Carlos y Pablo

Por Mariano Damián Montero. Buenos Aires – Asunción (Py). Escritor e investigador

A veces uno se cruza con seres humanos modestos, aunque sea en el mundo virtual de las redes. Conocí a Carlos Bischoff hacia el año 2015 por una investigación que estaba desarrollando y que por ser autorreferencial no viene al caso. Le envié un ejemplar de un libro mío por medio de un conocido que viajó a Europa. A los pocos días, Carlos me escribió para decirme que tenía el libro y que por medio de este viajante que le llevó el mío, él me enviaba un “librito que escribí”, según sus palabras. No me dijo de que trataba ni nada. Él me lo regalaba, yo se lo vendí, cuestión de la que me arrepiento.

El modesto Carlos Bischoff, entre todos los mensajes que intercambiamos desde 2015 en dónde siempre yo le preguntaba sobre mi línea de investigación, nunca me había cambiado el tema de conversación. Pues bien, el libro que él escribió, titulado Su paso, recibió el premio Casa de las Américas a la Literatura Testimonial, en el año 2011. ¿De qué trata? De los siete años que Carlos pasó y sufrió en las cárceles de la última dictadura argentina, entre 1975 y 1982. Sí, Carlos fue uno de esos centenares que tuvieron la suerte de haber caído en manos de la represión antes del golpe de marzo de 1976 y de haber sido blanqueado, es decir, registrado su ingreso formal a una cárcel (más allá de que eso no era garantía de nada). Debo decir que antes de leer el libro, yo tenía en mi cabecita – como muchos creo – una idea bastante simple, digamos, acerca de que los que cayeron presos por causas políticas en 1975, y que pasaron siete u ocho años en prisión hasta la vuelta de la democracia, habían tenido suerte, ya que, de otro modo, habrían sido secuestrados, torturados y desaparecidos. Carlos, con su libro, me cambió radicalmente esa idea.

Existen muchos textos sobre las experiencias de los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención entre 1976 y 1980, pero son pocos los textos sobre la experiencia de los que estuvieron como presos políticos en esos mismos años. Y pese a que, como dice Carlos, las experiencias de los desaparecidos son imposibles de asemejar a siete años de prisión legal, los blanqueados no la pasaron nada bien…claro, ¿quién la pasa bien en una cárcel?, pero en aquellos años, los mínimos derechos que podían llegar a tener los presos, también habían desaparecido, como los compañeros de lucha.

Carlos, durante todo el libro, habla con un tal Pablo, a quien conoce demasiado bien. Y le pide que le cuente de aquellos años en la cárcel. Así, le habla de la falta de autocrítica verdadera de las organizaciones revolucionarias, o como dice Pablo “hagamos la cagada que total después nos autocriticamos”. Pablo sabe muy bien que hubo culpas y héroes, pero que lo importante es aprender. Sabe que se usaban citas de Lenin como los rabinos usan las del Talmud. Sabe que citaban a Mao, pero no lo aprovechaban (“Y eso que parafraseábamos a Mao: ‘cada error nos hace más listos’. El problema era que no errábamos. Ni por error. Lo cual nos impedía ser más listos, claro”). Sabe que “un viejo defecto de la izquierda vernácula es rotular desdeñosamente aquello con lo que no se concuerda” y que lo emotivo suplantó muchas veces a lo político.

Por los recuerdos de Pablo se suceden episodios como El Cordobazo, su llegada a la cárcel de Coronda en Santa Fe, y esa recomendación de “colgar los huevos en la puerta y recogerlos al salir”, es decir, el discurso de los milicos que no querían tener problemas con los presos políticos. El traslado al penal de máxima seguridad de Rawson, los días en el “llompa”, las lecturas sobre Historia mientras se podía, antes del golpe, o como él y sus compañeros sabían más de Lenin, Mao y Ho Chi Minh, que de luchadores latinoamericanos. Pablo también le cuenta a Carlos, y a nosotros, de sus dudas con respecto al empleo de la violencia. Luego nos describe como, después del golpe de 1976, comenzaron las prohibiciones en la cárcel: hacer gimnasia, el mate, escribir, leer. También los días en el “chancho”, un calabozo de 2 x 1 al que cada dos por tres siempre iban a parar por cualquier nimiedad. O el comienzo de alucinaciones en algunos, como le sucedió al Pepe Mujica, sólo que la experiencia de Pablo no está en Netflix.

Pablo rescata de la memoria a seres íntegros entre tanta mezquindad, como al Dr. Tavarez, hoy desaparecido. Y desfilan también personajes co-protagónicos como Pascualino, el “cazafachos”, al que sentí muy cercano porque era y murió en la ciudad italiana de Ancona, de donde son parte de mis ancestros. Accedemos a las conversaciones que Pablo tiene con una diplomática holandesa y la posibilidad de lograr la expulsión/exilio del país, aun sabiendo que estaba catalogado en un expediente como un “psicópata explosivo”, lo que le generó un miedo a explotar en cualquier momento (quizá, algo de razón tenían ya que otro compañero de celda lo bautizó a Pablo como “ácido nítrico”). Aparecen también otros co-protagónicos famosos, como Jorge Taiana, actual ministro de Defensa, como compañero de pabellón.

El lector se muerde los labios al igual que los protagonistas, para poder soportar, sin chistar, expresiones de los jefes del penal como “mirá, afuera no queda ni el loro, los matamos a todos”. Y entiende que se podía disfrutar del mundial del 78 sin culpa y festejar, lo que nos hace pensar que la culpa quizá fue más de los que estaban afuera y con efecto retroactivo

Pablo nos relata un mundo en el que DT no hacía referencia al loco Bielsa o a Bilardo, sino a “delincuente terrorista”. Pablo era un DT. Finalmente, un último traslado a La Plata, la vieja, el padre, y salir a la libertad y al exilio en medio de la Guerra de Malvinas. Cuestiones cotidianas como los atracones con el dulce de leche, las pocas veces que se podía, y el café y la cerveza una vez afuera en Europa, son otros tópicos del relato.

Carlos, te mando un abrazo muy afectuoso que viaja hasta Malgrat de Mar. Fue un placer leer tu libro, aunque un placer un poco angustioso, pero necesario. Y para el público, en general, testimonio recomendadísimo del día a día en las cárceles de la dictadura cívico-militar de 1976-83. A leerlo.

1 Comment

  1. Si la reseña parece cruda, cuánto lo será el texto al que vamos. Seguramente deberíamos tener a mano una vista de verde campo o azul mar para no sentir el ahogo con el paso de las páginas entre nuestras manos y recuerdos nuevos/viejos entrelazados con esa trama que insinúa quien reseña. Gracias.

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