LIBRETA DE APUNTES: Mondo Kitsch 3

Por NEACONATUS

Los Power Rangers se casan con las hermanas Kardashian

Creemos que el arte como parte de la actividad humana va cambiando con el tiempo, porque incorpora nuevas sensibilidades, (¿seguro?) técnicas, otros recursos, respuestas innovadoras a situaciones y problemáticas inéditas. En esa variación del mundo, el arte ventila y limpia de telarañas las ideas, los conceptos, lo intelectual, más que lo emocional. El kitsch, las instalaciones, el arte objeto, la estética de lo feo, las representaciones (plásticas y literarias) se han vuelto provocativas, impactantes. Se desea asombrar subvirtiendo formas, más que contenidos. Esto en cuanto a los artistas, pero el público también ha cambiado. Mutó en superficial, se cansa, surfea sobre las olas de los fenómenos, tiene un modo de lectura saltarina, de deslizamiento. Actualmente no se pretende trascender el tiempo, se lucha como los gladiadores por estar en el candelero, prima vender, cotizar en el mercado. El mundo del arte se ha llenado de forajidos. Neruda decía “hoy los pistoleros se pasean con la cultura en sus brazos”. Ahora cabría volver a interpelarlo: ¿Qué es cultura? ¿Quién no es un pistolero?

Hay una aclaración que hacer antes de seguir adelante: No estamos en contra del kitsch. Solo se busca definir un modo de producir arte que reivindica lo kitsch. Porque ha notado que sus tentáculos crecen y se afianzan socialmente. Pero previamente antes visitemos unos ensayos de Hermann Bloch cuando utiliza la palabra alemana “ersatz”, que, creemos es acertada para referirnos al kitsch. Ersatz es sustitución, reemplazo. Bloch nos quiere decir que en el kitsch los valores estéticos son permutados por otros valores, valores pasajeros, sin asidero, que buscan solamente lo agradable, el pasatiempo. Importa el efecto. Las producciones kitsch, dice el pensador alemán, hay que entenderlas dentro del desmoronamiento de lo ético que comenzó en las primeras décadas del siglo XIX, porque fue en esos años que el mundo moderno (como lo vemos ahora) nació. Y fue en el seno de algunas expresiones del romanticismo en tanto pugnaban por la belleza pura en desmedro de cualquier otro rasgo o tendencia.

El ersatz imponía al aspirante a artista la realización de un trabajo agradable, no de un buen trabajo; más que algo original, una excelente copia; más que un esfuerzo creativo innovador un pastiche con las obras anteriores, o sea, por ejemplo, un cuadro para quedar bien. Los nuevos burgueses tenían una pared de equis dimensiones en sus nuevas casonas, y debían llenarla con un bastidor acorde, y si conseguían un óleo más o menos llamativo que no alcanzaba ese tamaño le agregaban passe-partout. Uno se ríe pero para describir a ciertos “paracaidistas” que del día a la mañana se hicieron ricos y querían aparentar que eran ilustrados, está el viejo cuento de uno de ellos que va a una librería y pide dos metros de libros. Equiparable con los fondos virtuales para zoom que simulan bibliotecas y se venden hoy a buen precio.

