LIBRETA DE APUNTES: Mondo Kitsch 2

Por NEACONATUS

Se agotaron los pasajes a Miami

Milan Kundera decía que es kitsch todo lo que niega lo inaceptable de la vida. La vida incluye cosas múltiples, diversas con superficies y profundidades distintas, con trances amargos a veces. Bueno, viene lo kitsch y dice “a la mierda con eso” vivamos el colorido, el ruido de los metales y redoblantes, los bronces, vivamos el instante; lo demás, a la basura. Por eso el kitsch es consumista, infantiloide. Persigue, como busca el arte en este siglo XXI, la sorpresa y el desafío (con respecto a la plástica clásica, por poner una referencia). El fin puede semejar a un entretenimiento fugaz.

Ahora que la vida se ha “afinado” el kitsch ha triunfado. Qué queremos decir con que la vida se ha afinado. Se ha vuelta playa, las relaciones por ejemplo, se basan en la falta de compromiso, en “toques”. Por analogía podríamos graficar nuestra frase con la evolución de la cámara de fotos, que cuando nació era una cajón enorme, pero luego se fue volviendo cada vez más delgada, hasta las máquinas de fines del siglo XX y achicarse aun más ahora con los celulares. Y las mismas fotografías que duraban mucho, ahora se borran o pasan a un archivo que no vamos a imprimir nunca. No se trata de alabar épocas pasadas. Sólo se percibe una evolución que no se puede negar.

Es que el mundo se ha vuelto kitsch (si es que alguna vez dejó de serlo). Y resalta mucho más aun con lo que dice Theodor Adorno al respecto. Él afirma que lo kitsch se distingue en la lógica del mercado, donde el arte es controlado y planeado por la necesidad de venta, en la época de la reproducción. Walter Benjamin escribió sobre el arte en tiempos de la reproductibilidad técnica y el futuro le dio la razón: la fotocopia color y el mp3 son vomitivos.

La obra de arte en el sentido clásico, esa individualidad absoluta, esa unicidad estética, está perdiendo por goleada en el mundo informático. Pero era algo que ya se veía venir cuando apareció una clase social hegemónica, cuando los burgueses hicieron su debut en el universo del arte. Al principio el arte se encriptó en unas expresiones abstractas, pero paralelamente irrumpió una catarata de modos cambian para ese nuevo mercado. Y el capitalismo no es ningún tonto. Vio allí una industria generadora de inmensas ganancias.

Muchos de nuestros hijos viajaron a Disneyword en Florida cuando cumplieron quince años. A la vuelta traían un Mickey de recuerdo. La etiqueta de ese muñeco decía “made in China”. O sea regresaban de un paseo por el país más capitalista del planeta, pero que manda a hacer juguetes y suvenires a China (¿no es ya este gigante asiático más capitalista que los USA?) porque seguramente les resultaba a mucho menor costo de producción.

Es una cuestión de dinero. Algo que aún parece que no se dieron cuenta los artesanos misioneros, que en vez de hacer mates (y bombillas) de recuerdo para ofrecerlos en los aeropuertos y terminales de ómnibus de la provincia, bien pueden encargar mates y bombillas “auténticos” a los chinos y revenderlos como recién salidos de la selva. Durante un viaje a Iguazú pasa un jeep descapotable con turistas orientales, cámaras de fotos y camisas de estilo hawaiano. Nada raro. Lo extravagante eran unos grandotes que iban en el estribo del vehículo disfrazados con ropa verde para camuflarse en la espesura de la floresta, con cascos de caza africana, botas y handys, además portaban unos rifles intimidatorios. Pura pose. En Misiones hay cincuenta yaguaretés (en extinción) y están controlados. Se debe tener mucha mala suerte para que uno de esos felinos se coma un japonés. Pero el marketing dice que hay que vender el producto de una travesía por la jungla, hacer “un circo”, y cobrar caro porque se puede dejar la vida en esa excursión. ¿Es una escena kitsch?

