¿Preferiría no hacerlo?

Por NEACONATUS

Hoy, en ciertas zonas del planeta, escribir y publicar puede ser un acto banal egocéntrico o una audacia valiente y mortal. Vale, entonces, repensar el acto en cuestión.

En el relato “Bartleby, el escribiente” de Herman Melville hay una frase emblemática: “Preferiría no hacerlo”. Si tuviéramos la valentía de este empleado de oficina, quizás nos acercaríamos a Wittgenstein y comprenderíamos la responsabilidad que implica optar entre el lenguaje cacofónico y el silencio humilde. Pero, esta vez recurriendo a Cortázar, parece ser que todo ejercicio literario comienza con una necesidad basada en una supuesta facilidad de expresión. Algo así como adjudicar a los panaderos una pulsión táctil para amasar, que los impulsa irreflexivamente a generar sin cesar medialunas y bolas de fraile. No se cuestiona en este texto el derecho de cada persona a escribir, en privado, lo que le plazca, sólo nos preguntamos qué legislación decreta que se difundan colectivamente esas manifestaciones en papeles impresos, o sea libros. En sintonía con el ejemplo anterior de los panaderos bien valga la exigencia de evacuar flatulencias, pero por una cuestión de buena educación se sugiere no compartirlas en público.

La consecuencia de publicar nuestros escritos será, casi siempre, que caigan en manos de un lector. Una víctima que se verá expuesta a resultados fallidos, discordancias, desilusiones e incoherencias que serán llamadas “obras literarias”, tanto en formato prosa como en producto versificado. Bajo la máscara de “la creación” obtendrán licencia para matar impunemente… de aburrimiento, la polución editorial ha empobrecido las palabras.

En Woodstock, la famosa película documental, hay una escena en la que un músico machaca un solo de guitarra. En determinado momento deja de tocar y alza un cartel que dice “I´m expressing myself”, y todo queda justificado. Tal vez no exista tal secuencia y sea sólo un sueño tóxico. Aunque viene al caso, el derecho a expresarse sin filtros es sagrado, pero uno debería aplicar una variante de la fórmula Bartleby: “Preferiría no leerte ni escucharte”.  

Otro cuentito. La historia de Bajo el volcán, novela de Malcolm Lowry podría sugerir algunos costados de lo que significa “edición”. En primer lugar en español editar y publicar son casi sinónimos, no así en inglés que se denominan “edition” y “publishing” En la edición o editión (permítasenos mezclar ambos idiomas) se puede modificar el texto, corregirlo, sacar o agregar partes. Lo que se desea es mejorar. ¡Ojo! que estas palabras se hicieron extensivas al campo audiovisual sumándole otras acciones. Publicar es imprimir el texto, la revista, el libro. Pero ¿qué pasó con Lowry? La novela (extraordinaria historia, quizás una de las más bellas novelas del siglo XX) tardó diez años en lograr ser escrita, y sucedió de todo. Hasta fue parcialmente quemada en la Columbia Británica en la cabaña donde vivía el escritor con su esposa, luego de que fuera expulsado de México, por borracho. Lo que es decir mucho, y más tratándose de México (con disculpas de los mexicanos y su tequila o mezcal). Sin embargo una ex suegra o casi suegra de sus tiempos en Oaxaca tenía guardada una versión de la historia, y su esposa salvó de las llamas otra parte y así completaron (rehaciéndola) la novela. A esta altura ya estaríamos en la tercera o cuarta versión del libro. Fue rechazada trece veces por distintas editoriales. Un editor llamado Jonathan Cape le dio a leer Bajo el volcán a un tal William Plomer, que le dijo a su patrón que la historia era larga y que podía muy bien sacarse el capítulo 1 y el 6. Sugería acortarla. El autor se negó terminantemente. Es más le escribió una carta que se hizo famosa, porque justificó literariamente los capítulos. Hubo un tira y afloje que duró un buen tiempo. Entretanto Lowry seguía escribiendo o reescribiéndola, pero más bien la ampliaba, antes que la resumía como deseaba el editor. Recién en 1947 la aceptaron en los EUA. Fue publicada (como quería Lowry) por Reynal & Hitchcock. Y a continuación la imprimieron en Gran Bretaña por J. Cape. De más está decir que fue un éxito de venta y crítica. Hoy la odisea de la novela de Malcolm Lowry, sería improbable que sucediera. Autoedicón digital, impresión on demand, presentación pública, algunos ejemplares vendidos, la mayoría regalados y listo. Más hojarasca en el sotobosque del ego satisfecho en un mercado literario fantasmático. Como la película de los hermanos Coen este no es mundo para los Lowry ni los Bartleby.

