Helado de chocolate

Por NEACONATUS

Los niños y niñas de hoy son multimedia y participan activamente de la cultura popular de los adultos en la que están inmersos. Tal vez abducidos por esa realidad insulsa y crispada que crean los medios de comunicación. Y así construyen una identidad preseteada donde el espacio para la imaginación libre y propia es efímera. Sin embargo no son pasivos ni indefensos, aunque si un tanto simultáneos y dispersos (Roxana Morduchowicz, Paidós), son las contradicciones que debemos aceptar y acompañar. Pero aún existe la intervención sanadora del cuento, como sucede en el bello libro de Evelin Rucker publicado recientemente por la editorial independiente Liburu Urdina, un emprendimiento local que merece persistir. Misiones necesita construir una dimensión editorial, acotada, pero propia y a escala de un mercado autónomo. Este desafío comienza a percibirse.

La edición del libro es impecable. Diseño profesional, con familias tipográficas generosas y estupendamente ilustrado por Noelia Cedrón. Rucker nos lleva de paseo, a través de historias breves, por el jardín encantado de los temas que rodean a las infancias. Las fronteras tecnológicas, la superación de los primeros miedos, el decidir a atreverse, la perspectiva de género trascendiendo estereotipos, las pruebas a superar, los sortilegios y mitos regionales (aunque la autora logra con lúcida y superadora pericia que se crucen Nueva York con la aldea en la selva), la competencia, las violencias iniciáticas, el descubrir la naturaleza y sus prodigios, las pesadillas, los sustos, el aceptar lo diferente e imperfecto… Todo sugerido por la figura mediadora de la abuela, el último de los seres humanos que (quizás) aún guarda algo de magia en su corazón.

Adentrándonos en las páginas de Un helado de chocolate encontraremos que a Mailén le pasa lo de Alicia. Las caídas en un agujero o dentro de la computadora son las que inician la literatura. Carroll y Rucker lo hacen muy bien porque con ese tropezón comienza la fantasía. El submundo de Alicia, peculiar, fantástico es maravilloso. Y el de Mailén también porque es el mundo de los libros de literatura. Quisiéramos que la niña continúe interactuando con Pinocho, Manuelita, escondiéndose de Cruella de Vil o caminando al lado de un caballo que fue rocín antes. El “tengo que volver, porque seguramente mi mamá estará buscándome” es el punto suspensivo, no digamos, final, de esa pequeña aventura, que no es otra que la aventura de los libros.

Con Pedro y Café pareciera que hay una inversión de los roles habituales de todos los cuentos. La autora se equivoca diciéndonos que un perrito adoptó un niño. ¿Pero se equivoca? A pesar de que se corrige, al pasar el tiempo el niño es osado y valiente y la mascota  es la que posee miedo. Sin embargo en una vuelta de los papeles, la historia que transcurría da un giro repentino y es Café el héroe al salvar al niño de las aguas torrentosas.

Algo similar a Mailén le ocurre a Gregorio con el monstruo del galpón. Queda encerrado en un galpón, como Alicia dentro de un pozo y la nena de Rucker dentro de una biblioteca fantástica e infinita. En esta historia se juega, además, los modos de comportamiento de la gente de pueblo que magnifica los fenómenos. Como no podía ser de otra manera es la abuela la que pone las cosas en orden.

El cuento de Kerana en medio de la selva posee la estructura de las viejas historias y fábulas románticas llenas de ternura y amor. Hasta el rocío que rompe el hechizo, que bien podría ser el agua bautismal, hace que la hermosa niña despierte y se integre al mundo.

Uno de los cuentos más bonitos es La bicicleta azul, porque si todas las aventuras de los niños están llenas de amor, esta reboza de esa emoción al mostrarnos que es posible transformar la ira, el enojo, en una caricia inmensa. Un cambio parecido sucede en Roberto y la muñeca Nala, y también en los otros relatos.

La escritora nos dice con sus ficciones que es posible cambiar el odio del mundo por un afecto que nos llena de paz. Solamente hay que decir que se puede. Hay que decirlo con la mariposa Inés, o sea con la autora. La gran enseñanza de este libro exquisito es ese mensaje. Al mundo le falta un “Helado de Chocolate”. Ese símbolo que nos regala Evelin Rucker resume mucho mejor, en historias simples y maravillosas, todos los gestos de líderes, países e instituciones que no logran ver que en la sencillez de la vida habita el secreto más dulce y tierno.

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