Apuntes sobre literatura y medio ambiente

Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico, Misiones. Escritor y médico

Hubo un tiempo en que la química (como la conocemos hoy, pura ciencia) era alquimia, magia, búsqueda de la piedra filosofal, o al menos del oro. Es posible que en el fondo y literariamente, siga siéndolo. Pero en el siglo XVIII apareció Lavoiser y dijo “nada se pierde, todo se transforma”. Y revolucionó la disciplina.

El “Traité Élementaire de Chimie” fue publicado en 1789, en los mismos días de la Revolución Francesa. O sea que ese año hubo dos revoluciones. En otras palabras el investigador luchó contra el absolutismo político y de las ideas, porque la Física, luego de Newton estaba consolidada, pero la teoría de Georg Stahl predominaba diciendo que todas las sustancias tienen un componente del fuego llamada flogisto, y hasta se aseguraba que estaban los cuatro elementos: tierra, agua, fuego y aire, y de que sus combinaciones brotaba la naturaleza. Con la nueva concepción se empezó a comprender los distintos cambios en la materia, los líquidos y los gases.

Pasaron muchos siglos hasta que en los Anales de Literatura Hispanoamericana, Niall Binn, en 2004, escribiera “El trastorno ecológico no deja de ser un transtorno lingüístico y literario más profundo. Grandes símbolos aparentemente intemporales (el mar, el río, la lluvia, el suelo, el monte) se están contaminando y agotando, como discursos difícilmente renovables, al ritmo de la depredación planetaria”.

Varias décadas antes, en 1973, la Asamblea de las Naciones Unidas estableció  el 5 de junio como Día Mundial del Medio Ambiente. Estas Declaraciones son simbólicas conmemoraciones que pretenden resaltar en una fecha, la importancia que se desea otorgar a lo que se quiere recordar. Dicho de otra manera, carece de sentido, un onomástico, sin acciones concretas. Justamente dos años antes (1971) Barry Commoner, biólogo y profesor universitario, considerado el fundador del movimiento ambientalista, había publicado “El círculo que cierra” enunciando las cuatro leyes de la ecología:

1.- Todo está conectado entre sí. Hay una sola ecoesfera. Lo que afecta a uno, afecta a todos.

2.-Todo va a parar a alguna parte. No hay “residuos” en la naturaleza; y no hay “afuera” donde las cosas puedan ser arrojadas.

3.-La naturaleza es la más sabia. La humanidad ha creado tecnología para mejorar o apurar a la naturaleza, pero usualmente esos cambios han ido en detrimento del sistema.

4.-Nada es gratis, tampoco la comida. Si sobreexplotamos a la naturaleza nos quedaremos sin recursos.

La concientización ecológica fue creciendo a medida que la depredación de la Tierra se iba acentuando. En los años que siguieron a 1789, en el siglo XIX con el auge del capitalismo y la revolución industrial, el despertar del mundo moderno, y posteriormente con la globalización, que antes que cultural fue comercial y extractivista, se dieron todos los signos del cambio climático que el llamado progreso producía. Así nació la conciencia de la ecocrítica, como teoría y práctica que analiza las relaciones entre literatura y el medio ambiente, o el entorno físico. Del mismo modo que la crítica feminista examina el lenguaje y la literatura desde la perspectiva de género, y la crítica marxista relaciona un conocimiento de los modos de producción y clase económica para su lectura de textos, o de la realidad. La ecocrítica adopta en los estudios literarios un enfoque centrado en la Tierra y la naturaleza.

Así como hay un entorno, un ambiente general, también existe un ambiente literario que influye en el comportamiento psicológico y social de los personajes. Los que analizan estos temas centran su atención en las relaciones entre los héroes y heroínas de las tramas con la naturaleza y planean cuestiones generales como por ejemplo: Las metáforas utilizadas en los libros, la raza, la clase y el género, ¿se convierten en una nueva categoría?, ¿existe diferencia en la escritura de la naturaleza entre las mujeres, los hombres o los demás géneros? ¿Cómo se representa la naturaleza en las obras literarias?

Pierre Hadot, en El velo de Isis, desmenuza con gran claridad el itinerario histórico del pensamiento que el ser humano ha tenido de la naturaleza, desde los tiempos presocráticos hasta la actualidad. Para el investigador todo empezó cuando Heráclito depositó 500 a.C. al pie de la célebre Artemisa de Éfeso, en el Asia Menor, un libro probablemente sin título en el que estaba resumido su saber. En esa obra residía la sentencia “La naturaleza ama esconderse”. Desde aquel filósofo griego todos sabemos que nadie se baña en el mismo río dos veces seguido, pero la frase “physis kruptesthai philei” es una fórmula que ha sacado el sueño a todo la civilización humana; y las distintas deducciones que tuvo sirvió para cuidar o para destrozar a la naturaleza, no solo en la vida productiva y económica, sino en la literatura. Son tres palabras que las generaciones futuras no cesarán de intentar interpretar y que creemos es la aurora de una reflexión sobre el misterio de la realidad.