Pero hay algo más hondo y terrible que señala Bloch y es el ocultamiento de la muerte. De morir en la casa, se pasó a morir en los hospitales, si era posible lejos del hogar. Existe una distinción entre la superación de la muerte y el ocultamiento de la muerte, o directamente la huida. El kitsch es el temor y la fuga de la muerte. Esta posición que pasó por muchas etapas, llegó al extremo en los Estados Unidos con la constitución de empresas cosméticas para maquillar a los finados, y se inventaron frigoríficos para congelar a los difuntos, y si ya están cenizas, por unos módicos 8 mil dólares Space Service las manda al espacio a 3 mil kilómetros de altura, desde Houston, aprovechando los cohetes Pegasus y Taurus. Era o son formas de ocultar lo inevitable. El negocio de la tanatopraxia está montado sobre una idea kitsch que responde al temor a la muerte del que habla Bloch. Se procede a restaurar el cadáver, a suturar las heridas y a embellecerlo mediante masajes, cremas, tinturas y rellenos de algodón y silicona. A los muertos se los coloca en “dormitorios” de las funerarias. Se venden ataúdes con colchones para que el occiso “esté cómodo, eternamente”; los más caros poseen ¡aire acondicionado! Siempre se han acicalado los muertos, pero en la antigüedad, el primitivo ser humano llenaba de símbolos al fallecido, incluso de objetos que fueron suyos en vida, para que su paso a la categoría de muerto fuera armónica y pacífica. En cambio ahora se trata que el cadáver parezca lo más vivo posible. No es lo mismo, es una muerte adulterada, o dicho correctamente: negada.

Sucede con la muerte y con todas las incidencias y accidentes inevitables de la vida que la afectan y pueden desembocar en tristeza y aburrimiento. El mundo moderno, que es decididamente kitsch, abomina del aburrimiento. El mandato es que hay que ser alegre, feliz (a toda costa) y si es posible tener dinero, mucho dinero, y aún más (porque el capitalismo es insaciable) si es posible ser joven. Es que la juventud gasta (compra) en un espectro de 180 grados. Los viejos solo gastan en medicamentos, estudios médicos e internaciones. Aunque la sobrevida de las personas está transformando la vejez en un inesperado gran negocio.

En esa lucha sin cuartel contra el tedio ha florecido la industria del entretenimiento. Todo es show, espectáculo. El arte de la distracción, que es kitsch. El fenómeno de la mostración (las selfies, por ejemplo) que también es kitsch donde no se refleja el ser humano y su problemática, su mundo con cosas a favor y en contra, sino el hombre, la mujer y los otros géneros como quieren ser vistos por los otros, y el mundo en un presente continuo, donde el pasado está absolutamente desprestigiado y el futuro es tan incierto que poco importa.

A este capítulo de la historia del planeta, le podemos poner sin equivocarnos, el título de El Triunfo del Kitsch. El arco de manifestaciones postizas va desde los guías de turismo disfrazados en Iguazú, hasta Las Vegas y Disneyworld.

¿Podríamos concluir, si todos estos párrafos fueran ciertos, que el kitsch no es arte? Precisemos en una maniobra general de acercamiento al núcleo de lo que es arte (si es que podemos aproximarnos) diciendo que arte es aquello que trata de la belleza. ¡Vaya! Ahora nos metemos en otro problema, qué es la belleza. Pero de alguna forma tenemos que avanzar.

El ser humano se nutre de la realidad (o de las realidades, podría decir Julio Cortázar) y disconforme, o de acuerdo, molesto o confortable, trata de exaltarla o cambiarla o de hacer visible sus costuras; no desde el mundo de vista matemático, científico, sobre una probeta de laboratorio, sino en los lienzos, en los párrafos de un cuento o novela, etcétera. Escarba en las asperezas del mundo, de las personas, de sus relaciones, de su historia nutricional que lo retroalimente de modo genuino. Busca una armonía, relaciones inéditas. Rastrea en el alma humana (perdón por la frase) algún corrimiento que la muestre desnuda. Dicho de otra forma, busca el develamiento de oscuridades que lo molestan o lo llenan de curiosidad. Aquí está el acto creativo. El acto, la posición del artista (el resultado es otra cosa). El artista, el escritor, por ejemplo, no pretende imitar la naturaleza, porque no es un fotógrafo o pintor realista que desea plasmar tal cual las cosas que ven o se imaginan. El artista debe (disculpas por el imperativo “debe”) despegarse del naturalismo, de la copia de diálogos populares, folclóricos, pintorescos, con palabras locales (y glosario al final de su librito) para elevar todo el lenguaje a un nivel que según el nivel de “flotación” actual podría considerarse literatura. Literatura que no es sentenciada por nadie en especial, porque nadie posee el termómetro o sensor que diga qué es qué. Literatura según lo que se va produciendo en la provincia, en el NEA y en el mundo. Podríamos graficar lo que decimos, pensando en un movimiento marino, como si fuera una marea: toda el agua se mueve en un sentido (en realidad no existe “un” sentido porque hay corrientes menguantes o de retroceso), pero hay sectores de ese flujo que van más adelante, o van rompiendo en olas de pleamar.

