Sobre la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires

Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico, Misiones. Médico y escritor

¿Es útil la FIL para los escritores misioneros? Luego de dos años de pandemia, ¿es fructífera para los autores de Misiones? Podemos extender la pregunta a las otras provincias del NEA, incluso a todas las provincias argentinas.

Si queremos ser estrictos y observar el evento, podríamos discriminar los cuestionamientos, y analizar el libro misionero, los escritores, la promoción, las editoriales invisibles, la organización de sistemas de distribución provincial o interprovincial de ejemplares, etc. y seguir con demás interrogantes, por ejemplo el costo-beneficio de toda la movida: stand, alquiler de sala, utilidad de ese espacio, sueldos y viáticos de las autoridades, etc. etc. En estos últimos puntos, es la parte estatal la que debería comunicar a través de los medios el balance de inversión.

¿Qué se busca participando de alguna u otra manera en el FIL? Se lo promociona como el mayor encuentro cultural del país. Es cierto. Estar ahí, aunque sea paseando por los pasillos y mirando libros es un placer enorme, como ingresar a una gigantesca librería. Además da la oportunidad de conocer y escuchar a algunas estrellas de la literatura. Esto no es poco y posee un valor considerable. En cuanto a los libros, tienen el mismo precio que las librerías de la avenida Corrientes, o El Ateneo de avenida Santa Fe. Esto me hace acordar al Mercado Concentrador de Puerto Rico, donde los colonos llevan sus productos directamente de la chacra, y los cotizan a igual valor que en cualquier mercado del centro del pueblo. ¿Dónde está la gracia? ¿Cuál es el beneficio para ellos y para nosotros, los clientes? Es cierto que se pueden hallar textos raros, porque la densidad de ofertas disímiles hace que uno encuentre ediciones escasas. Yo conseguí por ejemplo las obras completas del Che Guevara, en varios tomos. Y libros sobre la Cábala, inhallables. También compré Finnegans Wake, de Joyce, no sé por qué, es un libro intraducible y hay que saber mucho y bien inglés (no es mi caso), aun así es muy complejo. Pero quería tenerlo en casa y de vez en cuando, en días lluviosos, húmedos y fríos avanzar con el diccionario al lado de a una página (tiene 628).

También me pasó algo curioso, José Pablo Feinmann iba a presentar un libro, yo me acomodé en una silla. Al lado estaba una pareja mayor de porteños, de esos que no cruzaron nunca la General Paz. Hablaban entre ellos. La sala se fue llenando. De pronto escuché que se referían equivocadamente al futuro disertante. Entonces intervine. Ahí me enteré que esperaban escuchar al Feinmann periodista, al Feinmann provocativo. O sea no tenían la menor idea de quién subiría al estrado, ahí adelante. Yo les aclaré que no iban a oír nada reaccionario, el personaje (no me acuerdo qué libro presentaba) que hablaría era un filósofo más bien de izquierdas y encima, peronista. Ellos se quedaron igual. Para ratificar mi sospecha, los porteños siguen la moda o los nombres que más suenan. Y siempre hacen colas, viven en fila.

En esa ocasión lo conocí a Saccomanno, que se sentó y habló del libro de Feinmann. Después salimos corriendo e hicimos otra cola para que el escritor nos firme su obra. Ahí vi cómo tratan las editoriales a los autores que venden miles de ejemplares, como estrellas de cine o presidentes de la república. Un poco más a upa, y con guardaespaldas, lo llevaron a José Pablo al stand, cuando me tocó el turno me miró, preguntó mi nombre y dijo “Ah, Misiones, vivís en la provincia más linda del país”.

Mi experiencia cuando un libro mío fue tocado por la varita mágica que selecciona obras de autores misioneros, fue espantosa. Éramos muchos los que llevamos nuestros libros y cada expositor (en ese entonces subíamos de a uno) tenía cinco minutos. Yo ingresé temprano a la Feria, ubiqué la sala y me fui a tomar un café, cuando me lo trajeron, para no perder tiempo, lo pagué de inmediato. Quince minutos antes del inicio, me levanté y fui a la sala. Ante mi sorpresa hacía veinte minutos ya habían comenzado las presentaciones. O sea adelantaron el horario. Yo no estaba en la lista de disertantes. Me acerqué a Numy Silva que oficiaba de maestra de ceremonia. Me dijo: “¿Dónde te metiste, Alberto?” Al final, luego de mi protesta me hizo un lugar para disertar. Subí y hablé pestes de cómo se maneja la cultura en Misiones. Logré caras largas y miradas que descargaban sobre mi persona rayos y centellas.

