El fresquete de abril

Por Alina Mateos Horrisberger

Flavio encendió el fuego, porque pese a que era abril, ya sentía que el fresquete se iba asomando por los rincones. Al fresquete esto no le hizo ninguna gracia, claro. Empujado por el fuego y la luz cegadora, se iba arrinconando cada vez más, abajo del sillón, detrás de una maceta, entre las telarañas del techo. A las partículas que formaban el fresquete, que bien podríamos llamar fresquitas, no les gustaba quedar así, tan separadas. Las fresquitas sabían que la unión hacía a la fuerza y que la única manera de mantener esa hermosa frescura que llevaban dentro era acercarse y acurrucarse y mirarse y abrazarse todas juntas en un gran fresquete. Pero con ese fuego… imposible. Una de las fresquitas que quedó más alejada les chifló angustiada a sus hermanas: 

            —Chicas, así no se puede. De fresca no me queda nada, ¡me evaporo toda sin ustedes! 

            Las fresquitas cercanas se preocuparon y, con la ayuda de una araña de patas largas, lograron acercarla a su rinconcito del techo.

            — ¿Y si salimos, mejor?

            —Dale, salgamos.

            Con la ayuda de las arañas y el polvo, las fresquitas se fueron amontonando y de un chiflete se escaparon por los resquicios de la puerta.

            Una vez en el patio, se juntaron abajo de una azalea a deliberar. La fresquita que más había sufrido el calor sofocante de la soledad tomó la palabra:

            —Chicas, así no se puede. ¿Y si nos vamos a otra parte? Podríamos salir a explorar un poco.

            —Ay, a mí me da miedo —dijo otra—. ¿Y si terminamos en otro lugar con más calor? 

            —Bueno —aportó una tercera— podríamos hablar con las lagartijas. A ellas también les gusta el fresquito y podrían llevarnos a cococho a explorar nuevos rincones.

            —Pero el problema es que ni bien salga el sol, ¡sonamos! ¿No te acordás como les encanta tomar sol a mediodía?

            —Ay, ¡tenés razón!

            Medio tristonas y entrando ya en calor de pura angustia, las fresquitas se acurrucaron más para no perder el ánimo ni la frescura.

            El grillo del helecho las miraba intrigado. Porque, claro que fresquetes hay muchos, pero el del patio no es el mismo que el de la casa, y este grillo nunca había visto a un grupo tan ilustre de fresquitas de Interior.

            —Perdón que me meta, señoras fresquitas, pero aquí estaba ensayando mi claroponte y no pude evitar escucharlas. ¿No será que la solución a su problema es quedarse por acá y unirse a nuestra Galcifunda?

            La fresquita más osada, todavía un poco acalorada por la soledad anterior y la preocupación actual, lo interrumpió:

            —Señor grillo, así no se puede. Si nos va a tirar todas palabras así de difíciles me da un sofocón que ni le cuento. Hable en criollo, le pido por favor.

            —Le pido disculpas, señorita —dijo el grillo— es que me olvido del dialecto del Interior de Vivienda. Le decía que estaba ensayando mi claroponte, es decir mi canto, claro puente entre los pensamientos internos y la tranquila oscuridad de la noche. Y con las luciérnagas, que ve usted ensayando sus luces detrás de la orquídea, nos gusta armar unas lindas Galcifundas en las noches de verano.

            — ¿Y qué es una Galcifunda? —preguntó curiosa otra fresquita.

            —Las Galcifundas son las nochecitas de verano arrulladas por los claropontes de los grillos y las pitucas de las luciérnagas, que se hacen en las noches de luna llena, creciente, nueva y menguante.

            —Pero ¿y cómo hacer una Galcifunda ahora, si ya estamos en abril?

            —Y es que por eso, justamente, digo que nos podrían ayudar. Porque tenemos unas ganas de hacer una Galcifunda que ni le cuento… Pero una nochecita de abril no estaría completa sin un buen fresquete, de esos que acurrucan y miman e invitan a abrazar.

 

            Flavio estuvo un rato embelesado por el fuego, pero al rato el encanto se empezó a desvanecer y le dio un calor que ya era incómodo. Se acercó a la ventana, buscando sentir el fresquete detrás de las macetas, pero no lo encontró. De pronto, le llamó la atención el canto dulce de un grillo en el patio. Parecía en sintonía perfecta con sus pensamientos. El brillo tenue de las luciérnagas lo fue llevando hasta la puerta, sin querer. Y sin querer la abrió, salió al patio, y poco a poco se fue dejando abrazar por esa frescura dulce y envolvente de una nochecita de abril de luna llena.

 

Alina Mateos Horrisberger es de Posadas, Misiones. Traductora de inglés y viajera, vivió en Buenos Aires y después un tiempo en los Balcanes. Escribe desde que tiene memoria (y para no perderla).

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