Francisca y la lucha de clases


Por Mariano Damián Montero. Buenos Aires – Asunción (Py). Historiador, investigador, escritor

El viernes pasado caminaba por una de las calles que están detrás del Palacio de (In) Justicia, en Asunción. Era como la una de la tarde, horario en que la mayoría de los agraciados que trabajan allí cumplen su horario. En eso, en el cruce de una esquina, soy testigo involuntario de uno de los tantos diálogos breves y convencionales que se repiten en las calles:

– Hola Junior

– Hola (dice su nombre pero no escuché bien), ¿cómo estás?

– …Y acá… en la lucha Junior

– Me parece bien…

– Y… no queda de otra Junior…

El que inició el diálogo fue un cuidador callejero de los autos que los funcionarios del Palacio de (In) Justicia estacionan alegremente en los alrededores del elefantítico edificio, claramente en forma irregular, ya que no se puede estacionar a ambos lados de las calles, pero no es el tema de estos garabatos.

Dos individuos con realidades claramente opuestas. De Junior, no sabemos si es el hijo de un juez (probabilidades no faltarían ya que los individuos de esa clase político-social tienden a llamar a sus propios y sufridos hijos con su mismo nombre, lo que crea la necesidad de agregarle el “Junior”), un funcionario medio, o un “che pibe” que recién empieza.  Lo que sí está claro es que aún siendo el “che pibe” del Poder Judicial, su nivel de vida seguramente es infinitamente mayor al del señor que cuida coches.  Alguno dirá “pero los dos son asalariados, venden su fuerza de trabajo”. Sí, pero Junior pertenecería a la “aristocracia obrera”, y el señor que cuida coches, a uno de los trabajos existentes más precarios.  Lo único que los igualaba era el uso del tapaboca.  Entonces, el tapaboca, y esa frase que, según el contexto, puede ser de rebeldía o de resignación (“en la lucha, no hay de otra”); me hicieron recordar a uno de mis héroes preferidos.

Hacia 1984, quien escribe estas líneas contaba con 8 años. Hacía poco que pegaba la calcomanía ovalada con la bandera argentina y la sigla R.A por todos lados, ya se me había ido la tristeza por no completar el álbum de figuritas del Mundial de España, me gustaba mucho la chocolatada y una serie sobre un salteador de caminos del siglo XVIII.

Apenas terminada la Guerra de Malvinas, dejó de producirse esa serie, pero yo la veía en sus repeticiones durante 1984-85.  Mientras más odiábamos a los ingleses, yo miraba una serie “Made in England”.  Un complejo que creo haber arrastrado hasta el presente, y que la redacción de este texto es un modo de exorcizar, es el hecho de que nadie de mis amiguitos miraba la serie.  No tenía a nadie con quien comentarla.  Quizá en aquella época, era algo que no les preocupaba a los directivos del canal porque el rating no era el monstruo que es hoy día.  Esto tenía sus pros y sus contras.  Los últimos, ya los comenté: nadie con quien hablar de la serie, pero más que hablar, jugar; aparte de que no salieron figuritas de Dick Turpin (prueba del poco éxito de la serie, ya que en esa época salían figuritas de cualquier cosa).  ¿Lo bueno?, no tenía que discutir con nadie para ser Dick Turpin.  “Yo” era Dick Turpin. Y Swiftnick y el malparido de Spiker, salían de mi imaginación.

Realmente no recuerdo el canal por el que la transmitían (seguramente el 11 o el 13 que eran los que se veían bien).  Pero lo que sí recuerdo, es que la veía a la salida de la escuela en el departamento de mi abuela.  Las imágenes que vienen a mi mente, sugieren que todo era muy automático: salida del cole, departamento de la abuela (sobre la avenida Almirante Brown, en La Boca), encendido del televisor, desprenderse del guardapolvo, y mientras comenzaba a escucharse la música de apertura, mi abuela ya aparecía con una chocolatada y galletitas. Luego, nada más importaba. Es más, no tengo la menor idea de lo que hacía mi abuela durante el tiempo que duraba el episodio.  Si es que estaba al lado mío mirando la serie, o en su cuarto o en la cocina.  La “abuela” se llamaba Francisca, pero nunca la llamábamos por su nombre, que ella aborrecía.  Siempre fue “la abuela”.  Recién cuando falleció nos empezamos a atrevernos a llamarla Francisca cuando la recordamos.

En cuanto a la serie (producida y filmada entre 1979 y 1982), lo primero que surge en mi cabeza son las imágenes de la presentación, obscuras, con Turpin montado a caballo, pasando al lado de la horca, y bloqueando el camino a unos ricachones para asaltarlos arma en mano.  Eso hacía él, robarles a los ricos.  Incluso me gustaba como sonaban las palabras que definían su “profesión”: salteador de caminos (Highwayman). No me interesa aquí analizar las diferencias del personaje de la serie con el Dick Turpin real, porque el que yo conocí fue el de la serie. Para mí, Richard O’Sullivan no era Richard O’Sullivan, sino Dick Turpin.

