Demandas de una obra incompleta

Por Fabricia Alexandra Maidana. Aristóbulo del Valle. Periodista y escritora.

Tipeo, y en la pantalla se derraman gotas negras, linfocitos vueltos caracteres, que brotan tras el tropel de mis dedos culpables, hirientes, “inspirados”, que machacan la pantalla, desfigurando su página en blanco, ahora desgarrada por medio renglón de “Calibri 11”. Una herida de ideas corto-punzantes, que estéticamente se hace cicatriz simétrica demasiado rápido.

No me gusta ni el tamaño ni la fuente. En las prisas del momento, ni siquiera he seleccionado una que me complazca más, o que aborrezca menos. Aunque quizá su infantilismo, su redondez que no llega a ser obscena, pero incomoda, haya contribuido a mi cólera. Ella es tan insípida y a la vez, tan adecuada para el aberrante intento de literatura que desee plasmar.

Incluso siento el teclado manchado, mancillado, mirarme con reproche.

Miro la franja oscura, tan falta de gracia, tan vulgar, obtusa, pedante con aires de superioridad y tan fácil que aburre a la primera observación. Yace inerte y la observó en toda su vulgaridad. Ahora, dejo de ver la hiriente línea de poco valor, y oprimo con apremio la tecla suprimir para borrar el crimen cometido. Cierro el archivo en Word sin un cambio digno de ser guardado.

Se ha limpiado la escena; en mi pantalla de la computadora es como si nada hubiera pasado, el fondo de camino de hojas y robustos troncos, no señala culpa alguna, es solo otro archivo de Word que ni siquiera acabo en la papelera. Pero me molesta mi incompetencia de traductor; es como si en el arrebato de adrenalina previo a derramar el pensamiento, a volcarlo en una serie de palabras, por su magnitud, por su sentido, por su potencial trajeran consigo el signo del éxito. El eufórico presentimiento de saber que decir, me consume, me sega, y, sin embargo, nuevamente salgo de la habitación sin haber completado una carilla, un párrafo o un renglón semidecente.

Dejo la computadora en la habitación, suspendida sobre el escritorio. Ahora que no se me da bien la escritura, tengo mucho más trabajo que antes. Cierro la habitación con llave, no es como si alguien fuera a entrar a regocijarse de mi fracaso, pero siempre he sido muy precavido. Tanto así que me he aislado en medio de la selva en una chacrita con suficientes recursos para no tener que socializar más que un par de veces al mes. Pero estos privilegios que me he autoconcedido no son fáciles de mantener. 

Trabajo como docente, ofreciendo cursos a distancia y gracias a la pandémica necesidad de aislarse no he vuelto a las instituciones en varios meses. Sonrió ante la preocupación de mis colegas, este mal mundial me ha permitido explorar otros talentos que no sabía poseer, he descubierto nuevas formas de libertad. Pero ese ya es otro asunto, del que no puedo, ni me apetece, ni quiero ocuparme ahora. Mi clase empezará en unas horas y debo acondicionar el espacio, terminar de deshacerme del material inútil, darme un baño, calentar agua para mate, ¡oh! Sí, quizá incluso me dé tiempo para regar las plantas antes.

Tras la puerta queda la prueba de mi delito, tendida sobre un frío piso que imita la madera, también hay una pantalla refractaria, luces, que no sé utilizar, y un par de cámaras con memorias culposas. Al final hoy vende más el fotógrafo, que “el escritor”. La dama yace en el suelo, semidesnuda, inerte, flácida, cuando hace un par de horas nada más la piel se tensaba en poses orgiásticas, orgánicas, llenas de anhelo, llenas de petulante y engreída autofascinación. Una más tuvo que ser… aun no es la ¿correcta? Bueno aun no defino que necesito que sea propiamente… simplemente no me proporciona eso que necesito. En otra cita quizá haya más suerte. Quizá finalmente me ayude a plasmar el pensamiento, a alinear las palabras… quizá me “inspire”.

¿Fin?

No demasiados kilómetros lejos de la casa del profesor, una estudiante de sistemas, tipea las últimas letras de su fantástica historia, desde hace meses que ha ingresado al sistema del computador de su extraño profesor de oratoria, y ha visto sus morbos más extraños, ahora, cuando el escribe y borra las líneas, ella, tipea su fantástica saga, de horror, misterio y suspenso… pero le falta algo, un protagonista herido en su orgullo, flagelado por la mirada ajena, asustado, desesperado. La obra incompleta es insaciable, así que un correo con la historia se dispara en dos direcciones, una oficina de la policía y la casilla privada del docente… el asunto solo dice “lo vi” …

Horas más tarde una clase se interrumpe y el hombre es retenido a la fuerza. Sabe que por lo que ha hecho tiene las horas contadas, demasiadas musas carentes de don, reposan en su jardín como para que la huesuda mano le ofrezca misericordia, pero sonríe, es lo que falta. Antes de salir logra enviar un mensaje a la dama detrás de la pantalla…

“Lo sé, firma por ambos. Cómplice y coautora”.

 

 

 

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