La talla de su alma

Por Ariel Kusiak

Con las primeras luces, cuando apenas se despabilaba, su mirada se detuvo de improviso en los nudos de pino Paraná. Las filminas se proyectaban vívidamente en sus recuerdos, cómo en una semblanza.

El día en que, con tan solo nueve años, una serpiente lo marcó para siempre, en su San Pedro natal, pasaba de sepia a vivos colores. El torniquete hecho por los vecinos. Los días de internación en Eldorado, la derivación a Posadas. La interminable espera del traumatólogo de Buenos Aires y meses después, el sonido nítido de sus pasos mudos, anunciándolo de regreso en la escuela.

Ser una persona con discapacidad motriz, no resultaba fácil. Ver que no podía valerse por sí mismo, mientras que sus hermanos corrían con total libertad, solo le hacía pensar en una vida trunca.

Junto a su padre pergeñaron, sin mucho conocimiento de carpintería y con escasas herramientas, sus primeras muletas. Por su ductilidad, un trozo de sota caballo fue la madera escogida.

El primer encuentro con la madera fue premonitorio e indisoluble. A los catorce años, con un destornillador afilado en el asfalto, acabo su primera talla en un clavo de Araucaria. Ganarse el pan por si solo le parecía todavía un sueño. La timidez y el miedo al rechazo no le permitieron vender su primer trabajo. La perseverancia y la Divina Providencia lograron que dos años después consiguiera un nombre asociado a un oficio. Francisco, el artesano.

A Montecarlo fue a probar suerte, tallando “en vivo” frente a los comensales de un restaurante, administrado por tres hermanos.

La curiosidad y las ganas de aprender lo empujaron a colaborar en la parrilla. En un desafío improvisado compitió por quién deshuesaba más rápido los pollos destinados al galeto. El premio consistía en sustituir al parrillero en una de sus licencias. ¡¿Qué mayor lauro que ganarse un trabajo?!

El más quisquilloso de los hermanos, le propinó uno de los primeros baldazos de agua fría:

— ¿Qué hace Francisco en la parrilla?; ¿No ven que da mal aspecto?

Irremediablemente, no podía verse igual a los demás, sus muletas no podían ocultarse debajo de la botamanga.

Volver otra vez a la penosa incertidumbre del convaleciente. Seguir en lo suyo. Martillo, gubia y formón para reinventarse o moldearse a sí mismo a golpes.

A San Ignacio lo llevó su derrotero. Las Reducciones Jesuíticas eran, como mínimo, una alentadora esperanza para poder cambiar su suerte esquiva. Dos décadas dándole vida a la madera, durísimos nudos convertidos en finos entramados, esculpidos artísticamente en las facciones de gauchos y paisanos que adornaban los hogares de algún generoso turista. Pero quizás, pensaba como atesorando el más valioso recuerdo, su obra cumbre, fue tallar junto a Mirta a su Sagrada Familia. Cinco hijos y casi una docena de nietos.

En los puestos de artesanías abundaban las ofertas de rápida manufacturación, o compradas al por mayor y vendidas a precios accesibles. Las ventas disminuían año a año, avanzar requería un cambio, y quedarse quieto no era una opción, por fortuna la mesa se hacía cada vez más grande. 

Había que soñar y aspirar a lo más alto que se pudiera. Iguazú, en los noventa, era la meca de los artesanos y hacia allá fue, con la idea fija de tallar en Cataratas.

La entrevista con el intendente del Parque Nacional era de por sí difícil:

—Francisco, nosotros tenemos un pequeño inconveniente con tus artesanías. Acá velamos por el cuidado de la ecología. ¡Y vos trabajas con madera!

— Y bueno… Entiendo. Muchas gracias por haberme atendido y por responder con franqueza. Peor hubiera sido que me anden con vueltas.

Al retirarse, cuando estaba abriendo la puerta de la oficina, escucha:

—Espera un poco, ¿Puedo ver tus trabajos?

—Pero si, ¿cómo no?

Al llegar al jeep donde acarreaba sus artesanías, el intendente del parque sostuvo a un Cristo entre sus manos, le acarició las espinas de la corona, como si intentara sentir el dolor del martirio.

—Pero esto es madera no utilizable, son piezas de descarte. ¡En realidad, son obras de arte! – dijo admirado. —

Ni siquiera se dio el tiempo de celebrar, con la recomendación escrita y firmada de puño y letra, comenzó ese mismo día a trabajar en Cataratas. En su caja de herramientas llegó a tener treinta y seis formones. ¡Ojalá pudiera tener en mis manos aquel destornillador junto a mi primera talla! Pensaba, sonriendo con picardía.

Sus vivencias lo traían al presente y un halo de nostalgia por las alegrías compartidas, por sus grandes amigos (Juan, Ernesto y Roberto), por la familia, por tan hermosos recuerdos, lo despabilaron del todo. Sonrió como dándose cuenta de que era el espíritu navideño quien lo estaba calando de a poco, sacándole virutas de todos los colores.

Esa mañana tuvo la vaga sensación de que había que desatar otros nudos, de camino a San Ignacio se detuvo en Montecarlo. En el restaurante lo recibió uno de los hermanos con el que había trabado más amistad.

— ¡Pero qué bueno verte de nuevo, Francisco! Hace el favor y anda al bungaló a verlo al Matías. Está en su habitación.

Caminó con prisa, los años le habían dado practicidad al manejo de su muleta y su andar ya no sonaba acompasado por el golpear de la madera. Al entrar a verlo no pudo disimular su asombro. Matías intentaba, no sin cierta dificultad, reincorporarse de la cama.

—¡Pica Pau! Hoy me veía tan maltrecho y justo me acordé de vos. — dijo mientras lo abrazaba— ¡Gracias a Dios que viniste! Quería darte un abrazo y pedirte disculpas. Fue por culpa mía que te quedaste sin trabajo y ¡fíjate! Ahora me falta una pierna y estoy acá…

Francisco pensó en las extrañas maneras de obrar que tiene Dios. Se le vino un niño a la mente, su figura dibujada en una espléndida veta, transmutando en Cristo para tornar sobre sí mismo, transformado en Sagrada Familia. Al fin y al cabo, mañana es Navidad —se dijo— y los hombres sencillos solo podemos replicar en madera lo que vivimos.

Carlos Ariel Kusiak nació en Mendoza. Transcurrió su infancia en Misiones, San Ignacio. Actualmente reside en Jardín América, desempeñándose como docente en escuelas bilingües de Puerto Leoni y Oro Verde. Obtuvo numerosas distinciones en concursos literarios a nivel provincial, destacándose en el género cuento.

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