El esfuerzo que obliga adentrarse en un proceso de creación discursiva implica un conocimiento lingüístico determinado y enfrentar la seducción demoníaca de la inmediatez y el apresuramiento por publicar. Con las palabras no se juega (otra vez se nos cuela Wittgenstein), y existe un camino a recorrer ineludible entre deseo e impresión. Escribir a borbotones, no efectuar un editing y pagar a una imprenta para que nos publique lo antes posible, es como hacer mal el amor. Sin los prolegómenos lúdicos el resultado puede ser una eyaculación precoz.

Javier Aparicio Maydeu lo pone bien en claro cuando cuestiona la desaparición de los borradores manuscritos pues esto “nos muestra que la tecnología digital actual le permite al creador no dejar ya huella alguna de sus tentativas fracasadas, de sus embriones sin fructificar, de sus semilleros, de ideas, obsesiones e intereses, de sus esbozos u originales recusados, defectuosos o repudiados.” Jean -Yves Jouannais, Artistas sin obra, I would prefer not to, (Acantilado, Barcelona) nos cuenta de la Biblioteca Brautigan en Estados Unidos (Burlington, Vermont). “La integran libros rechazados por los editores, obras abortadas, en suma algo peor que el oprobio: el veredicto a menudo tan injusto como definitivo del fracaso”. Fracaso, palabra que no soportamos escuchar y posibilidad que ni nos permitimos considerar, pues vivimos en la época del éxito impostergable. Aunque cada día de nuestras vidas sea un paso hacia el abismo.

No publicar cuando queremos nos sume en la frustración bipolar, quizás por eso eludimos crear mercado editorial real basado en la oferta y demanda. Porque, como en toda feria, nuestros zapallos podrían ser ignorados. Entonces hemos creado espejismos sedativos. Autopublicamos pagando la edición de libros y el estado nos compra una determinada cantidad para repartir en las estanterías de las bibliotecas públicas, ganamos premios que nos otorgan fondos para pagarle a una imprenta la tirada de unos libros que no tenemos la menor idea de cómo distribuir, trocamos la venta por el obsequio directo, vamos a Ferias del Libro donde en vez de vender libros representamos a instituciones culturales no a editoriales independientes y regionales, no cuestionamos los oligopolios del papel y los precios cotizados en dólares de la tinta, en fin aceptamos lo que sea con tal de ser considerados “escritores”.

Sábato decía (y no solo él) que habría que prohibir editar-publicar, hasta que la obra pasara unos buenos años durmiendo en un cajón. Luego desenterrar lo escrito, volverlo a leer y aun así se tendrían que evitar las ganas locas de salir corriendo a sacar un librito.

Uno de los editores de NEACONATUS de muy joven trabajó de cadete en una editorial, cierto día recibe a una persona que solicita entrevistarse con su jefa y le entrega la tarjeta de visita correspondiente. El novato trabajador lleva la misma a la señora directora, la mujer lee la cartulina y sentencia: “Decile que jamás lo recibiré, aquí pone Juan Pérez, escritor. ¿Te imaginás si Borges fuera desparramando tarjetas de presentación donde se definiera a sí mismo como escritor?” 

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