De ferias, lauchas y literatura

Por Osvaldo Mazal. Posadas – Misiones. Docente y escritor

Carlos Piegari me pidió hace como un mes que escribiera algo “sobre la feria del libro”. Como no amo demasiado las ferias, supongo que fue por eso que me olvidé del pedido por varias semanas; a veces nuestro inconsciente es más sabio que nosotros, sus involuntarios usuarios. Hasta que fui invitado a presentar mi novela “Andrés vuelve” en la Feria del libro de Asunción, anduve por allá el fin de semana pasado y en esos vagoneteos me acordé del pedido de Piegari. Entonces, y solo para divagar un rato, o quizá de puro vicio profesional, empecé por mal camino, con una pregunta cuasi metafísica: ¿qué es una feria? Porque hay una amplísima variedad: ferias francas, ferias americanas, ferias municipales, ferias de vanidades… y ferias del libro. Aunque el objeto de la invitación de Piegari era muy concreto y no daba para tanta especulación filosófica: me pedía hablar sobre la Feria del Libro de Buenos Aires. Así que para otra vez quedará la Feria del libro de Asunción, muy amable pero minúscula en relación con la de Buenos Aires. Que se ha convertido ya en un evento híper-luminoso como una avenida, agitado como una estación de trenes en horario pico, bestial como toda multitud demasiado entusiasmada. La masa, la multitud, pensé en mi confuso divague inicial… conceptos que han cruzado la reflexión psicológica, sociológica y política de nuestra contemporaneidad y que darían para mucho sanateo. Pero, filosofía barata y zapatos de goma aparte, seamos francos y vayamos a los bifes, ¿cuál es el sueño de cualquier editor y de cualquier librero, en estas épocas de crisis de todo tipo? Tener cientos de miles, millones de lectores: multitudes lanzadas a comprar, y este año circularon más de 1.300.000 personas en la Feria. Quizá se vendan en la feria tantos libros como en todas las librerías argentinas a lo largo del año.

Un éxito comercial. Pero, les soy franco, no sé si es el deseo de cualquier escritor deambular por esos pasillos atestados, y mucho menos el deseo de un lector acostumbrado a comprar libros. Aclaro, todos los que escribimos solemos ser antes lectores compulsivos y, cuando podemos bancarlo, compradores compulsivos de libros. Y habitualmente preferimos una librería solitaria pero bien surtida en la que podamos conversar con el librero (si es que tenemos la suerte de encontrar alguno a la antigua, de esa especie casi en extinción que se lee todo), y espiar tranquilos -y sin que nos empujen- esos queridos objetos de deseo que para nosotros tienen la forma entrañable de dos tapas con un mundo adentro. Pero me tocó estar allí, en la feria multitudinaria, el sábado 7 de mayo. Ese día no solo mi viejo hubiera cumplido 100 años (un saludito, David), sino que diez escritores de Misiones presentamos nuestros libros.

El evento lo organizó y financió el Ministerio de Cultura de la Provincia; el ministro Joselo Schuap y otros funcionarios del área nos acompañaron en la feria, e Ivana Roth se encargó-con eficiencia y una excelente onda, aclaremos- de coordinar el viaje y la presentación. Disponíamos de una hora para los diez participantes, así que había que afinar los tiempos: no más de cuatro minutos para cada uno. Eso me recuerda al viejo Lev Tolstoi, que una vez que le preguntaron de qué trataba su novela “Ana Karenina”, respondió que él no podía resumir una novela: para saber cómo era, había que leerla. Y yo tenía que presentar mi novela en cuatro minutos. Sentí una mezcla de náuseas y escalofríos. Por suerte eso duró unos segundos y enseguida me encontré pensando en Andy Warhol, el famoso artista plástico que hace más de medio siglo dijo algo así como que en el futuro a todos los seres humanos nos corresponderían quince minutos de fama. No solo se convirtió Warhol hábilmente en un ícono del arte pop (recordemos sus cuadros con la repetición de latas de sopa, o de botellas de coca cola, o de los innumerables rostros de Marilyn Monroe: ahora se venden por decenas de millones de dólares, mal que le pese en sus tumbas a todos los Rembrandts o Caravaggios que en el mundo han sido), sino que fue un verdadero maestro en generar marketing artístico y explotar el mundo mediático, y anticipó el vertiginoso universo de redes en el que navegamos hoy.

