Una brisa fresca en Nochebuena

Por Germán Wilcoms

Era el 24 de diciembre en San Pedro. El día, afuera, era un horno a cielo abierto. Ni una nube opacaba el brillo del sol a pleno, que destellaba en la cresta de las araucarias mientras, debajo, rajaba la tierra. Dentro, en la iglesia, hasta los santos sudaban en sus pedestales. Agustín, el flamante y joven cura párroco, era un nervio solo. Iba de acá para allá, con un plumero y un trapo rejilla, limpiándolo todo. Tenía que estar impecable desde su sotana hasta el último rincón del campanario, donde uno de los monaguillos haría sonar a las 8 en punto de la noche el llamado a su nueva feligresía, ante la que aún no había tenido oportunidad de presentarse. Lo haría, por primera vez, aquella noche.

No tenía autorizado maldecir, por lo que utilizaba eufemismos para referirse a su mala suerte. Siendo principiante, debía presentarse ante el pueblo justo en uno de los eventos más importantes de la cristiandad: la misa de Nochebuena. Recién salido del seminario, estrenando apenas la sotana, y le tocaba tamaña responsabilidad. Todavía no conocía a sus feligreses, ni ellos sabían de la repentina salida del viejo cura párroco. Había sucedido tan rápido… Ahora debía enfocarse en tenerlo todo listo para la noche. El protocolo debía llevarse a cabo con precisión de relojería. Agustín consideraba fundamental la primera impresión. Debía salir perfecto. De arrancar con pie izquierdo sería difícil enderezar el paso. Como romperse un tobillo, lo que nunca sana completamente.  

Agustín se esforzaba con los preparativos para la misa. Consideraba que no había espacio para el error. Hasta el más mínimo sería informado a sus superiores por las –seguramente- bienintencionadas monjas. Sospechaba que no les había caído bien de entrada. Apenas lo recibieron el día anterior, se lamentaron a lágrima viva por el repentino cambio de jurisdicción del antiguo cura, a quien estimaban como a “un padre, un amigo y un santo”. No se atrevió a señalar que aquello último rozaba la blasfemia. Y no quería pecar de suspicaz, pero desconfiaba que este día las monjas se habían ausentado adrede, para dejarlo solo con el orden y la limpieza. El derecho de piso que le dicen, dedujo.  

— Es necesario— le había dicho una de las monjas— que les advirtamos a la comunidad que esta noche no encontrarán a nuestro tan querido Padre Juan detrás del púlpito, sino a usted. No sé por qué —agregó con tono de reproche mientras su compañera se enjuagaba una lágrima al lado— nos mandaron tan de prepo desde la Santa Sede a un cura nuevo, tan joven así. Y me va a perdonar, pero encima justo en esta fecha, para la misa de Nochebuena—. La monja le había soltado aquello casi sin respirar, con recelo evidente.

          Agustín había estado trajinando desde el amanecer, desempolvando a los santos, espantando las arañas, preparando las velas… Su sotana descansaba impoluta en el perchero. Estaba convencido de que esos detalles certificarían su entera competencia para el cargo de cura párroco. Su conciencia lo instaba a ser más humilde, pues un jesuita debe apartarse de lo efectista y presuntuoso, pero sabía que aquella noche se jugaba el respeto presente y futuro de toda una comunidad. Y el respeto entra, primero, por los ojos. Debía dejar en claro desde el vamos que, a pesar de su juventud, de carecer de experiencia, estaba listo para estar al frente de una parroquia y de su congregación. Durante 9 años se había capacitado exclusivamente para ello.

          El calor era  todavía tremendo cuando el sol se recostaba tras la cúpula de la parroquia, arrastrando consigo a la noche y su siseo de chicharras. Se acercaba la hora. Las monjas acababan de llegar de su fajina comunal. Agustín desconfió que habían prolongado su tarea intencionadamente. Observó con satisfacción que no pudieron ocultar su sorpresa, ni el evidente disgusto, al contemplar que la iglesia estaba limpia y en orden. Se felicitó por ello. De ser un examen sacaría un diez. Ya se ganaría luego el respeto de las monjas a fuerza de hacer las cosas bien. Notó cómo lo miraban de arriba abajo ahora, como si vieran en él algo antes pasado por alto. Tal vez habían notado su valía, especuló.

—Claro, pensaron que por no pintar canas iba a meter la pata. Y ahora me miran así porque les demostré cómo hago las cosas—, se dijo Agustín, pero lo cierto es que se sentía algo nervioso al notarse observado por las monjas de aquella manera, farfullando y con pantomimas de amonestación. — No daban un peso por que tuviera todo organizado a tiempo y ahora me miran con esas jetas agrias, buscando el pelo en la leche, pero se van a quedar con las ganas.

Las monjas se santiguaron con ademanes exagerados cuando Agustín se acomodó en el púlpito, al que le había sacado brillo con medio tarro de cera Suiza. Se acodó allí como un general. Un joven Alejandro que aguardaba la contienda tras desplegar una estrategia arriesgada. Esa sería su Batalla del Gránico personal. Decisiva, pero apenas la primera antes de muchas otras. No era más que una metáfora, por supuesto, pero lo veía más claro de esa manera.

          Sin que Agustín se diera cuenta fueron las 8 de la noche. El monaguillo, quien ya había sido advertido por las monjas de que el nuevo cura párroco era algo extraño, había esperado vanamente su señal para tañer la campana. Se decidió a hacerlo cuando notó que, absorto y como ido, ni lo había registrado. El talán-talán reverberó en el éter. Oficial y finalmente era Nochebuena.

—El momento llegó—, se dijo entonces Agustín, despertando de súbito de un ensimismamiento profundo.  

No se había percatado de la entrada de los feligreses. La iglesia ya estaba a pleno. Tenía ante sí un mar de rostros nuevos, curtidos por el trabajo a la intemperie. Lo observaban consternados. Un murmullo grave amortiguaba el eco de las últimas campanadas. Agustín se sabía señalado, juzgado a primera vista, por aquella buena gente. No se sorprendía. Esperaba una reacción semejante. Era natural. Los sanpedrinos tenían ante sí un nuevo cura párroco, mucho más joven que la mayoría de ellos. Además, se presentaba de sopetón y en la noche más santa del año. Pero se sentía listo y seguro para afrontar la situación.

Agustín confiaba en que pronto les demostraría que no había llegado para improvisar nada, que era un cura párroco hecho y derecho, legitimado por la Santa Sede, y no los defraudaría. Podían estar seguros de que sería un buen pastor para sus ovejas, se decía, mientras el cuchicheo de la gente iba en aumento. Lo señalaban ya sin disimulo. Él notaba la indignación y el reproche general. No los culpaba. Era el pastor quien debía hacer sentir seguras a sus ovejas y no al revés. Esa debía ser de ahí en más su perspectiva, caviló.

De repente Agustín sintió una brisa fresca. Penetraba desde las ventanas de vidrios multicolores, que refractaban el titilo de las velas que él mismo había encendido, una a una. El frescor le llegaba como una señal, casi una epifanía. Una bendición del cielo para mitigar el calor sofocante de un día categórico. Aquello era un símbolo, supuso. Él se sentía fresco mientras sus feligreses, en cambio, transpiraban. Entonces notó que había olvidado ponerse la sotana y estaba en calzoncillos.       

Germán Wilcoms nació en Leandro N. Alem, Misiones (Argentina). Es profesor en Letras, egresado de la Universidad Nacional de Misiones. Su primer relato lo escribió a los siete años, desde entonces incursionó en distintos géneros, siendo la narrativa su espacio predilecto. El principio de Berkeley es su último libro. 

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