De “leve” nada, profesor Mazal

Por Germán Wilcoms. Leandro N. Alem. Escritor

A lo largo de los años he leído no pocas novelas de las que, después de un tiempo, apenas si retengo el título y algunos confusos recuerdos de su contenido. (A quien no le haya pasado alguna vez que tire la primera piedra, a ver.) Me refiero, por supuesto, a obras de lectura plana, esas que no se arriesgan y van a lo seguro, que se rigen por recetas, por cuyas páginas avanzamos patinando como sobre vidrio aceitado. El viaje por estos libros suele ser soporífero, veloz, sin ripios ni mucho compromiso. No pocos son best sellers, por supuesto. Resultan lecturas livianas, compradoras y atraen a un público específico y creciente que no quiere complicarse la vida con cosas tan triviales como detenerse a pensar. La obra de Osvaldo Mazal, felizmente, no podría estar más lejos de todo eso.  

Andrés vuelve me llegó de manos del propio autor. Un intercambio de regalos algo desbalanceado, con la báscula a mí favor y por mucho. Le entregué –enchufé- El principio de Berkeley, que dicho sea de paso Osvaldo tuvo la gentileza de prologar. Él, por su parte, me obsequió Andrés vuelve. Mazal, vale decir, es un hombre generoso. Me tendió la novela con un gesto de inteligencia, que no sé si alcancé a entender entonces y probablemente malentendí hasta ahora. Al autógrafo de rigor había añadido una leyenda: “¡Para Germán, con el sincero deseo de que le sea leve!”.

—Después comentame qué te parece—, me dijo.

Asentí como quien entiende la cosa sin dimensionar que me metía en un brete de aquellos. Apenas entré a la novela percibí su calado profundo y me di cuenta de que había hecho un compromiso para el cual no estaba preparado ni me daría el cuero para consumar merecidamente. Imposible no quedarse corto con tanto por contar, tanto que decir. La devolución, a priori, no podría resultar más que una aproximación pálida e insignificante. No obstante, aunque lejos de estar a la altura de Andrés vuelve, intentando estamos…   

El libro de entrada impone respeto, con sus casi 500 páginas y formato 22×15. Pero como volumen no establece densidad, deduje que la velada advertencia del autor no iba por ese lado. Y no estaba tan errado. Es que la lectura de Andrés vuelve puede resultar muchas cosas, menos leve. No al menos en el sentido que asociamos al concepto respecto de una cosa de poca consistencia, ligera, insustancial, baladí… No. Ni a palos. A poco de arrancar la novela un “narrador precavido”, en una suerte de advertencia previa al tongo, un tené modo bien misionero, nos estampa una “humilde guía de lectura, (…) para evitar malentendidos o incluso rabietas por parte de esa patota virtual de lectores salteados y holgazanes que tan bien conozco y que, mientras avanzan con la lectura, odian preocuparse a cada rato con demasiadas conjeturas dedicadas a entender quién les está narrando lo que van leyendo a cada momento, y por ahí se distraen y se van del libro, y si vuelven entran por otra puerta, y quizá se desorientan y decretan que todo está perdido y en consecuencia terminan cambiando de novela como de camisa…” (p.41).

 Y es que a poco de asomarse a la obra se nos disparan todas las alarmas literarias, advirtiéndonos con su estridencia de que Andrés vuelve no es moco de pavo. Si uno esperaba encontrarse con el típico policial negro, donde la trama se abre camino a los sopapos y la historia nos arrastra como burros tras una zanahoria argumental, se estampa de lleno contra capas y más capas de pura enjundia narrativa. Y como la densidad de un agujero negro, nos arrastra a las profundidades de su industria lingüística. Es esta una edificación construida con tal artesanía que notamos enseguida la desenvoltura propia de quien sabe lo que hace. En los sorpresivos senderos por los que se mueven los originalísimos personajes de la obra, se nota el meticuloso tratamiento estético de un verdadero ingeniero del lenguaje.

Mazal es un escritor valiente. Se anima a retorcerle el pescuezo a la versión más cruda de la novela negra. Toma los elementos que le son propios y los maneja a capriccio e piacere. Los escenarios disímiles, el erotismo despojado de reticencias retóricas y de trapos, el humor profundo que va desde la ironía sutil a la “Carcajada Infinita (…), la versión filosófica de toda Risa Bárbara” (p. 44). Y le suma a esa algazara feroz y alucinada, una risa que de a ratos resulta pantagruélica: destructora y creadora de mundos. El resultado es un maquinón infernal. Una obra tan sorprendente como la propia Instalación. (Para saber qué es esto de la “Instalación” vaya a leer la obra, caramba, que acá no hacemos spoilers).

Mazal es un escritor de recursos. Uno se pregunta, como Pessoa a Haer (guiño), cómo hace “para no embarullarse con tantas líneas diferentes del relato” (p.458). Recursos que le envidiarían el propio detective Dashiell Caballero, una especie –semi literal- de Woody Allen en motito y de paliza fácil, y su co-equiper, LaGata Christie (guiño, guiño). Creo que la respuesta está en su capacidad de deconstruir el género de una manera no tradicional. No lo destaza a machetazos sobre una mesa de disección estética. Mazal le mete la mano desde adentro. Se infiltra en su propia obra con una identidad alterna (Diego Pessoa), con la excusa de pretender escribir una novela para su madre y así convencerla de que el género no estaba muerto (andaba de parranda). Se abre paso, así, a través de un entramado rizomático cargando una bomba repleta de símbolos. Desde este aspecto la Instalación parece ser otro alter ego, esta vez de la propia novela. No le voy adelantar si al final la hace volar por los aires o no.  (Vaya y lea, che.)

El resultado es una obra original, ensamblada con la sutil manufactura del creador nato, impregnada de una vitalidad tan intensa que, como la vida misma, tiene lo que ha de tener y carece exactamente de lo que precisa carecer. Y son estas carencias, los vacíos, quienes finalmente cumplen la función de aglutinar una trama que corre el riesgo de rebalsar en un océano de posibilidades argumentales. El vacío, como recurso, resulta entonces tan efectivo como lo explicitado. Y es que “podría suceder que el acontecimiento del sustraerse fuera lo más presente de cuanto hay ahora de presente (…), lo que se nos sustrae, nos atrae en pos de sí aunque no lo notemos enseguida o en manera alguna” (Heidegger, M., en ¿Qué significa pensar? La página te debo). Y esto no es casual: Mazal es un capo.  

Es probable que muchos entrarán a Andrés vuelve por el tema, también es indudable que se quedaran por el estilo, por su sustancia y su complejidad, por su trama, por lo original y transversal y exquisita y agitadora y excepcionalmente rigurosa que resulta su constelación estética. Y es que a partir de esta novela orbita un universo entero de textos, que van desde el “Darwin Poeta” del propio Mazal -¿o Pessoa?- a la truncada “La Comédie humaine” de Balzac, ya sea girando en torno a aquélla cual satélites o atravesándola como flechas cargadas de sentido. El corolario, como deseaba y temía Diego Pessoa, es una novela tan digna como inabarcable.

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