Las estrellas

Por Carlos Leyes. Abogado, actor, director, dramaturgo y gestor cultural. Formosa.

El cielo circula de Este a Oeste, y las estrellas parecen líneas irregulares. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir, pero no dejan de trasladarse. Qué raro, pienso, nunca antes había visto el cielo así. Ni siquiera tendido boca arriba, como ahora, en algún otro momento de mi vida. Estuve, claro, muchas veces acostado en la hierba en esas noches, sintiendo en mis pulmones la limpidez del aire puro y hasta un rocío incidental que caramelizaba mi frente cada vez más brillante y amplia. Estuve, claro, como cualquier vecino curioso por las inmensidades más allá de las nubes.

                Cualquier interlocutor casual, hubiese en este momento, relatado experiencias de avistajes nocturnos. Me estaría rebatiendo cualquier originalidad. Quién no miró el cielo alguna vez, quizás dijese. De noche o de día, no es más que el puto cielo, pudiera afirmar escatológico. Otros, me hablarían del cosmos, aburriéndome entre constelaciones, astros y destinos, y hasta universidades y telescopios. Los más sagaces, quizás intentasen interesarme con teorías metafísicas acerca de la magnitud de nuestras almas reflejadas entre estrellas que nadan como peces entre la negrura. No sé. Nunca lo supe, o nunca me interesó hablar de nada de eso.

                Pero allí está este devenir de líneas luminosas, que a veces juegan formas, y a veces no. Por momento explotan, y al rato mutan en círculos concéntricos, tendiendo puentes luminosos, rayas crudas, lacerantes. Redondeles tenues, suaves y pasteles, como pasteles de limón.

                Yo, tendido en este hueco frío. En este hueco. Con ese universo allá, discurriendo silencioso, transportando, viajando, llevando millones de pequeñas partículas de almas sueltas y aceleradas. Llegando lejos, a esos oídos que extraño. Contándoles la distancia y el miedo.

                De espaldas en el pozo, la espalda son mis pies, que ya no son.

                El vapor lento de mi respiración pausada, juega con los caminos estelares de ese cielo tan inquieto. No tengo la menor idea de qué es lo que saben del cielo los cotidianos escudriñadores. Yo tampoco se nada del cuadrado negro que se mueve (¿se mueve?) más allá. ¿Late? ¿Invita?:

                La tenaza de una espalda lejana, la presión de unos pies ausentes, y la oscuridad confusa del arma tan negra y vacía, yacente tan inútil como pesada e inútil. Tan arma. Espesa, se entierra a mi lado, se hunde despacio, y por momentos me arrastra más abajo –como una arena movediza, confieso- lejos del movimiento febril del techo astral. Me hunde hasta una desnudez joven, hasta unos labios rojos con gusto a menta fresca. Hasta una respiración de sexo. Hasta una boca tan húmeda y una piel tan erizada, que me eriza, mientras me hundo de a poquito. Un barro resbaloso como esas lenguas, como esa agitación desordenada.

                Trago saliva, o algo. ¿Y el arma? Ahora flota hasta mi mano inmóvil, que la aferra como me aferro a la ventana multicolor que fluye, que va, que se lleva súplicas, recuerdos y olores.

