El regalo

Por Stella Maris Guibaudo

“Siempre creí que el mejor regalo de Navidad era un juguete”, me contaba Laura mientras terminaba de vestirse para salir de compras. Los días previos a las fiestas tradicionales eran de un ritmo tan acelerado que casi no cabía un recreo para el mate. Nos consultábamos todos los detalles de los preparativos para que nuestras mesas familiares resultaran del agrado de cada comensal. Encaramos el primer asunto delicado por resolver:

– ¿Cómo hago para que Marcelo, mi primo, no se tenga que cruzar con su ex? – Se lamentaba mi amiga de la infancia.

Laura estimaba a su cuñada, pero tendría que hablar con Roberto para convencer a su hermana de visitar en esos días a sus abuelos en Capioví.

–Supongo que le va a gustar dar un paseo por las avenidas y su plaza, apreciando los hermosos adornos navideños – Argumentó para afirmarse en su postura.

¡Claro! – Le dije con verdadero entusiasmo, pensando en el trineo, tirado por los renos con cuerpos

modelados con material de descarte que a lo largo del año, la labor colectiva de muchos talleristas convirtió en obras de arte: figuras alegóricas de los tiempos de Adviento, personajes bíblicos a lo largo de la Avenida Los Próceres, adornos con formas de  velas y angelitos, canastas con  paquetes decorados con primor y el pesebre, cautivando con su aura celestial.

Mi memoria se activó y al punto me condujo a la casa paterna, un hogar en la chacra, allá ité, en Mbopicuá, donde el opa sorprendía siempre a sus nietos con un rústico juguete hecho en madera. Recordé aquella mesa donde mi hermana Ërika preparaba el chucrut y el strudel, entre tantas recetas alemanas, y donde se amasaba el pan. Me pareció  escuchar el  eco lejano de nuestras charlas entre risas, al juntarnos en la tarde dedicada a preparar las “totsia”, guiadas por las hábiles manos de la oma….

– ¿Qué tal si nos hacemos una escapada  y disfrutamos el Salto, nos vendría muy bien una refrescada con este calor que ya pinta lo que será el verano? ¿Te parece, Laura? – Le dije haciendo pausa en mi añorado viaje al país de mi infancia. Mientras cepillaba sus cabellos, me miraba sin quitar la vista del espejo.

Sólo respondió reflejando una alegre sonrisa. Cuando completó el peinado, volteó su cabeza hacia mi lado y se puso un dedo en la mejilla como sosteniendo una idea.

– ¿Y qué tal si, antes de regresar, pasamos a ver el Árbol de Navidad artesanal en la plaza Los Pioneros para tomarnos unas selfies? Ahora que recuerdo, mi tía Gertrudis me pidió unas fotografías de esos adornos, para que su nieta le arme uno. –Al instante miramos el reloj y salimos animosas hacia el centro.

Puerto Rico se enciende en luminarias y atrapa en los negocios de sus dos avenidas, la mirada extasiada de los consumidores; destilando a su paso aires navideños. Las vidrieras de las regalerías, con vistosos arreglos  nos hicieron “guiños”  como para no despegarnos. Sólo cada hueco de nuestras billeteras pudo calmar las ganas de comprar tantas cosas.

Unos días después volvimos a juntarnos para ver de qué modo salíamos a flote con el plan navideño.

Otra cuestión, no menos delicada, era el menú. Nos miramos para encontrar respuestas. Pero la ansiedad le ganó a los pensamientos. Frente a nuestro mutismo, en un acuerdo tácito, optamos por buscar la salvadora información en Internet. Estábamos convencidas que nos sacaría del apuro.

Cada una encaró la navegación digital abriendo aquellas páginas que se relacionaban con el asunto pendiente.

–Escuchá esto – Me dijo Laura enseguida. Acá nos dan unas sugerencias para lucirnos como anfitrionas sin complicarnos con los preparativos: Que preguntemos las preferencias de los invitados. No sea cosa que se les ofrezca sólo carne y que alguno sea vegano. Que si tu fuerte no es la cocina, enviale un mail a tu suegra, para que te dé una mano, elogiando esas recetas que, a tu juicio, resultaban ser “un bocatto di cardenale”, no falla jamás, como decía la publicidad de un cierre de cremallera ¿Te acordás.? Que los platos se puedan presentar antes de sentarse todos a la mesa. De lo contrario estarás cocinando mientras los demás disfrutan tus manjares. Que no falte ningún asiento. No sea que alguno deba acomodarse sobre un cajón de manzanas, disfrazado con un mantelito de ocasión, adornado con papánoeles.

Terminar de leer estos consejos y soltar las carcajadas, fue al unísono. Nos hizo recordar tantas anécdotas divertidas de tropiezos ocurridos en festejos similares. Por lo tanto, estuvimos de acuerdo en tenerlos en cuenta para no fallar. Cada cual se dedicó a llevar a la práctica aquellas sabias humoradas.

Una tarde, en que me abrazó la nostalgia, me dispuse a escribir tarjetitas navideñas, recreando la amorosa costumbre de mi madre. Con ella compartíamos un momento sólo nuestro, sentadas en la cama, revisando la caja decorada con motivos florales, que guardaba en su interior viejos sobres con tarjetas alegóricas: capillas, campanitas, angelitos, arbolitos con velas, pesebres, y la infaltable figura de Papá Noel.

Luego de seleccionar las que enviaría a unos parientes y a amigos de la vida, busqué un texto registrado hace poco en las redes. Lo consideré adecuado para dedicárselo a mi amiga. Transcribí estos fragmentos:

«¿Quién iba a decir chamigo que algo así podría pasar? Disculpen si desconfío como el gallo sakuape, siento que me están robando mi propio modo de ser. Si el cuero es nuestro maestro, ya sabremos reinventar un modo que nos convenga, de Justicia y de Igualdad,  que hay dos vacunas que el pueblo tendrá que ponerse ya: la prevención que nos mandan y la solidaridad,  que nadie se salva solo, te salvas con los demás.”

Respondió  emocionada  por el legado espiritual del Padre Zini. Sostuvo que el mejor regalo para un niño es un juguete; pero comprende que nuestro más valioso presente es el deseo de ser solidarios.

Stella Maris Guibaudo vive en Puerto Rico, es docente y escritora

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