleno se nos presenta, no para ser espectadores sino para adentrarnos en la infinita ternura que el poeta encuentra hasta en los seres menos pensados, como las víboras, por ejemplo. ¿Quién puede decir que una víbora es tierna?: nadie con los ojos de mirar la monotonía. La víbora es un ser tierno si se los mira con los ojos de Yausaz, ojos que nos presta y, sugiero, aceptar. El poema que abre el libro, “Primeriza”, nos cuenta de la ternura que existe en una madre pariendo, cuidando de que sus hijos nazcan “sanitos”. Una yarará también puede ser tierna: “Siente dolor adentro / algo duro trabaja / en su cuerpo / quiere llorar y sabe / que la hembra yarará no llora / así fue desde siempre / le dijeron”.

Los poemas de esta primera parte tienen los sonidos de la infancia, los de los cuentos leídos o escuchados en la niñez, o en la adultez que mira hacia una infancia cobijada en un cuerpo que los años van marcando.

Por eso es tierna, también, la manera de alimentar a su pichón, que tiene el carancho: “Duerma mi pichoncito / que su papá le trajo / un ojito de vaca / Duerma pichón que el viento / trae olor a carroña” (Nana para el pichón de carancho), y por eso será que, del mismo modo, nos podemos sensibilizar hasta las lágrimas cuando leemos: “Cachorro mío / dormí entre las raíces / del lapacho / Dormí cachorro mío / no te asustes / ese perro de caza / no puede hacerte / ya / más daño” (Nana para el cachorro de gato montés”.

Animales y vegetales son la fuente de la ternura, yacarés y semillas de timbó conviven en tierra guaranítica. Las palabras con que se nombra a estos seres tienen el eco del nombre dicho por vez primera en guaraní.

La segunda parte del libro reúne poemas con la voz intimista del autor, es su ternura la que nos ofrece, su sensibilidad: “La tormenta desdibuja / el límite entre el cielo / la laguna / y mi mirada / no sé si llueve / crece la laguna / o lloro de emoción” (Aguacero). Hasta en medio de la ternura de dormir junto a María, nos hace sonreír con sus descripciones del movimiento cotidiano – ¿quién dijo que la ternura no tiene sentido del humor?: “No te despiertes / que te miro nomás / en equilibro / para embocar el pie en el calzoncillo / Cada vez me cuesta más / esto del equilibrio / no sé si son los años / o los agujeros de los calzoncillos” (Nana para María).

En esta segunda parte regresan los sonidos de la infancia, por ejemplo, en el juego entre un abuelo y su nieto: “El abuelo corre / como cuando se juega / a volver a jugar” (Mañana de juegos).

Este libro de poemas y de nanas no es solo un libro para ser leído sino para ser escuchado, sugiero leerlo en voz alta o cerrar los ojos y que alguien nos lo lea.

“Para que la ternura” nos conmueva siempre, es necesario estar con el alma atenta. Sin duda, un libro para atesorar, para no olvidar que sin la ternura es muy dificil andar por ahí, que se necesita como el agua. Sin ella, qué difícil se hace respirar o escribirla.

FABIÁN YAUSAZ nació en Buenos Aires y vive desde 2001 en la provincia de Corrientes, Argentina. “Para que la ternura” se puede adquirir contactando al propio autor: fyausaz@yahoo.com.ar o a la Editorial Deacá (provincia de San Luis): librosdeaca@gmail.com o comprar online a través de Salvaje Federal: https://www.salvajefederal.com/productos/para-que-la-ternura-fabian-yausaz/

 

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