                No está lejos Martín. No puedo verlo pero huelo sus dos semanas de pozo húmedo. Y huelo la penetrante sangre joven, casi como el vino de los francos en Comodoro Rivadavia. Esos vinos que no importaban. Vinos lejanos llenos de olvidos y súbitos recuerdos y lágrimas. La sangre huele a lo que extrañamos. ¿A qué olerá la mía? Martín, pobre, no huele bien. Le dije que se lave un poco con el agua del mar cercano, pero siempre le tuvo idea al frío, desde que lo conozco. No me da bola Martín, a nadie le da bola. Basta de cavar boludo que sale agua de acá, o lo que significa que ya está bien así la profundidad del pozo, y su que no boludo que a la primera de cambio nos vuelan la cabeza, boludo. Hace lo que se le canta Martín, se ríe de mi idea de las estrellas viajeras, él piensa todo el tiempo en los extranjeros, esos rubios pelotudos que vinieron a quedarse con nuestro país. Yo le digo que hay que ver, que quién sabe, y se enoja y me empuja, y me dice que deje de escribir boludeces en la libretita negra que me regaló mi mamá antes de salir del continente, que eso es información confidencial que si cae en manos de los ingleses la pueden usar para detectar nuestras posiciones. Qué información boludo, que yo escribo sobre estrellas que se mueven, que son rayas y no puntos, que se comunican como almas. Me parece que puedo mandar pensamientos por ellas Martín, hasta el barrio, hasta esas piernas, y dormir allí, cualquiera de las noches. Guardá la libreta boludo que tiene información de nuestro país, y que hace frío y comienza el bombardeo.

                Como lloraba Martín el día ése que llegamos a los ranchos vacíos cerca de Ganso Verde, y vimos tantas ovejas muertas. No por las ovejas, sino por el extranjero ése al que le disparó, asustado. Era un tipo común, me decía. Era un granjero, me decía. No pude verlo bien, lloraba. Y yo miraba las ovejas esparcidas por la munición de la artillería, y sus cueros pegados a las pocas paredes sanas. Como impresiones perfectas rodeadas de hollín y mullidas de algodón y rojo. Creo que ese día Martín comenzó a volver a casa.

                Mirando al cielo ya no tan cielo, veo cruzar una turquesa. Pasa como una fugaz, pero sé que no lo es, que es una línea. Que va. De este a oeste, hacia el continente. Pasa, y la pienso fuerte, para que lleve mi pensamiento a casa. Vénganme a buscar, estoy cansado, me duele el cuerpo, no siento las piernas, Martín no me contesta. Vénganme a buscar, tengo miedo de morirme. Quiero hacer el amor, quiero tomar gaseosa y comer un pancho. Quiero tragarme un pastelito de dulce de membrillo de un bocado, y escuchar el partido tomando mate. Vénganme a buscar, pienso fuerte. Y allá va la estrella fugaz de este a oeste, con mi mensaje desesperado. Se me erizan los pelos de la nuca, con un temblor, y quizás sea que mi pensamiento se subió. Y como es un pensamiento, seguro sabe dónde ir.

                Por un momento, mirando las estrellas, siento olor a vainillas. A vainillas con leche… no, con chocolatada. Qué hijo de puta, pensé, mi sangre huele a vainillas con chocolate, no a vino tinto como la de Martín. Se van a cagar de risa todos en el pelotón. Hasta los gurkas se van a cagar de risa cuando la huelan. La culpa la tengo yo por escribir pelotudeces o escuchar canciones del Flaco. Me endulzaron la sangre. La volvieron chirle, inútil. La volvieron sangre de hippie, no de soldado. Sangre con olor a vainillas. Sangre que suena a rocanroles antiguos y cigarrillos tosidos. Sangre de barrio, de besos, de manos, de historietas, de dibujitos con leche. Sangre de blando. No sangre de vino, como la de Martín. No puedo hablarle a Martín. No puedo mirarlo. Se me hace que está arriba, en ese techo lleno de puntos de colores, que quizás ya está viajando, de este a oeste, hacia nuestra ciudad. Lo pienso fuerte, para que no se olvide de mí al llegar.

                Quiero ver la foto de ella, que está en el bolsillo superior de la chaquetilla, pero mis brazos ya están hundidos, como el arma. Quietos, profundos. Como en una arena movediza fría.

