Sobre alabardas y espingardas

Por Alberto Szretter. Posadas – Puerto Rico. Médico, escritor.

En una librería de la ciudad de la furia había un libro de Saramago. Estaba metido, semi escondido entre otros, como infiltrado. Lo compramos porque era el último que hizo el gran escritor portugués, mejor dicho que empezó a escribirlo y se murió antes de terminarlo. El que localizamos (difícil de hallar) tenía como título “Alabardas” en letras rojas. Arriba, en letras más grandes y negras decía “José Saramago”. Más chico, había una leyenda: “Con textos de Roberto Saviano, Fernando Gómez Aguilera. Ilustraciones de Günther Grass”. Editorial Alfaguara. En realidad el autor lo había llamado ¡Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas!

Es la historia de artur paz semedo (el original de Saramago, no tiene mayúsculas), empleado de una fábrica de armamentos. Un hombre que trabaja en la parte administrativa de una fábrica de armamentos. Está inmerso en contabilidad, en carpetas, en papeles. Allí hay que hacer “lo posible para no desorganizar las cajas”, según cuenta la novela del personaje.

El motor del cuento, para el Nobel de Literatura, tal vez fue la falta de antecedentes de huelgas en las fábricas de armas, excepto una noticia apenas salvada, de que en Milán habían fusilado a obreros por haber saboteado la producción de obuses, y también el hallazgo de bombas sin reventar durante la guerra civil española que tenían carteles adentro que decían “camaradas, no teman, esta bomba no estallará”. Quiere decir que en cierta manera alguna gente en los talleres armamentísticos, en los años ´20, ´30 y ´40 se oponían a la confrontación bélica. Como felicia, la esposa, o exesposa de paz semedo, pacifista sin desmayo, mujer de agallas, mujer con todas las letras, mujer-mujer.

Pero estos detalles son pretextos para Saramago. El escritor quiso ponernos a los lectores frente a un hombre y el dilema ético de colaborar en la hechura de aparatos de exterminio. No sabemos cómo habría resuelto la encrucijada, porque solo escribió tres capítulos y falleció. Pero las líneas están echadas. Mal continuaron Saviano y Gómez Aguilera, para nuestro gusto.

Artur es un burócrata gris, un mediocre que solo aspira a que lo asciendan en el escalafón administrativo, que lo pasen de empleado de armas livianas a jefe al sector de armas de grueso calibre, cargo que posee más prestigio y mayor sueldo. Cuando consigue el permiso del Consejero Delegado para realizar un trabajo sobre la participación de la firma en el conflicto español del ´36 al ´39 y tiene que bajar al subsuelo (toda una metáfora) cree tocar el cielo con las manos, porque lograría el beneplácito de los dueños, lo siente como un preanuncio de ascenso, y hasta vuelve a acercarse a Felicia, de la cual estaba distanciado, que lo alienta desde lejos (estaban en ese momento separados) para que corra el telón que tapa la miseria y complicidad de una industria de la masacre, de una factoría de la muerte.

Saramago era un escritor moral, nos parece que le interesaba el problema del Bien y el Mal. Y con solo tres capítulos regresa a colocarnos frente a un cruce de camino. Estimamos que es así, porque paz semedo se halla luego de treinta años ante la paradoja de continuar con su laboral oficinesca, respetable, obediente, servicial común y corriente, de buen ciudadano, o colocarse como antagonista, en la incomodidad (a la que le insta su esposa) digamos a ponerse en oposición a un sistema de destrucción masivo.

En una parte del libro, Fernando Gómez Aguilera, hace un comentario sobre la obra. Afirma que se trataba de construir una visión sobre la banalidad del mal, el hallazgo conceptual de Hannah Arendt durante el juicio al jerarca nazi Eichmann en Israel, en 1961. Estamos en Neaconatus de acuerdo.

Eichmann, secuestrado por un comando israelí en la misma ciudad donde conseguimos esta historia, mandó a matar durante el gobierno de Hitler a millones de personas, pero él se consideraba inocente, un empleado más, un eslabón más dentro de la cadena de mandos nazis. Eichmann era una persona normal, tal cual Semedo. Eichmann como el protagonista de Alabardas, no se consideraba culpable de forma individual, por más que haya estado inserto en una maquinaria del mal colectivo, incluso aunque haya participado del exterminio.

Es que hay personas que se piensan como una pequeñísima pieza, sin poder de decisión y sin responsabilidad en una cinta continua, cinta sinfín, que ellos ven como superior a su puesto, a su cargo. No se sienten infractores. No se ven culpables de nada. Saben o ven la muerte de otros, pero trivializan esas actuaciones. Es el destino, dicen, es el Estado, es la empresa, es la época, es la Universidad, el Instituto, es algo superior a ellos. Semedo, como el oficial nacional socialista de Hitler, hacía simplemente su trabajo. Ambos eran técnicos.

Estas personas no son loquitos sueltos, ni están enfermas, ni poseen rasgos monstruosos. Son gente común, empleados dentro de un escalafón. No ven o no quieren ver el horror. Están sumergidos en la enajenación cotidiana. Son manejados por el sistema. Han dejado de ser ciudadanos para ser autómatas. El problema es que votan, cuando tienen lavado el cerebro de toda crítica. El problema es que son vecinos nuestros, colegas, nos saludan, van a las reuniones de consorcios, son una masa informe, son consumidores consumidos. Clientes pasivos de un mundo comercializado, vil, sin espíritu. Los Medios les cepillaron las circunvoluciones cerebrales. Muchos poseen inoculado el odio, o resecada el alma.

No son lectores, son leídos por otros, escritos por otros, representados por otros. Si hay algo que los caracteriza es la irresponsabilidad moral y social.

Ante personas así el tránsito de la mayoría del pueblo por un camino cruel, no necesitará de seres perversos que los manejen.  Ellos van solos al matadero. Nos hizo acordar a Matadero cinco de Kurt Vonnegut. Una comunidad equilibrada, con aspiraciones de justicia y libertad necesita de seres responsables, pensantes, dueños de su voluntad, coherentes, críticos, dispuestos a resaltar aquel derecho humano tan olvidado: el derecho a decir “no”, el derecho a no cooperar con un mundo alienado.

Aparentemente, por los apuntes que dejó, Saramago iba a hacer que el viejo matrimonio se rehabilitara, por lo menos transitoriamente, debido al supuesto cambio de actitud de paz semedo, pero parece que luego todo estallaría porque antes de morir escribió que sabía la última frase con que terminaría el libro, y es la que felicia le diría a su esposo:

“¡Vete a la mierda!”

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