Aproximación a la poesía política de Alberto Szretter


Por Alberto Szretter (hijo). Posadas, Puerto Rico, Misiones. Médico y escritor

Alberto Leopoldo Ramón Szretter, nació en Corrientes el 3 de septiembre de 1925 y falleció en Posadas el 6 de agosto de 1999. Sus libros: Mantenerse en el Vórtice, Imagen, Poesía y Viceversa, Fotopoemas (con Rosita Escalada Salvo) La Caramañola y el Horizonte, Panfletos en la Noche, La Danza de las Pirautas. Editaba solo, en su casa La Garganta del Diablo (periódico de poesía donde publicaba a amigos y conocidos) Ha colaborado en numerosos publicaciones de la provincia y de la región. Recibió numerosos premios. Fue directivo de la SADEM.

Cuando los delegados de las Ligas Agrarias

Consiguieron por fin entrar al Ministerio

Después de cuatro días

Cinco angustias

Y seis misterios

Los gringos tropezaron en el piso alfombrado

“Sucede que allá las tumbas del arado

Son muy duras…”

Dijo un polaco a modo de disculpa

«Venimos terció uno más letrado

“por la yerba ¿sabe?

Por la prenda, el precio y el mercado”

 

“¡¡Pero caramba!!” interrumpió el Ministro

Con voz de barítono, tirando a bajo,

Y gesto de asombro asombrado:

Corrió una cortina

Y descubrió un gran mapa del país

En relieve

Iluminado

“¡Haber viajado tanto! ¡No se preocupen!

Este gobierno ya lo tiene estudiado…

Y puedo asegurar” les dijo

Señalando con un reluciente puntero dorado

“que aquí en Formosa el productor de yerba

Habrá de recibir el precio justo”

“Vayan nomás, amigos, sin cuidado”

 

…Los delegados de las Ligas Agrarias se miraron mudos

Ya en la vereda

¡Nadie sabía hacia dónde

Debían sacar pasaje de regreso!

 

Posadas, 1976.

 

“Te mando esto que no es un poema -como yo lo entiendo- pero es una parodia extraída de la realidad. Es un panfleto casi, anecdótico y verídico; lo saqué de los diarios de la inefable Buenos Aires”, decía la carta. Un tiempo después rehabilitaría al panfleto como género literario con el libro Panfletos en la Noche.

Adjuntamos un párrafo de otra carta de índole familiar, pero que lo pinta entero, escribiendo de madrugada en su casa, en los años de plomo de la Argentina.

“Te escribiría a máquina para que la claridad del texto ayude la falta de claridad en mis conceptos, pero sucede que son las 4.15 de la mañana, y en el silencio de esta hora el ruido de las teclas sonaría como disparos ¡y eso es peligroso! Vendrían los mercenarios y se llevarían el gran chasco al encontrar una Olympia en vez de una metralleta. Dirían “¡ah menos mal, solo se trata de una máquina de escribir…!” No se darán cuenta estos bárbaros que el poder potencial de una máquina de escribir, es infinitamente más poderoso que el de una metralleta”.

Alberto “Cacho” Szretter fue un poeta políticamente comprometido. Aquí la palabra política adquiere su más profunda y noble acepción. Aunque sus preocupaciones cubrían un abanico universal de temas, él mismo se ocupó de mostrar sus inquietudes sociales concretas. Panfletos en la Noche nos revela una “esperanza desesperada”, la de un escritor a quien le duele (y lo dice) la realidad social del pueblo.

Es interesante destacar cómo se desarrolló dicho compromiso, que hasta en una carta familiar pone de manifiesto (y era peligroso hacerlo en esos años de violencia extrema), en un poeta con un individualismo tan exacerbado. Compromiso con su querida patria, pero además con Latinoamérica y el mundo.