¿Por qué es importante? Porque la de Heráclito es la ley de toda realidad: la lucha entre contrarios y la metamorfosis perpetua que resulta del eterno combate entre fuerzas opuestas.

Nosotros creemos que la biología contemporánea ha considerado que los dos inventos importantes de la evolución, el sexo y la muerte, van unidos. Fue François Jacob fue quien demostró la estrecha relación entre la reproducción por sexualidad y la necesidad de la muerte. Por otra parte la naturaleza no tiene otra finalidad interna que ser ella misma. El artista, en cambio actúa razonando las operaciones necesarias para hacer aparecer en la materia, en las cosas, la forma que está en su espíritu. El arte, hay que decirlo, se impone con violencia, mientras la naturaleza modela la materia sin esfuerzo, con comodidad.

Ahora podemos negarnos a toda investigación que se refiera a la naturaleza, actitud de muchos filósofos antiguos que separaron la Física de la filosofía; o podemos experimentar a la naturaleza como una enemiga, hostil y celosa, que tapa sus secretos, entonces habrá oposición entre naturaleza, arte y literatura. Aquí el ser humano intentará, por medio de la técnica, afirmar su poder, su dominio y sus derechos. Puede haber una tercera posición conciliadora.

La posición hostil lleva al modelo judicial. Cuando un juez está frente a un acusado que esconde un secreto, debe hacérselo confesar. La tortura. “Cuando no se revela el secreto hay que hallar medios de obligarla, hasta que la naturaleza, forzada, lo da”, Hipócrates. Pero no es el único, muchos siglos después, Francis Bacon, el fundador de la ciencia moderna, decía “Los secretos de la naturaleza se manifiestan mejor bajo el hierro y el fuego de las artes, que en el curso tranquilo de sus ordinarias operaciones”. Este modelo judicial supone que la razón humana tiene un poder discrecional sobre la naturaleza, papel que los cristianos hallarán confirmado a través de la revelación bíblica cuando Dios en el Génesis se expresa “Sed prolíficos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla, dominad sobre los peces del mar, sobre las aves y sobre cuantos animales se mueven sobre la tierra”. La misma actitud judicial de apremio y tortura la encontramos en Kant cuando “comprendió que debía obligar a la naturaleza a responder a sus preguntas”.

En fin, existen dos actitudes con respecto a la naturaleza y al medio ambiente: la prometeica que podemos ilustrar con un hombre subiendo a una montaña con la divisa “Sapere aude”, en el sentido de “atrévete a intentar saber”. Es la alabanza al espíritu aventurero, a la curiosidad sin límite de la ciencia, a la deforestación desmedida para plantar soja cueste lo que cueste, porque eso da dinero y punto. La otra es la actitud órfica, o al menos la actitud crítica de que todo tiene un límite y que si continuamos depredando con lo prometeico nos va a ocurrir la caída de Ícaro: es peligroso elevarse a pretensiones demasiado altas. Hay que ser precavido, prudente, humilde.

A lo largo de la historia numerosos pensadores y escritores han tomado una u otra actitud. El problema central reside en que el ser humano se ve “afuera” de la naturaleza y quiere dominarla, correrle el velo, develarle los secretos. A esta ansia, a esta codicia las respalda un sistema económico y político de rapiña, de hurto, de las grandes potencias sobre continentes arrasados por la piratería de los imperios.

La solución, nada fácil, consiste en dar vuelta la ambición y soberbia humana y en cambiar el sistema capitalista. La acumulación inmensa de riqueza en pocas manos, el éxodo migratorio, las bombas y la tierra arrasada en gran parte del mundo, es el mismo problema. Estamos llegando a la situación en que la vieja leyenda de Lavoisier se cambiará por “todo se perderá” (para siempre).

La ecocrítica se posiciona central en las discusiones entre escritores y ambientalistas, no porque estén en desacuerdo, sino al contrario, porque reside inmersa en un proceso de rápida y cada vez más compleja expansión internacional en los estudios que abarcan ambas disciplinas, atendiendo al hecho de la interdependencia de seres humanos y no humanos. La ecocrítica asume desde su raíz un compromiso ideológico con el estudio de la materialidad medioambiental y de la construcción, percepción social y apego individual al lugar.

