Punta del Este

Por Analía V. Benítez. Formosa. Docente e investigadora (FH-UNaF)

El libro de poemas “Punta del Este de Juan Páez llegó a mis manos una mañana de verano del pasado mes de diciembre. ¡Qué curioso! Durante esos días estaba pensando y ansiando el mar. Y el libro, llegó a mis manos como esa piedrita de la tapa, pequeño y de color arena, con aire fresco, con reverberos de sol. Este escrito, más que una reseña, busca ser la puesta en palabras de una experiencia de lectura poética, sencilla e íntima si se quiere, que agradezco poder compartir.

Juan, cuenta en las páginas iniciales, que escribió estos poemas durante una estadía en Punta del Este, en Uruguay, en una casa de playa. Al leer esto no pude menos que cerrar los ojos y evocar el mar. (El mar… ¿Qué significa esa palabra para nosotros, habitantes del norte, del monte y del río, de la tierra dentro que no conoce de olas furiosas ni de líneas de horizontes que se funden con el cielo?) Cierro los ojos y evoco el mar, porque la voz de los poemas de “Punta del Este”, me trae ese ruido de olas, me trae el viento y un aire cálido y nostálgico.

El imperdible prólogo de Cecilia Bajour, escritora e investigadora literaria, que se titula “La brevedad de la danza”, ya es una apuesta desafiante para la lectura del libro. Me quedo con dos ideas que me resuenan: “Punta del Este”, dice Cecilia, propone una “exploración estética minimalista” y una “experiencia física de lectura”. Entonces, me dejo atravesar por esa experiencia y compruebo al leer “Punta del Este” que el poema no es solo palabra; todo el libro que tengo entre manos es un acto poético potente ya que hay una clara decisión autoral y editorial de construir un objeto artístico: el diseño, el tamaño, la fotografía de tapa, el papel, la tipografía y su particular color azul son signos que trascienden lo específicamente lingüístico que podríamos creer que es un poema. “Punta del Este” me lleva a preguntarme una vez más: ¿Cuáles son los límites y las posibilidades expansivas de un poema? ¿Acaso hay límites o puede pensarse en un estado poético que todo lo inunda y lo transforma?

Pienso –y en esto hay una larga tradición que me precede– que el poema no es solo lenguaje, que es cuerpo, que es peso y sustancia, que es un estar en el mundo, un modo de sentir y construir cosas. Y sobre esto, Juan sabe y siente mucho. Cuando él escribe, escribe con el cuerpo, con la vida misma como en los versos de otro de sus libros de poema titulado “Cuando vuelvas, te cuento”.

En “Punta del Este”, al decir de Cecilia Bajour, la experiencia física de lectura nos atraviesa y leemos con el cuerpo. En estos tiempos en los que la virtualidad se instaló voraz en nuestras prácticas de lectura y nos hizo olvidar de disfrutar la textura de una hoja, aparece este libro de poemas para devolvernos un recuerdo que invoca a cada uno de nuestros sentidos. Cuando tengo entre mis manos “Punta del Este”, celebro el papel, el aroma a libro nuevo y su peso entre las manos. Celebro, también, el color de la tipografía que Juan supo elegir meticulosamente; porque en tiempos en donde los filtros de las aplicaciones digitales nos distorsionan las tonalidades y matices de atardeceres y rostros, volver a pensar en el tono preciso, en el matiz exacto que tenía ese mar, ese cielo, ese azul, es un acto también poético.

En una época de barullo desmedido y cháchara nociva y hueca, celebro el espacio de la hoja en blanco que rodea a cada verso, espacio que me lleva al silencio y a la calma que hoy estoy necesitando. Sí, estoy necesitando respirar y así me lo permite cada página de “Punta del Este”; entre cada verso encuentro el espacio vital para cerrar los ojos, para levantar la vista al cielo, para recordar, para pensarme.

“Los poetas nacemos cantando” dice Diana Bellessi, en una inolvidable conversación con Liliana Bodoc. La poesía nació con la música.  Y la música se hace de sonido y silencio. Algo – o mucho de eso-  hay en los poemas que Juan nos convida: ruido tenue, silencio y espacio. Mucho espacio para respirar como si estuviéramos ante el mar. ¡Ay, el mar…!

Celebro el espacio y el territorio que el título del libro dispara: “Punta del Este” no es solo la referencia a una playa que parece quedarnos tan lejana a los lectores de Formosa. Es signo de una búsqueda que Juan Páez siempre está realizando en cada apuesta de escritura: unir territorios distantes, cruzar provincias, caminar ciudades, anclar en puertos que respiran el mar y traernos su experiencia. Juan Páez, el poeta, camina rápido y los que lo conocemos sabemos que siempre está en movimiento, inquieto, viajero, buscando, escribiendo, creando, soñando. Pero en “Punta del Este”, me encuentro con esa voz poética que se ha detenido, asombrada y casi muda, contemplativa, ante el mar como el límite mismo de la vida para hacer silenciosos y espesos versos. (¿Acaso pueden existir versos silenciosos?)

Dice Liliana Bodoc: “Una poesía es un silencio rodeado de las palabras precisas” porque: “Para que la palabra valga, tiene que valer el silencio.” Estas frases expresan mejor que ninguna la arriesgada apuesta poética –minimalista- explorada en “Punta del Este”. Palabras precisas, densidad semántica, claridad:

 

       urdir las hebras

para bordar

                la arquitectura del sol

Siento, comprendo y respiro. Con “Punta del Este”, vuelvo a entender que la poesía es mucho más que un acto de lenguaje y que no puede ser definido, porque definirlo significa ponerle un límite; y la poesía es, precisamente, un exceso que va más allá del límite del lenguaje, que es también el límite del mundo, y que en este libro, tiene aroma y color de mar.

***

Para cerrar este compartir, quiero detenerme en una pregunta que escritor y filósofo Franco Berardi hace en Respirare, caos y poesía, libro que fue escrito durante la pandemia en el año 2020. En el capítulo “Poesía como exceso”, Berardi se pregunta: “¿Por qué los hombres tienen una relación poética con las palabras, y los sonidos y los signos visuales? ¿Por qué se deslizan los límites de la semiosis convencional para interpretar el sonido como si fuese música y la palabra como si fuera poesía? ¿Por qué a veces quitan los signos del sistema de intercambio simbólico establecido, resignificando de manera no convencional y singular?” No lo sé. Tal vez Juan pueda responderme, respondernos estas preguntas y contarnos.  

 

Créditos fotográficos: Gustavo Cajal

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