La próxima lluvia

Por Francisco Tete Romero. Escritor, docente, gestor cultural. Chaco.

Capítulo 7. Fragmento de la novela La próxima lluvia. Editorial ConTexto, Colección Mulita, 2016

(…)

Nos quedamos en silencio. Escuchamos el monótono persistente rumor de la lluvia. Victorio comenta a Aristóbulo algún arreglo que planea hacer en la casa cuando deje de llover mientras yo vuelvo a una mañana helada de junio del ochenta y dos. Estamos en Malvinas, andamos con Victorio juntando nuestros cadáveres y heridos. Somos ahora camilleros. Avanzo con dificultad entre la nieve y la ausencia de mi sombra, carcomido por la culpa. Nos acercamos a dos soldados nuestros que discuten a los gritos. Hay un soldado estaqueado que Victorio me dice que es de su regimiento. Aristóbulo está en cuclillas sobre él y lo empieza a desatar. Ambos son del mismo batallón correntino, mercedeño. Un sargento le ordena a los gritos que no lo haga, que también a él lo va a estaquear si lo libera a ese ladrón. Aristóbulo se para, se pone a centímetros del sargento, lo mira fijamente, le dice que el hambre es un crimen, que si quiere detenerlo vacíe el fal contra él, que guarde su furia contra los ingleses. El sargento lo insulta, le dice que nadie va a darse cuenta si desaparecen un indio de mierda y un ladrón hijo de puta. No nos ven, estamos detrás de ellos. Victorio entonces habla fuerte, dice que no están solos y que nosotros nos vamos a llevar al soldado al hospital para que lo atiendan antes de que sea tarde. El sargento se da vuelta incrédulo y antes de que pueda decirnos algo el ruido inconfundible de dos harrier que pasan por sobre nuestras cabezas nos obliga a arrojarnos a la tierra emblanquecida. Sus bombas estallan muy cerca. Cuando nos levantamos el sargento ya se alejaba hacia el pueblo. Así conocí a Aristóbulo.

Llevamos al soldado estaqueado a la sala de campaña. Salvó de milagro sus pies. Cuando retorno a esta otra isla de veinte años después, me escucho preguntarle a Aristóbulo qué hiciste cuando regresaste de Malvinas. Me siento en un banco de madera, como los que antes había en las plazas, Victorio me imita y se sienta a mi lado y a Aristóbulo no le queda más remedio que alzar los hombros y pedir por lo menos un mate no lavado para contarme qué hizo con su vida desde que llegó de las islas.

Cuando bajamos del Camberra nos llevaron a la escuela militar General Lemos y de ahí, a los pocos días, a Campo de Mayo, sin ver a nadie. Tenían que engordarnos la flacura que traíamos de muchos días sin comer. Estábamos todos desnutridos y algunos no se podían sostener de pie porque le pesaban demasiado los borceguíes. Nos machacaron una y otra vez que éramos soldados del ejército argentino y que no teníamos que andar por ahí contando lo que habíamos visto y hecho en Malvinas. No es cosa de hombres andar lamentándose nos dijo un coronel, eso se deja para las mujeres y los subversivos que gracias a nuestro ejército derrotamos y expulsamos de la Argentina. Nos decían ustedes van a ir a la vida civil, ustedes tienen que decir que nosotros los tratamos bien, no teníamos que contar nada de lo que vivimos en Malvinas, incluso si vimos compañeros morir, nos decían los oficiales, nada teníamos que decir cómo murieron.

