La ciudad no es una maceta

Por NEACONATUS

Eduardo Saldivia es un arquitecto que ha desarrollado gran parte de su profesión en la provincia de Misiones, y sumado una perspectiva muy vinculada a las nuevas tendencias del urbanismo. Asociado a espacios como ONU-HABITAT y otros donde prima la planificación territorial ha escrito un libro que hace foco sobre proyectos sustentables. En la página 133 de su libro Green is more! Reflexiones para una ciudad sostenible (© 2020 Diseño Editorial) se concentra el sentido de su texto: “… ya que la sociedad también se ha transformado en esta última década. En estos años han surgido nuevos puntos de vista. Una conciencia diferente sobre ciertos problemas y la madurez propia de nuestra comunidad es otra, en especial cuando hablamos de cuidado de nuestro ambiente o equidad de género.” Y es así, Green is more! Reflexiones para una ciudad sostenible puede encuadrarse en un subgénero literario que, metafóricamente, podríamos bautizar como “manuales abreviados para el buen gobernante”. Es una síntesis de las nuevas y urgentes propuestas que han ido emergiendo, observando en perspectiva la necesidad de vivir con renovados parámetros a escala de las posibilidades humanas urbanitas y de proximidad.

            El libro de Saldivia destaca, no sólo por difundir conceptos ambientalistas y ecológicos, sino por haber sido escrito con una prosa ágil y creativa. Lo cual nos lleva a pensar que la literatura es una herramienta que también puede influir emocionalmente pero, además, inducirnos a reflexionar sobre nuestras acciones. Algunos párrafos manifiestan una actualidad que ha llegado para quedarse: “Está claro que los tiempos de pandemia nos dejarán muchas enseñanzas… para que podamos dejarles un planeta digno a muchas generaciones… volviéndonos un mundo más calmado.” Los títulos y subtítulos de los capítulos merecen ser tenidos en cuenta: “Los niños nos marcan el rumbo”, “Un país llamado Misiones”, “La dignidad del adobe”, “Cine y arquitectura”. Conexiones literarias del saber y el sentir se conjugan a través en un eje transversal que atraviesa todo el libro: Misiones y, por reflejo, la ciudad de Posadas.

            Leer las propuestas de Saldivia, ejercicio que recomendamos con entusiasmo, nos ha estimulado a escribir algunos párrafos inspirados en los contenidos propuestos por Green is more! Reflexiones para una ciudad sostenible.

Nos remite, por ejemplo, a otra obra editada en Barcelona unos pocos años antes: La identidad cosmopolita de Norbert Bilbeny, y advertimos que uno de los constituyentes determinantes de la pertenencia a un contexto es la territorialidad. Uno se obsesiona con eso de “mi tierra” o “mi país”. Que vendría a ser algo así como “mi osito de peluche”, “mi cunita” y “mi mascota” de la niñez. Claro que cuando andamos ya por los diez años preferimos, sin mayores cuestionamientos, abrazar, en vez del dulce osito, a nuestra novia o novio; también comprendemos que es necesario cambiar la cuna por una cama cuando pasamos a medir más de un metro de altura y que, luego de un tiempo prudencial pues comienza a oler fatal, habrá que enterrar a nuestro querido gatito pues su ciclo vital ha concluido. Pero ¿por qué nos cuesta tanto liberarnos del estrecho corsé mental y emocional de “mi tierra” o “mi país”?

Prosiguiendo con la lectura de Bilbeny presentimos que la territorialidad es una necesidad humana adquirida biológicamente. Animales y seres humanos buscan territorios que les presten abrigo y alimentación. Unos se los apropian demarcándolos con orines y otros desenrollando alambres de púas. Así “es del territorio el que está en el territorio”. Pero la manipulación política y económica determinó a través de la historia que esto se tergiversara, y pasaran a un primer plano otras concepciones que impusieron la etnoterritorialidad excluyente como fundamento de todo derecho a pertenencia. Los campos con trigo donde cantan los pajaritos son de los rubios y los pantanos infectados de cocodrilos de los negros. Y no es así.

Porque el territorio es un uso, no una propiedad. Lo que hace que un lugar sea sentido como nuestro es el modo de usarlo, la territorialidad es una forma de relación con el espacio basada en finalidades. Somos seres territoriales porque somos grandes consumidores y necesitamos recursos de continuo y estos, en este planeta al menos, son limitados y se están extinguiendo. Por eso desde siempre hemos invadido y colonizado. Que es algo así como ir hasta los pantanos, cargarnos a sus habitantes y convertir a los cocodrilos en zapatos finos.

Pero para mucha gente actualmente pertenecer a un sitio tiene más que ver con el permanecer que con el querer. Tal el caso del que emigra por cuestiones políticas o económicas. Porque, como en otras especies animales, lo que cuenta como elemento suplementario de la pertenencia es la adaptación. Si podemos y queremos quedarnos en un sitio. La pertenencia a una comunidad no es sólo un factor objetivo, sino también subjetivo y afectivo.

Si bien compartimos un amplio porcentaje de cualidades con los mamíferos superiores también nos diferenciamos por la forma de vincularnos con el entorno. El animal se sirve del instinto nosotros de la cultura. La ciudad nació como una construcción cultural que operó como defensa ante el riesgo de enfrentar la necesidad natural. Nunca nos dimos cuenta que los bosques fueron la protoweb, la selva un hipertexto. Los humanos construimos el fraude de la Historia como microsegmentos, plantas en macetas (psiquismos injertados dentro de cuerpos).Y así estamos hoy, el país donde todos quieren vivir se llama redes sociales. Seguimos sin entender que la patria es donde uno quiere estar porque se siente bien…Y la ciudad nuestra maceta existencial, el planeta no es un jardín francés. Hemos convertido a las ciudades en macetas, tiestos o floreros.

Richard Florida (Profesor de Economía Creativa en la Universidad de Toronto, autor de dos superventas: La clase creativa y Las ciudades creativas. Ed. Paidós), gurú de las tendencias demográficas e innovaciones tecnológicas vinculadas a lo urbano, considera un paralelismo entre ciudades y felicidad. Cree que el dinero no es el factor predominante, sino hacer un trabajo con un sentido ilusionante, tener buenas relaciones y vivir en un lugar donde la gente pueda expresarse, que sea seguro, que tenga oportunidades económicas y entorno natural, cosa que la mayoría de los urbanistas pasan por alto. Más que el país o las empresas, son las ciudades las que mueven la economía. Asimismo arriesga que los países que no sigan aumentando y apoyando la creatividad, aplicando políticas que atraigan a más personas al sector innovador, en lugar de infrautilizarlas, se quedarán atrás.

Para concluir, además de nutrirnos con autores que desde Barcelona o Toronto abren nuevos caminos de madurez planetaria, aquí desde Misiones a través de Eduardo Saldivia también aportamos nuestra cuota de sensatez existencial.

 

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