Dick estaba en las tabernas de pueblos, con todos los marginados por la sociedad, pobres, ladrones y prostitutas.  Dick burlaba a la autoridad, responsable de ese estado de miseria en el que vivía la mayor parte de la población.  Claro que no era un revolucionario. No buscaba el levantamiento de los pobres ni nada de eso.  Le gustaba la bebida, las mujeres y nada más.  Pero se enfrentaba a la autoridad, expropiaba a los ricos y compartía su botín con los pobres.  Por algo se empieza ¿no?  Estaba claro que Turpin no pertenecía a la clase subalterna, sino que era un “caído en desgracia” que se había aliado a ella. Esos campesinos y artesanos que ayudaban a Turpin con refugios, que eran sus puntos de apoyo, lo hacían porque sabían que era el único que, de vez en cuando y sin cambiar el orden social, jodía a los ricos y poderosos. Turpin era uno de los “rebeldes primitivos” de Hobsbawm.  Y es por esto que afirmo que Dick Turpin, el personaje de esa serie hecha por los mismos que nos cagaron a trompadas en Las Malvinas, fue el que me enseñó las primeras nociones de una “lucha de clases”. Por lo menos, lo poco que de eso puede llegar a entender un chico de 8 años.

Quiere decir que los ingleses le dieron dos lecciones a ese chico argentino: la primera, a través de la Guerra de Malvinas, fue que los poderosos ganan siempre. Y la segunda, a través de Dick Turpin, que los más débiles, de vez en cuando, los podemos joder.

Entonces, la noción de que existían unos pocos ricos poderosos y una mayoría pobre que la pasaba mal, yo la adquirí con Dick Turpin. Nada de esto me habían enseñado Superman (con sus películas entre 1978 y 1983), ni Batman con su serie de los sesenta, ni siquiera el Zorro, similar a Batman en cuanto a origen social e identidad secreta, quien solo enfrentaba a funcionarios corruptos y tiránicos, pero no a los de su misma clase social.  Aparte, las peleas con espadas que me podía ofrecer el Zorro, las tenía también en Dick Turpin.

Siempre asaltaba con un pañuelo sobre su rostro, cubriendo su nariz y boca, como hacemos todos nosotros en la actualidad. Lo que recuerdo es que al final de muchos capítulos, el bueno de Dick estaba a punto de ser ahorcado.  Sin embargo, hasta un niño de 8 años sabía que era una especie de guiño.  Todos sabíamos que de una forma u otra, el héroe escaparía, como de hecho sucedía.

El momento del asalto, en el tramo más desolado de los caminos, era aquel en el cual la clase alta podía ser humillada por Turpin. Sólo en los confines de la sociedad se podía producir esa alteración del status quo.  Sólo allí se podía dar un enfrentamiento de igual a igual.  Hoy, sin ningún lugar virgen del control estatal, ya no nos queda ni eso.

Los villanos, se parecen mucho a los de acá.  Por ejemplo, Glutton impartía justicia como lo hacen hoy en el Palacio de (In) Justicia en el Paraguay (en uno de los episodios condenó a dos años de prisión a una prostituta por robar dos manzanas, y ante la protesta de ella, le dio uno más).  Glutton era el representante de la autoridad y de los ricos, como los son los jueces y fiscales paraguayos en su mayoría.

Entonces, en aquellas tardes en lo de mi abuela, yo iba adquiriendo mis primeras nociones de lucha de clases. ¡Y en la casa de Francisca!, a quien nunca le escuchamos alguna definición política, salvo saber que era de aquellas socialistas antiperonistas, o antiperonistas socialistas.

Francisca podrá haber sido jodida para algunos/as, gorila hasta más no poder, pero para mí significa un combo hermoso: Dick Turpin, chocolatada y galletitas, al mismo tiempo que la sensación de liberación que uno sentía al desprenderse del guardapolvo.

Francisca murió allá por el año 2005. Sin enfermedades, sin necesidad de familiares cuidándola, se fue sin joder a nadie, de la misma forma en que no me molestaba a mí cuando miraba mi serie preferida.  Un día decidió que ya era suficiente y partió. 

Mientras le doy punto final a estos recuerdos, cierro sin saber si escribí esto porque necesitaba desahogarme y gritar a los cuatro vientos que yo miraba y admiraba a Dick Turpin, para, así, solucionar mi complejo, si es por los contrastes violentos entre los funcionarios judiciales y los cuidacoches; o si es simplemente porque extraño mucho a mi abuela.

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