Todo esto viene a que en la feria no contó cada uno de nosotros diez con esos quince minutos que Warhol nos había prometido a todos los habitantes del planeta, pero sí tuvimos cuatro minutos disponibles, y cada uno hizo lo que pudo con eso. Antes de ir para Buenos Aires habíamos simulado la presentación en el Espacio Cultural Flora de Posadas: un relojito de arena nos controlaba los tiempos, algunos se excedían frente a la mirada reprobatoria del resto, y ese ensayo sirvió para que el día de la presentación en la sala Sábato de la Feria del Libro de Buenos Aires los tiempos se manejaran a la perfección, y tuviéramos tiempo de hacer fotos y conversar un poco con los asistentes antes de desalojar el salón. Cuánto esfuerzo para una hora de presentaciones en un salón de la feria; y ese esfuerzo había que multiplicarlo por cien, por mil: cada salón de esa feria era un mundo y albergaba proyectos, esperanzas, frustraciones.

Es que el objetivo central de la Feria (y en eso traiciona en cierta forma su etimología: “días festivos o de vacaciones”) es vender: el predio se divide en una infinidad de stands de editoriales, librerías, sitios de provincias y entidades de todo tipo, que ocupan más del 90% de la superficie del predio, y están dedicados a vender. Y en exiguos costados de esas “calles” y “avenidas” comerciales repletas de libros, están los salones y saloncitos en los que suceden las charlas, presentaciones y conferencias. La conferencia inaugural la dio Guillermo Saccomanno, no menos ducho que Warhol para manejar la repercusión mediática: fue un discurso peleador en el que no se privó de criticar a los dueños del predio de la Rural, a la entidad organizadora, a los fabricantes de papel, a las editoriales y la industria cultural en general, y en el camino incluyó reivindicaciones por las que desde hace tiempo militamos la mayoría de los escritores; entre otros, cobrar dignamente por nuestro trabajo (él reivindicó que, por primera vez en la historia de la Feria, alguien -él- cobraba por ese discurso inaugural). Con todo eso encendió una fuerte polémica y ocupó las primeras planas de todos los diarios, es probable que su próxima novela se venda como agua. Del otro lado del arco ideológico no faltó el peligrosamente delirante Milei, cuya cabellera artificialmente desordenada pareciera metaforizar lo enredado de sus ideas acerca de la inclemente sociedad que pretende construir. O el sempiterno Vargas Llosa (él sin dudas vive, y bastante bien, de su trabajo de escritor), que cada tanto aparece por estos lares y hace que se enfrenten tirios y troyanos, en cuanto a lo conveniente de su participación protagónica en la Feria del libro. Que, como se va viendo, por momentos pasa a ser Feria de Vanidades.

Pero al margen de estrellatos y estrategias mediáticas, nosotros, simples mortales que escribimos por placer o necesidad o compulsión o lo que sea (no está bien claro por qué nos encerramos a escribir poesía, o relatos, y hasta ensayos, en vez de sentarnos a tomar un rico trago o tereré mientras nuestros nietos juegan en el parque), habíamos viajado más de mil kilómetros para mostrar lo nuestro en un evento en el que, como máximo, algunas docenas de personas se enterarían de lo que andamos escribiendo. Éramos un grupo variopinto, había desde un diccionario (hermoso diccionario, yo diría) mbyá guaraní, que costó siete años de trabajo a sus autores, hasta un libro que intenta relevar la historia de la comunidad de afrodescendientes de la provincia. O la novela de un joven profesor de psicología acerca de la experiencia de un estudiante del interior, con sugerencias para el trabajo escolar con ese texto. O el poemario de una novel escritora que considera que la poesía “es sentimiento” (sic), y un texto con la dramaturgia de una reconocida teatrera de nuestro medio. O el libro de cuentos de un amigo periodista, que plasma con interesantes ficciones ciertas dimensiones de la experiencia jesuítica en nuestra región. Un amplio espectro.

En cuanto a mi novela, que se llama “Andrés vuelve”, en los cuatro minutos que me correspondían y pese al maestro Tolstoi, creo que pude explicarla y resumirla. Y espero que les haya quedado claro a los oyentes que en el caso de comprarla en realidad se llevarían ocho novelas. Porque en ella conviven la novela policial, la histórica, la política, la romántica, la de aventuras, la de ciencia ficción, la autobiográfica… y la auténticamente “misionera”, dirían ciertos amantes de la llamada literatura regional. Claro que con esa “traducción” del sentido de mi novela, como en toda traducción la traicioné, y pude darme cuenta de que, por supuesto, el maldito Tolstoi tenía razón. Porque a pesar de mi resumen de menos de cuatro minutos, la gente que no la lea jamás podrá saber de las venturas y desventuras de Andresito y de Quiroga, y de Macedonio y de Bakunin, y de todos mis otros queridos personajes, y al fin de cuentas se habrá perdido aquello a lo que una buena novela en última instancia se reduce: ser un escenario en el que los personajes negocian con buena (o mala) fe con sus destinos.