                Desde el pozo, Martín y yo, nos morimos, mirando las estrellas. Bueno, por ahí Martín ya se murió, la explosión fue de su lado, y nos barrió. La esquirla caliente me entró por la espalda, allí fue el ardor fuerte, y después, sólo me quedaron las estrellas en la caja negra que crece y se mueve, de este a oeste. La puta, ni hablar puedo. No me sale hablar. Lo pienso, pienso la palabra, y después no me sale. Como cuando hice de Belgrano en séptimo grado, y cuando me tocó decir “¿Juráis mis bravos, defenderla hasta perder la vida?”, se me hizo la mente un blanco. No supe dónde estaba, ni de qué estaba vestido, ni quiénes eran esos chicos con uniforme de papel crepe. Mamá me contó después que me desmayé, y que era un pelotudo porque sabía bien el texto, que lo había estudiado de recontra memoria, y que por eso me eligió la señorita y que el gorro del general le salió tan caro como todo su aguinaldo. Que dejé a la familia para la mierda y que si no iba a tener las bolas para actuar en un puto acto del colegio, mejor dejaba de estudiar entonces que a mi papá no le hizo falta y lo mismo es una persona de bien que se gana el mango en el taller de caños de escape y que más vale no se entere de nada porque me rompe el culo a patadas. Es parecido ahora. Pienso “Martín” y se me hace un blanco. No me sale llamarlo, aunque lo huela. Estará muerto Martín. Por eso lo pienso fuerte en las estrellas, para que se vaya de esta isla de una vez.

                Ahí pasa una roja. “La de la pasión”, imagino. Y sonrío un poco, porque no siento nada entre las piernas. Abro fuerte los ojos y la sigo, la sigo de este a oeste, hasta que me encaramo en la parte más redondeada. Capaz es un alma, porque no puede haber estrellas tan chiquitas, ni tan bajas. Lo confieso: nunca le creí al Principito. ¿Cómo podía respirar? ¡Ah! ¡Y no se caía! Caminaba alrededor de esos asteroides sin inmutarse, aún quedando boca abajo. Una patraña. Semejante pericia para ir y venir por el universo, y no saber dibujar un elefante. Semejante bicho. Nunca me creí esa historia de mierda. Ni cuando mi vieja me regaló la libretita llorando al borde de la pista donde esperaba el Hércules, en El Palomar. “Escribime por aquí” me dijo, y yo me quedé medio mal, porque no entendí del todo cómo iba a hacerlo. Tampoco pude hablar en ese momento. Mudo, la abrí a la mitad, metí la foto de esos labios que se quedaron llorando en el barrio, y la guardé en el bolsillo superior derecho de la chaquetilla de combate verde oliva.

                Por eso, acá en esta estrella roja, sé muy bien que no son estrellas, que son almas de colores que llevan nuestros pensamientos a casa en líneas, como trenes bala que van cruzándose unos a otros sin chocarse. Y ahí está la respuesta a todas las dudas, por eso el cielo se mueve. Por eso me muevo con el cielo a toda velocidad, en la estrella que más quiero en este momento, el alma de la pasión. Volando hasta su transpiración, hasta sus gemidos silenciados, hasta su boca de canciones mal cantadas.

Ella salió esa noche al patio con sus dieciocho años tarareados con desatino. Miró al cielo negro, y juró que se movía, que las estrellas no eran estrellas, sino espíritus. Se estremeció y espió en los rincones, con miedo a los fantasmas. Una línea roja se desprendió del techo oscuro, fugaz, plena de luminosidad, y pegó en el muro de ladrillos del fondo, como un meteorito de juguete. Corrió hacia el resplandor, y entonces, la luz roja bien roja, brilló como fresas y explosiones, y la besó con tanta pasión, con tanta urgencia, que tembló, se agitó, y dio un grito hundiendo sus rodillas en el césped.

 

Adelanto del libro de cuentos “El cochecito rojo” de próxima edición. Carlos Leyes se desempeñó en numerosos cargos de gestión cultural pública en instituciones nacionales y provinciales. Ha escrito ensayos sobre gestión, y editado obras teatrales y narrativas. Recientemente fue galardonado con el primer premio de la Región NEA, en el 23° Concurso Nacional de Obras teatrales organizado por Argentores y el INT, en homenaje a los 40 años de Teatro Abierto, con su obra «No me llames Lady».

 

 

 

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