Fotogramas de una película de Lelouch

Por NEACONATUS

La imagen de tapa del libro de Irma Verolín nos sugiere una autopista anatómica y narrativa plena de sensualismo, que luego se bifurcará en un camino vecinal suave y cotidiano. Nada de escenas húmedas y agitadas, por el contrario cada relato es como uno de los cuadros de Hubert Robert que María Gainza describe en su novela El nervio óptico: “El pintor ve lo que se avecina y lo registra en trazos inacabados…”

Etimológicamente los fervores copulan con los hervores mediante la llama de la fe. Fervorosas historias de mujeres y hombres no transpira exaltaciones y ardores sino gestos leves y tersos de pudor, goce en suspenso. Como en la vida real, donde solemos mirar hacia el cielo y murmuramos ¡Dios mío que fue de aquella juventud, de mi belleza ya ausente!

Irma Verolín utiliza breves fogonazos de flash alusivos a situaciones donde se comprometen anatomías veladas, para inferir comportamientos posibles de cosas tan efímeras como un camisón, una cucaracha, un helecho dentro de un jarrón o unas pestañas postizas. Y sus significados crecen hasta estrechar todo el relato, transformando la intimidad en una erótica de los guiños sutiles.

“… se me dio por preguntarme qué estaba haciendo en esa ciudad fuera de foco con alguien que, cuando yo estuviese dormida, espiaría mis tetas que tienden a escaparse por los costados de mi camisón.”

“— Usted es una mujer vistosa.
— Cumplí cincuenta y siete años —le aclaré.
Me miró de arriba abajo y dijo:
— No se le nota para nada.”

“Él se acercó a acariciar al gato y en el movimiento, la mano rozó el pecho de su mujer. Esa noche los tres durmieron en la misma cama.”

“Cuando cumplí veinte años estaba convencida de que la liberación de la mujer dependía del mero hecho de no usar corpiño.”

“Ya se terminó para mí el período venturoso en que los hombres lo primero que decían era que se llevaban mal con su mujer para tener un romance conmigo. Ahora únicamente me hablan de la madre enferma.”

“El galán, el de la foto presumiblemente falsa, le escribía frases como: “Seré lo que tú quieras, mujer, te beso aquí y allá y por doquier”. Le encantaba citar zonas del cuerpo, el cuello, la oreja y hasta la pantorrilla. A cada frase le ponía tres o cuatro signos de admiración. Hasta entonces no había pensado que alguien pudiera decir o escribir frases de ese estilo.”

“Él sospechaba que a las mujeres les encantaba hablar de su vida sexual y que se regocijaban describiendo el tamaño del órgano masculino. Un tema oprobioso, por cierto.”

“… mi abuelo era a todas luces un hombre superdotado, mi abuela bajó la vista y lo comprobó, pero luego lo que mi abuelo hizo con los dones otorgados por la naturaleza pusieron de relieve lo discordante que existe en la base de la vida misma.”

“La elección del hotel me resultaba comprensible, el hombre que me llevaba no poseía la más mínima inventiva.”

“Casada con un empleado municipal y con cuatro hijos, todo estaba en orden en su vida.”

“Nos miramos en silencio y ahí él me dio un beso. Un beso tímido. Parecía que los dos teníamos quince años… Él se acercó a mi oído y musitó la frase que cualquier mujer que va dejando cada vez más atrás sus ya cumplidos cuarenta años, quiere escuchar. Una propuesta difícil de rechazar… —En los yuyitos, no. De ninguna manera —me opuse vivamente. En ese mismo instante comenzó nuestra búsqueda de un lugar adecuado. Por más que buscábamos no había. La inmensidad del campo argentino estaba en contra de nuestro amor.”

Estas frases son antirománticas e inapelablemente verosímiles, no hay malabares afectivos sólo búsquedas de encuentros que casi siempre devienen en momentos de soledades compartidas, silencios que llenan la habitación de un hotel con el humo del cigarrillo de la ausencia sentimental. Donde el otro es una sombra. Aunque una prosa ligera, donde siempre asoma un atisbo de humor, elude el melodrama y construye una poética de la búsqueda.

Relaciones emocionales insípidas y seducciones torpes tejen los textos, la realidad de las aproximaciones amorosas que nadie osa confesar. Un escamoteo del deseo frustrado al que todo ser humano intenta darle un sentido al que adaptarse. Pau Luque (Las cosas como son y otras fantasías, Anagrama, 2020) considera que “en la imaginación, como en los juegos, se vertebra un remanso en el que no se puede ganar ni perder, en el que se evaporan la competición y la competencia. La imaginación es tal vez uno de los últimos cotos vedados a la lógica del mercado que todo lo devora”. Un sistema que nos ha inyectado el Viagra salvífico de la gimnasia voluptuosa donde no hay lugar, a escala de nuestras limitaciones humanas, para lo mínimo e inesperado.

En Fervorosas historias de mujeres y hombres no abundan los tópicos porosos, hay ternura, turbación y cautela. Nadie seduce a nadie en escenas que representan performances de la belleza de las palabras. Porque las palabras que engarza Irma Verolín son las verdaderas caricias ausentes sobre cuerpos al final de una huida hacia ninguna parte.

Algunas constantes suelen filtrarse en estos cuentos: Las amigas demandantes, los viajes con finales desalentadores, los ex, las palabras certeras, los setenteros años de plomo, el apego a los libros, la conexión con el litoral, también con el mar, los micros sofocantes, el Paraguay.

Según la autora en los textos hay narradoras en primera persona pero no es autobiográfico. Si bien hay relatos que están basados en su vida, los de los viajes sobre todo. Verolín construye atmósferas desde una cierta autoficción, pero disfruta eludiendo certezas y veracidades a través de desvíos lúdicos.

Las Fervorosas historias de mujeres y hombres de Irma Verolín son 17 y fueron publicadas por Ediciones CICCUS (Fundación Centro de Integración, Comunicación, Cultura y Sociedad) Buenos Aires, 2021.

 

 

 

 

 

 

 

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