Szretter se movía en un terreno de pura intuición. De fuerzas vitales profundas, bien definidas y conocidas por él, cuyo timonel era su imaginación y el velamen sus pasiones. Todo le interesaba, latiera o no. Pero esa conmoción que sentía por lo muy simple o lo excesivamente complejo, no se transformaba en una exquisitez versificada, digamos, en una combinación lúdica de palabras que buscaran un hallazgo o que sonaran bonitas. Él se sentía aludido por cuanto aconteciera. Y más si había agresión al prójimo, violencia económica, injusticia social.

En el libro Panfletos… el exabrupto, el insulto, le salen por el apuro en el decir, en aparente descuido por la forma. Porque es más importante gritar, alentar a la lucha, despertar conciencias, que andar con remilgos de rebuscada pátina de diccionarios; esas sintaxis sin sustancias, esas estrofas vacuas. No es un partido político el que lo empuja. O en todo caso es el partido político de la Humanidad que no puede tolerar el dolor social.

En una primera reacción están los poemas de alerta, de alboroto, de poner las cosas en orden y no en el orden que quieren los poderosos, descorriendo los velos del oprobio y la vergüenza.

Pero no queda ahí. Enseguida se da el segundo combate (sin el cual no podríamos comprender la poesía de Szretter): el combate moral. Sus versos luchan por la libertad del pueblo, pero sobre todo (que es casi lo mismo) por su dignidad. Por el recupero de la integridad, por la toma indelegable de alcanzar ese tesoro que es la autonomía, su irrepetible, bello y extraño y misterioso fenómeno que es la vida. La Vida. La vida de carne y hueso, no una abstracción, una entelequia pergeñada por pensadores de café o en los escritorios alfombrados de los Ministerios con mapas en relieve e iluminados.

El compromiso del poeta no es partidista, de instancias pasajeras; es una actitud vital. “Si vemos la política como pasión, como destino -decía Cortázar- qué diferencia puede haber entre eso y lo que tratamos de crear o de reproducir en nuestra novelas. Ninguna. Las diferencias son de orden estético, pero en el fondo es lo mismo y se llama América Latina”.

Alberto Szretter sabía que en los años en que le tocó vivir no se podía ser escritor sin sentirse partícipe del destino histórico del hombre, sin participar con sus poemas, y sobre todo sin ser responsable. Opinaba que aunque se invente un infinito juego de rimas, o sonetos rimbombantes y perfectos, formales en su estructura, y bellos, etc. no serían completos sino tuvieran el temblor que anhelaba, esa cosquilla, esa atmósfera entrañable y conmovedora por el otro o los otros.

No existía para él el poeta bucólico, el explorador de lindas metáforas que sorprendan al lector. Debía existir un compromiso integral, hasta con el cuerpo. Ahí se veía el valor de la poesía. Por eso la conducta poética debía ser intachable, de una honestidad a toda prueba, sin grises ni medias tintas.

Los poetas, afirmaba, son la garantía moral del idioma. Y el idioma es lo mejor que tenemos. Y el poeta tiene que garantizar su obra hasta con sus bienes personales. Acá está en disputa el destino de la humanidad. No estamos en un concurso de fuegos florales, o quién vende ediciones de lujo o quien sale más frecuentemente en los suplementos culturales. La poesía no es un juego. Alberto Szretter poseía un cierto desprecio por los que se dejaban tentar por oropeles y cornetas, por los que buscaban fama y editar cada año sea lo que fuere, y que promocionaban autoventas para “puestuchos de cagatintas o salarios que el vizconde otorga para comprar alabanzas y otras porquerías”.

Muchas veces se lo leyó a Szretter como un poeta de lo metafísico. Es cierto que en sus últimos años adhirió a una hondísima espiritualidad cristiana, pero esto no le quitó resto para estigmatizar a esos “cíclopes, hombrecitos” de la política por quien sentía un profundo asco.

Esta aproximación a la obra poética de Szretter pretende hacer el foco en el costado político del escritor. Lógicamente una vida dedicada casi con exclusividad a la poesía (no escribió prosa ni otro género) tiene aspectos múltiples, en cuanto a temas. Los poetas no se detienen en una sola forma expresiva. Que incluso los versos políticos están impregnados bajo esa rabia manifiesta, de un amor inconmensurable, de una ternura infinita.

 

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