El acordeón del diablo

NEACONATUS

Tascá Skromeda, el peor más pobre de Marina Closs, escritora misionera actualmente radicada en Buenos Aires, fue publicado este año por Dábale Arroz Ediciones, editorial que también reeditó la obra de culto de Marcial Souto: Para bajar a un pozo de estrellas.

Nos sedujo por varios motivos. En primer lugar, mencionemos que al terminar de leerlo lo sentimos como una bocanada de aire fresco en lo que se podría denominar las Letras, no las Letras misioneras, sino del país y aún más allá. Quizás ese rótulo (el de “Letras”) no complazca a la autora, pero de alguna manera debemos designar eso que se formula como “literatura”. En este caso podemos decir que la obra de Marina honra el oficio de escribir, o a la que se podría enunciar como nueva narrativa argentina. Quizás tampoco Marina Closs adhiera a nuestra presunción de que ya juega en la delantera de la liga femenina donde destacan Mariana Enríquez. Samantha Schweblin, María Gainza, Pola Oloixarac, Selva Almada o Gabriela Cabezón Cámara.

Este libro no es su primera obra publicada, recomendamos Tres truenos (reseñada en El aura de los desangelados por Café Azar) y Monchi Mesa (al que pronto le entraremos) entre su ya musculosa serie de publicaciones.

El agrado de leer Tascá Skromeda se nutre, analizándolo, de dos afluentes, como si fueran ríos que se juntan para que se alimente el caudal del gozo. Uno es el estilo. Un modo de escritura que va dando pequeños y eficaces puntazos de lenguaje. La autora podría ser una alfarera de frases o hábil cuchillera: cincela con buril y martillo oraciones cortas, contundentes, cortantes, categóricas como puñaladas (“En ese tiempo, si mataban a alguien, era con arma blanca. Había mala distribución de revólveres y balas.” Páginas 128-129)

A veces golpea de un lado o se mueve ciento ochenta grados para batir los términos en otro sentido. Dentro de este estilo tan personal se agita algo destacable, la agilidad. La lectura vertiginosa de las páginas nos va mostrando un movimiento incesante. No hay largos parlamentos, ni descripciones ociosas, ni aburridos diálogos. Marina va a los bifes, y escribe sin vueltas, sin merodeos. Pone y saca palabras, se contradice (“solo tenía ojos para no alcanzar a ver”, página 123), afirma, niega, sigue y sigue, sin descanso. Parece decirnos que la literatura, la suya, no es para tibios o melosos. Ese dinamismo posee otra característica. La manera con que se expresan los personajes. El habla cotidiana de las fronteras. El talante de la oralidad híbrida que aliviana el texto, lo familiariza. Nadie en este libro es un intelectual conflictuado. Por eso le agradecemos la ausencia de esas especulaciones introspectivas clasemedieras, o la falta total de los usos bastante comunes en estos años de reflexiones, directas o de soslayo, sobre lo que es literatura. Porque existe una costumbre tediosa (a esta altura de los libros) entre los escritores que consiste en mechar teorías literarias en medio de sus novelas. Marina deja de lado esas disquisiciones egoicas y escolares.

Ahora toca mencionar el otro gran río que ceba el mar de la acción. Es la historia en sí. Un prostíbulo espectral, la casa de una abuela y dos niños, el tugurio de Skromeda, su vida. O sea, Olga, Ezequiel y el Tascá mismo. Cada una de las partes abarcando un tercio del libro como si fueran independientes, pero mezclándose en el drama y la miseria, porque los personajes pasan de una dimensión a la otra. Este recurso le da unidad al relato, pero hay otra larva que repta entre los sucesos brumosos, casi oníricos. La tragedia, la desdicha de unos pobres seres humanos que arrastran una fatalidad que se multiplica sin cesar. Como espantajos atraviesan la narración sumergidos en un anhelo de querer (al menos por un instante) ser felices. Deseando amar y ser amados, sumergidos en un destino de cruda pobreza, durante unos días elementales donde se repite, como un goteo de adversidad, el infortunio, los golpes simbólicos y físicos de la vida sobre las putas fantasmales. Y esos chicos a la deriva que suben a los techos como si ansiaran llegar a otro cielo, otro paisaje, otro futuro. Los golpes también que da y recibe Tascá, impotente del goce de alguna, siquiera, mezquina alegría.

La Boba, una de las prostitutas, en realidad podría ser cualquiera del libro, “salía al jardín y, para entretenerse con algo, desenterraba cosas que encontraba en el suelo. Salía a buscar un tesoro, pero traía a la casa un motón de pedacitos rotos de cerámica” (Página 35). Esa banalidad, mínimo gesto trivial porque los pedacitos destrozados de vasija no servían para nada, es el resumen de esas vidas. Sugiere que lo importante era salir a buscar un tesoro, pero dicho tesoro se reducía a cositas rotas, sin valor. Como la subsistencia frágil y precaria  de todos los personajes del libro.

Vamos cerrando nuestra reseña y, una vez más, nos asalta la desesperanza. Si paseamos por el barrio de Palermo en Buenos Aires y entramos a una librería, seguro que podremos comprar varios libros de Marina Closs. Pero si la vuelta al perro la damos por Resistencia, Posadas, Corrientes o Formosa, ¿también conseguiremos algún ejemplar a buen precio de Marina?

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