Sabemos que el tema se puede organizar en torno a cuatro objetivos: ofrecer una síntesis de los debates que actualmente ocupan a la ecocrítica; exponer las aportaciones del ecofeminismo en tanto una de las ramas más activas de la ecocrítica; dar una visión panorámica de la ecocrítica en las literaturas nacionales del mundo hispano, francófono y anglosajón; y escudriñar en las posibilidades que brinda el acercamiento de la ecocrítica a la mitología y a la literatura infantil y juvenil. Estos cuatro objetivos interesantes que habría que desarrollar, los dejaremos para el final o para tratar de responderlos en otro artículo. Antes querríamos preguntarnos lo que ya se cuestionaba Wittgenstein en su Diario Filosófico (1914-1916) que están atrás de los cuatro ejes que aquí se adelantan: “¿Hay a priori un orden en el mundo?” Y si lo hay ¿en qué consiste?

Porque las proposiciones como el principio de razón, causa-efecto, de la continuidad de la naturaleza, del mínimo gasto, etcétera, etcétera, son todas intuiciones a priori. Incluso se ha sospechado que tendría que haber una “ley de la mínima acción”. Suponiendo que exista la ley, incluso otros principios dados como axiomas. En ningún momento la ley y los principios nos dicen lo que ocurre.

Pero la cosa se enreda porque aún hay gente (siglo XXI) que piensa como Platón en Timeo, que la naturaleza es una especie de poema, dada su exuberancia y prodigalidad (cosa discutible. Aristóteles decía que la naturaleza era ecónoma, no derrochaba así nomás sus fuerzas). Sin embargo encontramos en la provincia de Misiones escritores que sienten verdaderamente que, al menos su provincia, es un poema escrito por Dios. Esta idea pasó por numerosos pensadores en la antigüedad y la Edad Media, hasta que la metáfora del poema se transformó en “libro”. En el libro de la naturaleza ella compone el poema con signos y símbolos (que por supuesto los y las escribas modernas son capaces de descifrar).

Hay que decir que los y las poetas de la actualidad no son originales, Goethe en su libro La metamorfosis de las plantas, habla del jeroglífico de la diosa naturaleza que hay que reconocer y saber descifrar. Pero también pensaban así Novalis, Schelling, Rilke, Bergson. En el siglo XIX, concretamente en 1848, reencontramos la idea de Universo-Poema en “Eureka” de Edgar Allan Poe. Allí se describe la gran pulsación, el eterno retorno, el juego de fuerzas de sístoles y diástoles… o sea un cosmos identificado con una obra de arte, cuya belleza misma (del cosmos) es la garante misma de su verdad. ¿Bécquer era el que afirmaba que podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía?

Toda la ideología que está detrás de los escritores y que alimenta su sensibilidad y talento, explica en gran parte la evolución de la literatura misionera, sobre todo cuando se pretende imitar la “paleta infinita” de la provincia. En el fondo se está tratando de transcribir ese “poema” de la naturaleza.

Otro punto interesante en la concepción del arte y la naturaleza es aquel que se refiere a representar a esta como mujer. Artemisa o Isis, es la Madre Tierra, es la Pachamama. En la antigüedad (griega) su figura se llenaba de senos apretados los unos contra los otros, porque el conjunto de las cosas se nutre a través de la tierra, del suelo, del aire, del cielo y las lluvias, el río y el mar. Es una joven mujer con su cabeza cubierta por un velo, que significa que sus secretos están guardados o reservados al Creador. Ahora, qué hicimos los seres humanos, al menos una buena parte, a lo largo de la historia: tratamos de levantarle el velo (como metáfora), de descubrir su rostro, de conocerla. Una actividad paradigmática de esta intención, es la ciencia. Pero también la técnica y la mecánica-física y la química. Y lo hicimos y hacemos porque nos sentimos separados de la naturaleza, somos prometeicos, semidioses que creemos poderlo todo, sobre todo conocer sus secretos, que todo queremos solucionarlo con la técnica que es presionada por la industria, las exigencias de las empresas y la voluntad de poder y de provecho.

Nos conformaría que el ser humano no se olvide que es parte de la naturaleza. No parece difícil lograrlo, sin embargo desde hace siglos venimos destruyéndola. La posición del/la artista es paradójica y de cuidado, porque él (o ella) es integrante del mundo, forma parte indisoluble de la sociedad y su medio ambiente, pero el arte parece que consiste en no copiar las determinaciones diversas de la Creación, sino que mediante la cultura anhele “separarse” de lo imitativo e “inventar otra naturaleza”. 

Si el arte es color, sonido, forma y estilo, el/la artista podrá conocer la naturaleza, tomando conciencia de todas las dimensiones del mundo de la percepción, en primer lugar observando las cualidades que usa la naturaleza para trabajar su expresión o manifestación.

Hay una bella declaración de Hokusai, luego de dibujar y pintar toda una vida,  de la escuela de pinturas del mundo flotante (el artista de aquellas olas gigantes de un tsunami): “A la edad de setenta y tres años comprendí aproximadamente la forma y la naturaleza verdadera de los pájaros, de los peces y de las plantas”.

Imagen: Mara Marini. Il rinoceronte – 1972

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