Mi Aleph en Posadas

Por Alberto Szretter. Puerto Rico. Médico y escritor.

Hace unos días murió María Kodama, la viuda de Borges. María era la albacea, y depositaria testamentaria del escritor, había hecho una Fundación y cuidaba con celo los derechos de Borges.

Le había hecho juicio a un crítico francés, Pierre Assouline, porque dijo que Kodama impedía las publicaciones de Borges en francés. También anduvo por Tribunales contra Alejandro Vaccaro. A Vaccaro, presidente de SADE, lo conocí en Posadas, cuando vino a hablar justamente de Borges. Fue en la Biblioteca Pública de las Misiones. Ahí me contó de su litigio con la señora, cuando él, que era un experto en el escritor y su obra, había afirmado algo que a ella no le gustó.

Kodama también enjuició al escritor español Fernando Mallo por haber hecho “El Hacedor (Borges) Remake”, en Editorial Alfaguara. ¡Y le hizo problemas legales al sitio web Taringa! Porque al poner en el buscador “Borges” salen 9246 post, donde se pueden leer obras de don Jorge Luis gratis, sin pagarle a ella un peso.

Pero no quedó tranquila, lo enjuició al periodista Juan Gasparini, porque publicó “Borges, la posesión póstuma”, donde pone en duda algunas heredades de don Georgi, testamentos cambiados, etcétera. Esto es lo que sabemos de la lucha de la esposa por proteger o sobreproteger a su marido fallecido en Bruselas.

Pero hay más.

Por ejemplo, el sonado caso de “El Aleph Engordado”, experimento de Pablo Katchadjian.

Katchadjian fue explícito “hice un ejercicio, un experimento, no se lo tomen en serio”. Pero Kodama se lo tomó en serio. El juego lúdico obeso del famoso cuento, fue publicado en 2009. Seis años después el muchacho (nació en 1977) fue declarado inocente. Pero Kodama insistió con abogados, apeló el fallo.

En invierno de 2021 Katchadjian fue declarado de nuevo inocente, falto de mérito o culpa. Y la señora obligada a pagar (van a ser tres años) 888.000 pesos, gastos de ejecución de abogados y tasas de la justicia. Eso no es nada. Se labraron oficios a Random House y a Planeta haciéndoles conocer que todo lo recaudado por ventas de todos los libros del autor de “Historia Universal de la Infamia” deberá ser depositado en la Justicia argentina hasta tanto Kodama no abone las costas.

Yo sabía todo esto. Era público, salía en todos los diarios. Ahora, que me enteré de la muerte de la esposa de Borges se me dio por leer, recién ahora, “El Aleph Engordado”. Fue por la memoria de aquel entredicho al cuete, no porque haya muerto la viuda.

Pablo Katchadjian practicó, al mejor estilo Borges, la especial condición del escritor famoso. Le agregó 5.600 palabras a las 4.000 originales. En ningún momento me parece un plagio, sino un excelente ejercicio. Diría, con envidiable resultado. No es para tomarlo con las formalidades japonesas de Kodama. Por momentos hay párrafos del humor único que lo caracterizaba a don Jorge Luis. Porque es una parodia. Son 18 páginas, está en internet. Hay fácil acceso, y sin pagar nada.

Cuando el joven publicó (en 2009) este experimento fueron 200 ejemplares. Mucho no se puede lucrar con esa tirada. Creo que Kodama se puso celosa, cuando debería haber estado orgullosa de que alguien fuera una especie de continuación (salvando las distancias) de su marido.

Y supongo que al mismísimo Borges le hubiese gustado, seguro se hubiese reído, y habría apelado, no a la justicia, sino a alguna cita elegante, irónica, corrosiva, en todo caso, burlona.

 Kodama no se enteró, pero yo también escribí sobre El Aleph. Lo puedo decir ahora, no envalentonado porque nadie me hará problemas legales, sino por el solo gusto de contribuir a la confusión general, si puedo.

Hace años hice un cuento sobre la Escala de Jacob, un juguete infantil que me construyó mi abuelo. Son unas maderitas (siete en total) unidas y separadas (valga la contradicción) con una cinta. El juguete tiene la particularidad de que al desplazarse las tablitas una ocupa el lugar de la otra, de una manera indefinida, “infinita” diría Borges. En mi texto, la escala de Jacob, es un mirador interminable. “Qué observatorio formidable, che Borges”. Una especie de Aleph (para el niño que soy en el relato). Un Aleph no de la calle Garay, sino de la tierra colorada.

Pero, queriéndome acercar a Borges (¡uh! si se hubiese enterado la Kodama) en mi cuento planteo que lo que yo veía en esas tablitas, o en la cadencia con que caían, al igual que el testigo en un sótano de una casa a derrumbarse, podría ser solo una ilusión o una simulación. Si la muerte de Beatriz Viterbo nunca quedó clara, otras muertes, tampoco, y hablo de los escritos borgianos, de la literatura universal, incluso de la vida y muerte de todos. Los recuerdos y certezas se difuminan, igual que la realidad que se diluye como el agua, como el tiempo, o como el pasado.

Que ese punto desde donde se ven todos los puntos haya existido y haya sido similar a unas simplísimas tablitas que se desmoronaban una tras la otra, carece de importancia. Sabemos que el paralelismo no consta en ningún archivo, ni en la Biblioteca Nacional, ni en una bóveda subterránea, en ningún dossier secreto, pero ¿la verosimilitud tiene valor? Es un requisito de literatura, pero no imprescindible. ¿Alguien vio alguna vez una bruja? Nadie, pero existen. Los escalones rotos del sótano de la calle Garay y las sombras de los eucaliptos a la siesta en la Posadas de mi infancia, pertenecen a la misma estructura fantasmal de un relato.

Sin embargo, vaya paradoja, Borges dice en un momento (y Katchadjian, también) que es probable que el Aleph que vio era postizo. Yo también pienso que era falso, que bien pudo ser llevado a Buenos Aires desde La Placita. Soy un convencido que el verdadero Aleph lo tuve yo: la escala de Jacob, el juguete de mi niñez. Porque desde esa catarata inacabable de tablitas de palo rosa, yo veía el universo. Todo el universo. Incluso la crueldad ilimitada de la historia de nuestro país. Nuestro país vejado y vendido, que olvida a sus viejos y desampara a sus jóvenes. Y los avatares de mi provincia, su lejanía y olvido de los poderes centrales.

Kodama no llegó a saber que en Misiones había un Aleph.

Yo tuve en mis manos infantiles un sistema de evocación del mundo, quizás como muchos chicos del planeta. El Alpeh particular que me construyó mi abuelo para que mi corazón golpeara, buril, martillo, escoplo, y cincelara como un pico terco, dale que te dale, todos los ángulos del Cosmos y del Caos, todos los libros de la tierra y el cielo, todas las mentiras hermosas de la literatura.

 

 

 

 

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