El Stand de Misiones estaba atendido por unos chicos muy jovencitos. Había más de turismo que de literatura. Yo les pregunté si tenían un libro de Alberto Szretter, y ellos se alzaron de hombros, no sabían y me pidieron que vuelva más tarde porque la encargada no estaba. Regresé pero la señora aún se hallaba ausente.

Volvemos a la pregunta de más arriba, con más detalle ¿qué se busca participando de modo individual (en una presentación de libro o en una mesa con otros colegas) en la FIL? ¿La foto con el flyer de la FIL detrás para luego publicitar en las redes?

Tal vez la cosa comienza mal desde acá, en la provincia, cuando se eligen unos libros editados el año anterior, o algo así. Si aceptamos ese juego, nunca el jurado seleccionador debe ser de la provincia. Porque puede darse el caso de que alguien diga “¿quién es esa fulanita que me discrimina, si vive en la otra cuadra de mi casa?”. En Misiones hay una falla de base con los concursos. Ya es conocida mi posición en contra de los concursos, pero pongamos que son inevitables y éticos, entonces el jurado tiene que ser de otra parte. Y por supuesto estar a la altura del concurso. Vivimos en un territorio, una extensión quiero decir, donde se arman concursos temáticos. Es insólito. “La yerba mate”. “Mi pueblo”. “El caburé”. “El carro polaco”…

En su momento propuse: si tanto desean participar de la FIL, que vayan todos los autores con sus libros. No para hablar de sus obras en un estrado, sino para mostrar su producción. Si el Estado provincial es atacado por fiebres de generosidad grave, que consiga un lugar donde justamente estén los y las escritoras con su libro, y cuando pase la gente ofrezcan al mejor estilo Placita: “¿qué anda buscando señor?” o “Acá tengo un libro barato para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama”. “¿Qué le vendo, señora?” Conclusión, la FIL de literatura, anda cojeando. Cuando es literatura lo que importa.

Es una feria, un mercado donde ganan los peces grandes. Difícil que se programe una mesa redonda para ver cómo diablos se puede construir un sistema de promoción y distribución, a lo largo y ancho de nuestras provincias del NEA. Cero encuentro de gente que discuta sobre nuevas formas de escribir. Nulas propuestas para incentivar la lectura, la edición, el enriquecimiento temático ¿Las editoriales? ¿Cuáles editoriales? No se puede hacer nada sin una política de estado prolongada que vaya más allá de la buena voluntad de cada Ministro o Secretario de cultura. A la “cultura” hay que darle fondos (dinero) pero sobre todo hay que dotarla de ideas, proyectos amplios, continuados. No sólo viajes a Buenos Aires para alimentar el ego y la autocelebración. 

Seguramente este artículo se leerá como una queja de viejo. Y es posible que lo sea. Sin embargo, estimo que la Feria tomada en su medida y limitada al negocio editorial es un buen motivo de fiesta, y publicidad política, y está bien. No se le puede pedir más. Cada uno habla de su libro, que nadie conoce o que conocen solo los allegados y quien presenta. Con eso no basta. Me importa la creación, la polémica literaria, las escuelas, las nuevas tendencias, los nuevos modos de percibir la sociedad, los estilos, las inclusiones del lenguaje, la conferencia de la lengua, los trastornos de la lectura, los accesos a los microrrelatos y a las microlecturas, el impacto de las redes y la informática y los revolucionarios sistemas de lectoescritura. Creo que hay rincones de la FIL donde se abre este juego, pero suelen pasar desapercibidos. Dicho de otro forma: lo que enriquece no es que Misiones tenga un día o un puesto de exposición  y salir en la foto. Suma valor hablar de literatura, discutir sobre ella, entusiasmarnos con esa idea.

Basta de protestas y aportemos propuestas. Gastemos los recursos, que son escasos, en un congreso de literatura en la provincia, con temas precisos, con invitados de afuera que nos alejen de los duendes mitológicos que nos aburren, del famoso monte que no existe más, de las orquídeas que hoy en día son casi todas injertadas y hasta les ponen tintura. Y dejemos en paz de una buena vez a Quiroga, que fue un buen escritor sin duda, pero con un carácter más antipático que el mío.

Yo soy un convencido que hay que convocar escritores de afuera, que no sean estrellas, sino buenos y simples, aunque no se hayan leído la biblioteca misionera, que nos hablen distinto y con autoridad, sin soberbia. Quizás evaluando nuevamente la ecuación costo-beneficio sale mucho más productivo organizar un encuentro parecido al que sugiero, trayendo un Mempo, por ejemplo, que gastar viáticos en la FIL. El NEA debe invertir en el NEA. Tenemos que cortar el cordón umbilical con Buenos Aires.

Neaconatus está en eso, aún a tientas, caminado a través de la niebla, sin certezas, pero con muchas ganas de debatir. Con palmaditas en la espalda no llegaremos nunca a ninguna parte.

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