En esas ondulaciones hay gente e instituciones cercanas al poder (poder que ya mencionamos varias veces y ya sería hora de poner nombre y apellido, pues nos referimos al feudalismo político y casposo) que son las que dictan lo que es bello. El régimen de verdad foucaultiano tomó, entonces, los rasgos de la cultura de masa que tiene una fuerza descomunal. Sus contenidos se refieren a apetitos privados, afectivos (felicidad, amor) imaginarios (aventuras, inéditas experiencias) o materiales (bienestar o disconfort). Esto es el kitsch, que supuso apagar (la globalización fue uno de los factores de clausura y la industria editorial fue otro) las tradiciones literarias y plásticas vigentes hasta entonces.

La relación entre el lector y el libro influyó en el escritor. Un solo ejemplo: frente a un lector inconstante y superficial (el actual), el escritor comenzó a escribir con frases cortas y capítulos más cortos aún, al mejor estilo twitter. O sea, la literatura registró la variación de gustos y pertenencias del mercado y se adaptó, siguiendo una especie de sismógrafo, a esa distorsión.

Muchos escritores con absoluta sinceridad alegan que sus cambios de estilo y temas se debieron al deseo de plasmar una reivindicación de los sectores marginados de la sociedad. Es decir buscaron y consiguieron un nicho de público a quienes su literatura les agradaría. O sea, se acomodaron a los que ya estaban adaptados a una corriente social y cultural determinada.

Pero ese movimiento perpetuo, la invitación a cambiar, a consumir, la serie de selfies o likes, la velocidad, la moda, la cuestión técnica, el ritmo acelerado de historias que desean asombrar antes que hacer reflexionar, lleva al vaciamiento rápido de esa misma literatura.

Se observa por todos lados un flujo torrencial de producción, de reseñas, de novelas y cuentos y poesía, con valoraciones desmedidas, como si acabamos de encontrarnos con nuevos/as y geniales escritores/as que sin embargo nos ofrecen tramas, ritmos, sucesos donde se aventuran personas freak, o donde se desarrollan pueblos distópicos, y se surfea por sentimientos de escasos milímetros de espesor. Lo intensamente buscado es la circulación del libro, más allá de que tenga valor literario o no. Las editoriales saben de este fenómeno y olfatean a escritores que sepan llenar la brecha de la gran dispersión de gustos de los lectores con obras que se puedan vender a escala global. Porque a la expresión cultural (digamos a lo estrictamente literario) se le antepone el negocio. El negocio indica que no hay un espíritu de época, sino múltiples espíritus de época, y a todos hay que satisfacerlos.

La cara oscura de la luna

La palabra de origen alemán Kitsch no sólo funciona autónoma sino también como prefijo componiendo otros términos con sentidos propios. Kitschfilm, por ejemplo, era una palabra que circulaba por la Viena de finales de los años veinte del siglo pasado. Nació con el cine de la época de la mano de críticos como Fritz Rosenfeld que la utilizaron para definir un tipo de producción particular. Películas acompañadas de canciones románticas y alegres, donde también había champagne y mucho romance. Willy Fritsch y Lilian Harvey descollaban en las pantallas germanas casi por la misma época que Fred Astaire y Ginger Rogers, sus clones yanquis. Para los detractores de la industria burguesa que lucraba con este tipo de películas, los actores y actrices eran como los bibelots de porcelana que se coleccionaban en las vitrinas de los aparadores, y los escenarios donde reían y lloraban, meras copias de esas acuarelas baratas que se vendían como suvenires en las calles. Cabe recordar que Adolf Hitler produjo cientos de estas pinturas y postales para intentar ganarse la vida durante sus años en Viena desde 1903 a 1913. No tuvo éxito. Aunque los únicos que le compraron algunas de sus obras, quizás sin jamás enterarse, a través de un revendedor fueron clientes judíos.

