Doña Juana y el gurí

Por Erni Vogel. Puerto Rico, Misiones. Escritor

El pequeño en su regazo no cesa de observar la luna. Ojiabierto. La luna nueva, muy resplandeciente, posa cariñosa su sobrante de luz blanca en sus iris marrones. Los grandes ojos del gurí, llenos de embeleso, se la convidan a su vientre, que enflaquece más aún que en los últimos meses cuando se la convida también a sus piecitos, como una cascada de reflejos… Sus pies, de tan barrosos, la apagan hasta casi desvanecerla.

Mueve graciosamente los deditos de los pies, teñidos de sus primeros pasos en el patio de tierra de la finada Minga, donde repentinamente los nubarrones de tragedia opacaron luna y esperanzas el pasado miércoles.

Mamá Minga ya no está y las tías se mudaron a Buenos Aires con paradero desconocido (o demasiado conocido para ventilarlo). Fue suficiente que hace unos años se fuera Angélica -la primera en buscarle destino a su cuerpo lejos de los murmullos del Barrio- para que, a cada tanto, a cada pobreza, a cada aborto o a cada violento desaliento, migraran algunas mujeres hacia el desencanto capitalino…

Ningún nubarrón noctívago le tapó la luna a Queco, hasta que se durmió, con un casi silencioso canturreo en guaraní con el que Doña Juana extendió hasta el aura los difíciles intentos de aflojar su corta inocencia de once meses y su futuro incierto.

Al otro día la matrona terminó su amasado temprano. Una de sus hijas del corazón se quedó horneando y ella llevó sus canas y sus pasos sobrios hasta el centro.

– “Tengo un nuevo gurí” …-, le dijo a Rojitas, el boticario. El hombre lo tradujo como ‘otro ahijadito del alma’ en su sabida imaginación, antes de prodigar unos pañales de telas blancas sin miramientos. Y biberón y leche, como era menester. Quién le negaría ayuda a una paraguaya de edad inenarrable y tan desprendido corazón que se había transformado con los años en la madre de casi todos en la barriada más nutrida cerca de las ruinas de la ex fábrica citrícola.

Queco creció rápido con el juicioso sustento de Doña Juana y los mimos y picardías de tanta vecindad que lo adoptaba de pasada o de a ratos, los días del merendero.

– “Si ríe y llora todo el tiempo es porque está sanito” -, le porfió la gringa vecina del almacén de enfrente cuando Doña Juana deslizó su preocupación por los casi tres años del gurí durante el mate de esa tarde… Sin embargo, acostumbrada a los sobresaltos de las calles y del destino, a la anciana le corroía un molesto desvelo esos días.

No tardó en confirmarlo cuando al domingo siguiente el alboroto en el barrio le trajo noticias sobre una de las tías meretrices desarraigadas… El mismo lunes estuvo sentada con Mery discutiendo.

– “¿¡Y qué vas a hacer con él en Buenos Aires!?” -, no pudo evitar imprecarle Doña Juana, con mezcla de reprimenda, miedo, impotencia, bronca. – “¡Es muy chiquito!” … –

Mery se marchó al rato con tajante recado de que ‘mañana a las siete’.

Con una tristeza de antaño, Doña Juana la observó irse con su firme y llamativo andar de costumbres compradas y atuendos vistosos. Mucho más allá, más arriba de la controvertida figura de Mery en dirección al Paraná, la octogenaria buscó rezo y esperanza entre las escasas nubes del horizonte que rojizamente se dejaba atardecer sobre el río. El mismísimo rezo que venía practicando desde que la misma Mery anduvo regocijándole el regazo en los inviernos fríos, no más de veinte años atrás.

Queco correteó toda la tardecita a su alrededor, mientras Doña Juana intentaba acariciarle la cabeza y sonreírle más que de costumbre y Don Chico intentaba no mirarla directamente a los ojos, revolviendo más que de costumbre el ‘borí borí’ de pollo, predilecto de todos los acogidos del corazón de esa casa…

Cuando su pancita quedó colmada y sus piernas abatidas, Queco por fin aceptó el anhelante regazo de Mamá Juana que ya le iba quedando angosto.

Ella buscó en vano, esa noche, sobre su blanca cabeza.

Entre las lustrosas hojas de paltas que sus lágrimas mecían allá arriba al ritmo del sillón hamaca que la consolaba en el patio, no pudo vislumbrar una luna resplandeciente para su gurí.

(del Libro de cuentos ‘VÓRTICES DE CUERPO ADENTRO’. 2021–Inédito).

 

 

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