Pero entonces, y siguiendo con mis dudas tan metafísicas como inútiles, me pregunté al salir del salón de la feria qué ganamos los escritores -qué gana la literatura- con una presentación como la que acabo de describir en pocas líneas, además del fugaz masaje a nuestros respectivos egos. Y esas preguntas me azotan siempre en estos casos, cuando hablamos por unos minutos frente -con suerte- a una cincuentena de asistentes, casi todos ellos queridos parientes o amigos nuestros, y que siempre nos querrán y hablarán bien de nuestros libros. Pensé que mucho más fructífero hubiera sido seguramente estar reunidos tres o cuatro escritores, hablando cada uno de su escritura y de nuestra literatura con todo el tiempo del mundo por delante. Quizá para Cultura de nuestra provincia -y para nosotros escritores- generar una reunión así en Misiones sería una inversión bastante más redituable en términos artísticos que una presentación en la Feria del Libro de Buenos Aires. Pensé en el “Encuentro de Narradores del Nordeste” que pudimos organizar en Posadas en noviembre de 2019, justo antes de la pandemia, con algo de apoyo por parte del estado. Allí conversamos una docena de escritores de Misiones, Corrientes, Chaco y Santa Fe durante dos días, con paneles y lecturas. Sirvió para trabar relaciones, conocernos mejor, intercambiar experiencias de escritura y visiones acerca de nuestra literatura.

Pero bueno… habíamos estado en la Feria del Libro. Supongo que de todas maneras uno sigue yendo a las ferias para mostrar su obra, como quien no puede abandonar un vicio o una enfermedad. Al terminar la presentación, en cuanto pudimos los míos y yo huimos despavoridos del predio de la feria, rastreamos un lugar en el que saborear algo comestible y bebestible en medio de una voraz masa humana que pululaba por varias cuadras a la redonda en búsqueda también de bares y restaurantes donde ingerir algo distinto, después de -como corresponde- haber devorado libros allá adentro de los grandes galpones. Que en algunos casos albergaban buena literatura, y en otros una amplia gama de productos algo menos provechosos para el espíritu; desde la autoayuda a los best sellers. O la plaga creciente de los influencers y youtubers literarios, ante cuya actividad el despliegue mediático de Warhol nos parecería hoy un juego de niños.

Por suerte encontramos en una esquina un bar de tapas que tenía buena pinta, aunque una laucha merodeaba cómoda por la vereda. Evaluamos la situación y consideramos que ningún boliche del barrio estaría exento de esa clase de malas compañías. Así que haciendo ojos ciegos al ratoncito/a que nos semblanteaba cada tanto, esperamos allí a una pareja de amigos periodistas (él había presentado conmigo su libro de cuentos sobre los jesuitas) y rematamos la noche con tapas y sidra tirada (yo brindé en silencio por el centenario de mi viejo). Creo sinceramente que fue justicia. Porque siempre, desde que un protonarrador allá por el paleolítico habrá contado por primera vez una exagerada historia acerca de cómo finalmente logró cazar al mamut, y lo hizo junto al fogón mientras sus camaradas de cueva se esmeraban en deglutir trabajosamente un muslo inmenso recién asado a las brasas, la literatura ha estado asociada de muchas maneras a la gastronomía y a las bebidas espirituosas. Y también las lauchas están con nosotros desde la noche de los tiempos. Quien sabe, es muy posible que tanto ellas como la buena literatura sobrevivan a las ferias.

2 Comments

  1. Excelente comentario. Seguí el hilo de la historia como si de un cuento se tratase. Volví a vivir la feria, sentí los empujones de la gente, las aglomeraciones en las grandes editoriales, la soledad de un ignoto escritor del interior presentando su obra, hasta se puede decir, su sueño, su sacrificio, pero claro, quien le saca, diría el honor y le baja el autoestima de su minuto de fama, como dices en tu excelente opinión Carlos Mazal.

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