Señora de las cuatro décadas en busca del tiempo perdido

Existe un trabajo teórico realizado en la Facultad de Humanidades de La Plata, en 2012, donde se relaciona la concepción del amor en la obra de Proust y una canción de Arjona. Estos dos autores son elegidos como ejemplos del “puente” entre la literatura (Proust) y la industria cultural (Arjona) que hace al construir kitsch.

Para Proust el ser humano oscila entre el deseo y la angustia. Es poseído por estas dos fuerzas opuestas y complementarias. La idealización de la persona amada provocada por el deseo choca con la postergación de la consumación del amor. Podríamos decir que los encantos de una persona inflaman menos la pasión que cuando esa persona aclara que “esta tarde no estaré libre”. Cuando las esperas se multiplican, la imaginación fustigada por el sentimiento enardece el amor.

Pero el autor francés le da una vuelta más de tuerca a la idea del amor: en ese contexto de ansiedad, el escritor suma las figuras de los seres en fuga o huidizos, que son aquellos a los que nuestra inseguridad, nuestro miedo a perderlos, en una reacción que parece contraria al deseo, les da alas, para que realmente, se vayan (de nuestro corazón) si tanto nos hacen sufrir (nos angustian). Aquí, mejor dicho allí, en La prisionera, de En busca del tiempo perdido, irrumpe la duda, la vacilación, la desesperación que significa (de nuevo) esperar qué va a hacer el ser amado. Según esta postura “la consumación” de la experiencia amorosa aplacaría, calmaría, la pasión. Cuando el (la) amante viene a uno (una) el amor moriría.

Del otro lado tenemos a Ricardo Arjona, cantante de éxito que tiene una postura semejante pero…kitsch. Veamos la canción “Dime que no” (2007). Su primera estrofa es la siguiente: Si me dices que si/piénsalo dos veces/Puede que te convenga decirme que no/Si me dices que no/puede que te equivoques/Yo me daré a la tarea de que me digas que si. ¿Qué es esto? ¿Cómo se entiende? Es un contrasentido grosero. Es una idea aguada de lo que escribía Proust. Arjona quiere que la amada lo desaire, negándolo. Pero ahí no termina la cosa: Si me dices que si/dejaré de soñar y me volveré un idiota/Mejor dime que no/y dame ese si como un cuenta gotas/Dime que no pensando en un si/Y déjame lo otro a mi… Sobrevuela la idea proustiana, pero no como un ave maravillosa que pronto, en picada, se sumergerá en el mar en busca de su presa, sino como un insulso dron teledirigido. Es palmaria una simplicidad, una banalización del amor, que aparece como burdo. Y hay más: Que si se me pone fácil/El amor se hace frágil/y uno para de soñar/Dime que no/Y deja la puerta abierta. Más kitsch, imposible. El guatemalteco redujo el amor proustiano a una serie elementales de pulsiones contradictorias. Tomó la concepción compleja del sentimiento amoroso de la genial obra del escritor francés (no sabemos si lo leyó) pero no la ahondó, ni siquiera la desplegó en forma parecida en sus vericuetos y repercusiones físicas y espirituales. Es decir, Arjona tuvo los esbozos de la idea, pero no la abrió en sus derivaciones, en sus consecuencias, en sus matices. O sea hizo kitsch.

Ahora bien, existe un puntito para debatir ¿puede el arte prescindir de cierto efecto aparatoso, digamos de algunas gotas de kitsch? Y una pregunta a continuación ¿todo kitsch carece de valor?

Si buceamos un poco en la obra de Proust encontramos que el mismísimo escritor en una parte absuelve (digamos que perdona) a la mala música cuando escribe: “Detestad la mala música, pero no la despreciéis. Se toca y se canta mucho más, mucho más apasionadamente que la buena. Mucho más que la buena y excelsa música, la música vulgar ha llenado poco a poco de ensueño y de lágrimas a los hombres y mujeres. Su lugar, ha sido nulo en la historia del Arte, pero resultó inmenso en la historia sentimental de las sociedades (…) Cuántas melodías que no valen nada para un artista figuran entre los confidentes elegidos por la muchedumbre de jóvenes romancescos y de las enamoradas”.

Continuará…

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