Por los años setenta leímos a Umberto Eco y Gillo Dorfles, descubrimos la palabra kitsch y entramos en pánico. Casi todo lo que nos rodeaba era de mal gusto. Pero el problema pintaba mucho más grave, nosotros mismos éramos formalmente de mal gusto para la gerontocracia del sistema. Delirábamos por el rock, el pop, el op art, las Vespa… Pasó el tiempo y crecimos. Nuestras amigas construyeron su educación emocional devorando telenovelas y nuestros camaradas se formaron sentimentalmente devorando revistas Play Boy. Nosotros tampoco logramos eludir el destino kitsch de la humanidad.

Para Fredric Jameson (El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado). “Lo que fascina a los posmodernismos es precisamente todo este paisaje degradado, feísta, Kitsch, de series televisivas y cultura de Reader´s Digest, de la publicidad y los moteles, del último pase y de las películas de Hollywood de serie B, de la llamada paraliteratura, con sus categorías de lo gótico y lo romántico en clave de folleto turístico de aeropuerto, de la biografía popular, la novela negra, fantástica o de ficción científica: materiales que ya no se limitan a citar simplemente, como habrían hecho Joyce o Mahler, sino que incorporan a su propia esencia.” Afirmación polémica que mete dentro de una misma bolsa de gatos cosas que ya no son ni de alta ni baja cultura, sino hibridaciones sociales.

Hasta aquí lo kitsch es casi un juego trivial, sus conexiones no van más allá de la moda, lo decorativo, el arte, los medios de comunicación, lo doméstico, ontológicamente no trasciende el mundo de los entes menores. Aunque en un tramo del viaje histórico supo asomarse a la cornisa de la sombra. Roger Griffin analiza en su libro Modernismo y fascismo las manifestaciones de lo kitsch vinculado a los totalitarismo del siglo XX. Utiliza como una de sus tantas fuentes Reflections of nazism. An Essay on Kitsch and Death de Saul Friedlander, donde se considera lo kitsch desde la óptica del nazismo como una forma de creación, un arte de la fealdad siniestra, donde prima la “adaptación” ante la “innovación”, la imaginación dominada que, llevada al límite de circunstancias abyectas, permitiría pensar en una relación entre kitsch y muerte. Un eco que llega hasta hoy encarnado en el Holokitsch, uso dudoso y comercial a través del cual el Holocausto se presenta en producciones culturales para grandes públicos. El Holokitsch banaliza el crimen industrial como un melodrama serial de TV. Hay personajes que sufren y lo expresan con discursos inverosímiles en medio de escenarios dantescos y villanos diabólicos vestidos como modelos en una pasarela. La memoria tiene el peso del capital invertido en la producción audiovisual, gráfica o literaria. Algo que desde la actualidad conecta con la propaganda kitsch que los nazis desarrollaron hace más de ochenta años.

Regresemos a Griffin y su advertencia tan vigente sobre ciertas estéticas muy presentes en la publicidad televisiva y en el urbanismo al servicio de un proselitismo cuenta votos. O acaso hoy la pasión por el modelado físico en un gimnasio o las obras públicas acromegálicas no sugieren “las estatuas que encarnaban una germanidad musculosa frente a la humanidad disgénica, o las proporciones titánicas de los edificios públicos construido en un estilo neoclásico desprovisto de la gracia y la proporción humana”. Puede que sí y representen el revival de una forma de vida kitsch esencial y recurrente.

