Sudor de tinta y rechinar de dientes

Por  Heraldo Giordano. Córdoba – Misiones. Escritor

Nunca se supo por qué se hacía llamar Roberto Godofredo Christophersen Arlt, había nacido en el año 1900, no terminó el tercer grado, y en el mismo año que se fue de su casa, comenzó su carrera en las Letras: El periodismo y la literatura. Hasta aquel momento de su vida había asistido a diversas escuelas, pero su gran aprendizaje se dio en las calles del barrio de Flores, donde aprendió sobre el hambre y la necesidad. En bibliotecas populares, además, se instruyó leyendo, sobre todo, folletines. Aun así, las faltas de ortografía lo acompañaron durante toda su historia. La búsqueda de trabajo lo llevó a ser pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada. Además se había empeñado en fabricar medias de mujer. “De los 15 a los 20 años practiqué todos los oficios. Me echaron por inútil de todas partes”

Arlt, fue un escritor impresionante, ha dejado numerosos relatos excelentes, El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El amor brujo, Aguafuertes porteñas, El jorobadito, Aguafuertes españolas, El criador de gorilas, Saverio el cruel, entre otros. Se desempeñó además como periodista en los diarios Crítica y El Mundo. En este último publicaba sus famosas Aguafuertes, en ese momento un fenómeno popular que, según se dice, aumentó notablemente la tirada del periódico los días en que salían sus escritos.  

Según Roberto Retamoso, docente de Periodismo y Literatura en una nota publicada en 1929, Roberto Arlt se pregunta: “¿De qué manera debo escribir para mis lectores?”. Esa pregunta, según el escritor, estaba motivada por el hecho de que algunos de sus lectores se incomodaban, o peor aún, se indignaban, por el lenguaje que utilizaba para redactar sus Aguafuertes.

Esa es la verdadera contrariedad que la nota de Arlt viene a revelar: “Y yo tengo esta debilidad: la de creer que el idioma de nuestras calles, el idioma que conversamos usted y yo en el café, en la oficina, en nuestro trato íntimo, es el verdadero. ¿Qué yo hablando de cosas elevadas no debía emplear estos términos? ¿Y por qué no, compañero? Si yo no soy ningún académico”. En tal sentido, es un autor que logra practicar un movimiento no sólo de diferenciación sino, además, de oposición y polémica en relación con lo que podría considerarse “la cultura oficial” de su época. Ese movimiento, al tiempo que se manifiesta en sus Aguafuertes, se revela asimismo en otro lugar fundamental de su producción por aquel entonces: El prólogo a Los lanzallamas, Arlt enuncia lo siguiente: “Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible, de cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia”.

Según cuentan sus allegados, Arlt, sentía orgullo como periodista moderno, y era estar junto al fuego donde los hombres fríen catástrofes. Cuando regresa a Buenos Aires de Europa, un mes antes que se declare la Guerra Civil Española, se da cuenta que no se encuentra donde le gustaría estar, porque en esa ciudad no hay acción, y era comprensible la desilusión y amargura que lo embarga en ese momento.

Este notable escritor, no siempre fue lo suficientemente reconocido, pero ha marcado dentro de la literatura latinoamericana, y sobre todo Argentina, una óptica totalmente distinta a lo que se estaba desarrollando en ese momento.  Así vemos cómo en El juguete rabioso, Los siete locos y Los lanzallamas, su obra no se encuadra dentro de la corriente post-guerra Europea, como lo era la literatura contemporánea, y la gran influencia que ejercían la revista Proa y el periódico Martín fierro, como órganos propulsores de la nueva vanguardia. La obra de Arlt se familiariza un poco más con  los escritores de Boedo, por los temas que desarrollaba, sobre todo por la marginalidad, agresividad en el estilo y crueldad manifiesta en los personajes, así como el odio y el sarcasmo, desde ese grupo sobresale y da cabida a una nueva narrativa argentina, según los críticos de la época: la modernidad.

Sus expresiones eran contundentes, “El futuro es nuestro por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad, libros que encierren la violencia de un «cross» a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y «que los eunucos bufen». El porvenir es triunfalmente nuestro. Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la «Underwood», que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora”. Esto cita en un fragmento del prólogo de Los lanzallamas.

Conocidopor recitar párrafos de sus novelas a los canillitas, a los habitués de los bares y a los desprevenidos peatones con los que cruzaba por la porteñísima calle Corrientes. Pero, sobre todo, por ser un agudo observador de su realidad y un ácido cronista de la época.

En el lenguaje de Arlt, brusco y cortante, no existían sutilezas y, algo importante en él, es que se metía dentro de los personajes en sus obras, y desde allí atacaba sin clemencia a la sociedad porteña, donde se destacaba la realidad que incorporaba a su marco de angustia y desesperación. Su narrativa tiene una visión violenta, pero al mismo tiempo real, crea un mundo fantástico de seres desesperados. Un mundo real y un mundo lleno de fantasmas, sus personajes se ponen máscaras de aquellos seres miserables, marginados que orillan el crimen, la locura y la prostitución, y desde allí incuban el odio y la angustia, como en Los Siete Locos, novela que se sustenta con infamias, farsas, confesiones hipócritas. Fiel a sus ideales anarquistas, llevó a cabo durante su corta vida la postura de un pensamiento audaz.

En sus comienzos a El Juguete rabioso lo llamó “La vida puerca”, pero como fue rechazada por todos los editores, durante cuatro años, le cambió de nombre, luego como dice él, encontró un editor distraído. La excepcional lucidez de Arlt haría de esta primera obra, interpretable como la voz de los postergados por el sistema social vigente, el punto de partida de la novela argentina contemporánea. La valoración de esas aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los años 20. Su capítulo más recordado es el de las diferencias reales o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo.

Arlt, ha llegado a decir, leo solo a Flaubert y a Dostoyevski, y socialmente me interesa más el trato de los canallas y los charlatanes que el de las personas decentes. Y para rematar y entender su verdadera postura ante la vida, “Jamás será superado el feroz servilismo y la inexorable crueldad de los hombres de este siglo. Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último…”

Augusto Roa Bastos, escribió “Más que acercarse a una victoria, fue un artista que demoró heroicamente la derrota”. Murió de un paro cardíaco el domingo 26 de julio de 1942, en el cuarto de una modesta pensión del barrio porteño de Belgrano. Existen fotos que atestiguan el féretro colgado en el aire con sogas y suspendido sobre la ciudad. Habían armado el ataúd en su pieza, pero tuvieron que sacarlo por la ventana con aparejos y poleas, porque era demasiado grande para pasar por el pasillo. Según Piglia, su cuerpo suspendido sobre Buenos Aires, es una buena imagen del lugar de Arlt en la literatura argentina.

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