También podríamos tener en cuenta un Kitchpolitic basado en un discurso aparentemente de alto nivel aunque vuele muy bajo. Conceptos vestidos con traje de seda de segundamano y forro de lycra comprados en un mercadillo. El lenguaje políticamente correcto sería la epifanía kitsch de una moral pequeñoburguesa que opta por las frases cliché. Donde lo viejo es «vintage», un corte de luz todos los días unas «incidencias», a los especuladores financieros, usureros y lavadores de dinero se los llaman «mercados», un basurero o barrendera es un «técnico en limpieza pública», un capacitador para desocupados un «formador ocupacional”, los monobloques para pobres se disfrazan como «viviendas para colectivos en riesgos de exclusión», trabajar a destajo es ser «flexible» y los «ajustes de producción» significan echar gente, una villa miseria es un “asentamiento marginal”, las guerras son «conflictos armados», los países en el culo del mundo se llaman en «vías de desarrollo» y las muertes de civiles cuando cae un misil se encubren como «daños colaterales». Hay más, un repartidor de pizzas en bicicleta voladora se clasifica como “emprendedor autónomo” y conductas tan básicas como que los supermercados no utilicen más bolsas de plástico fundamentan el gran descubrimiento del “desarrollo sustentable”, aunque la cadena de supermercados más importante de Misiones las siga regalando por millares. Estas frases políticamente correctas se han convertido en una ocultación almibarada, destilado de un discurso kitsch a través del lenguaje eufemístico.

Kitsch y naïve no actúan como sinónimos, pero son términos muy cercanos semióticamente. El “Aduanero Rousseau” (Henri Julien Félix Rousseau, 1844-1910), pintor autodidacta e “ingenuo”, sería el representante más destacado de lo naif, o lo naïve. Formato creativo asociado con el arte primitivo o infantil. Al igual que la noción de kitsch que se ha considerado, en la esfera anglosajona como camp, es difícil de definir. Susan Sontag, en su famoso ensayo de 1964 “Notes on Camp'”, enfatiza el artificio, la frivolidad y los excesos impactantes como notas clave. Si bien el uso común del concepto incluye estos tópicos, generalmente se destaca el elemento “medio pelo” de la clase media. Ejemplos típicos de este último uso son los sombreros tutti frutti de Carmen Miranda, las películas de ciencia ficción de bajo presupuesto de las décadas de 1950 y 1960 y la cultura pop multigénero de las décadas de 1970 y 1980. Se ha argumentado que esta visión simplifica demasiado el fenómeno del camp-kistch ya que tiende a equiparar el camp con la cultura popular. Lo cual nos recuerda que el chamamé en Buenos Aires fue siempre la música de las “chinitas sirvientas” del interior y hoy es Patrimonio Cultural inmaterial de la Humanidad según dispuso la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Chupate esa mandarina señora Mirta.

Aunque no todas las implicaciones de lo kitsch son negativas ya que también puede considerarse como una forma de confrontación con los patrones estéticos oficiales o canónicos. Igual sucede con lo naif. De tal manera que lo ingenuo termina siendo no tan ingenuo y lo kitsch bien podría ser contestatario y enfrentado al fraude comercial del arte de élite hegemónico y su tapadera elegante de galerías, publicaciones, curadores y mercaderes. Lo considerado como bello por cuestiones de clase puede tener su antagonismo en un kitsch rebautizado por categorías sociales muy críticas.

La dejamos picando. Hasta aquí el primer informe en nuestra libreta de apuntes virtual, porque escribir mucho sobre un tema tan simplón como lo kitsch puede resultar de mal gusto. Con un par de memes con gatitos, quizás, hubiera sido suficiente. 

Ilustración: Foto archivo parade nazi (Austria)

 

 

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