Al llegar a Resistencia me esperaba mi mamá y mis cuatro hermanos, todos más chicos que yo. Mi papá se había muerto de pulmonía la última semana de abril. Vivíamos en el barrio toba, no había lugar para todos y siempre andábamos encimados. Por eso andaba por esos días todo el tiempo vagando por las calles. Cuando me daba cuenta estaba en la plaza central. Una noche de lluvia fría, como la de ahora, terminé en un bar de la terminal, la vieja, la de la Santa María de Oro. Tomaba mucho también. Vino tinto esa vez. Necesitaba estar con una mujer y allí había un desfile de ellas pero había que pagar. Tenía un deseo hace rato y creí que esa noche podía cumplirlo. Pagué. Elegí a la más jovencita de las que vi, teñida de rubio, porque tenía el pelo mojado y reía. Me gustó como reía. Me hizo entrar por una pequeña puerta, dos casas después del bar, subir una escalera empinada, a oscuras, bajarme los pantalones un poco, lavarme en una piletita, delante de ella y entrar a una pieza que daba a la calle. Intenté besarla y no se dejó, se lo pedí bien y me dijo que no besaba a los clientes y menos a un indio.  Me quedé petrificado, no podía moverme y ella me gritaba me decía rajá indio o llamo a la cana. Ahí se pudrió todo, llamó a su cafiolo y el tipo se vino con tres más. Con él hubiera podido, pero no con todos. Terminé en la comisaría, con el labio partido y una costilla rota. El único número de teléfono que conocía era el de Victorio. Lo llamé y después de tres días me largaron. No me hallaba en ningún lugar, encima mi mamá ya estaba enferma, trataba de disimular pero cada vez podía moverse menos y todos dependíamos de sus changas para comer. El primer mes busqué trabajo, después ya no me banqué más la humillación. Además de loco como nos empezaban a llamar era indio, indio sucio y tape.

El primer viernes de agosto murió mi mamá. El doctor que me dio la noticia apenas hizo un gesto con la boca. No hubo caso me dijo, el cáncer ya estaba muy avanzado. Me pidió que firmara unos papeles y una enfermera me dio su ropa. Cuando la enterramos en el cementerio le eché un poquito de la tierra que había traído de las islas, la turba, ¿se acuerdan? nos dice y los ojos le brillan. Enseguida nos muestra una bolsita que saca del bolsillo de su campera negra, la abre y vuelvo a ver después de veinte años ese color pardo oscuro, esa mezcla de tierra y carbón, restos fósiles y vegetales de la que está hecha el suelo de las Malvinas.

Mis tíos se ocuparon de mis hermanos. De mí se ocupó Zunilda, una prima que apenas conocía. Mapic Lavogo, flor de algarrobo, así se llama en verdad. La había mandado mi bisabuelo Chigioye, desde Pampa del Indio, me enviaba un mensaje con ella. Apareció en el cementerio, unos minutos antes de que le arrojaran la tierra al cajón en el que ahora estaba mi mamá. Me tomó fuerte de la mano después de que yo le tirara un puñado de turba. La miré sobresaltado, ninguna mujer me había tomado hasta entonces de la mano, sólo mi mamá. Tenía dos o tres años más que yo, pelo negro lacio y largo y su rostro redondo su piel cobriza como la mía pero suave y una sonrisa tan dulce como su mirada que era dulce y serena. En sus ojos marrones encontré la firmeza que necesitaba para no llorar. Acercó su boca a mi oreja y me dijo soy Mapic Lavogo, tu prima de Pampa del Indio.

No sé qué hubiera hecho de mi vida si ella no hubiera estado en ese momento. En la casa ya no había ahora lugar para mí ni tenía trabajo. Mapic Lavogo me dijo que el abuelo le había dicho que me buscara y me dijera que tenía que viajar a verlo porque ya mi tiempo de hacerlo había llegado. Recordé entonces la última vez que lo vi. Yo tenía once años y había venido a visitarnos. Una tarde entera les habló a mis padres, discutía con ellos sin alzar la voz. Yo jugaba a la pelota en la vereda con otros chicos y cuando corría cerca de mi casa paraba la oreja para escuchar lo que decían pero no entendía casi nada porque con mi abuelo mis padres hablaban en qom. A mí en cambio no habían querido enseñarme y apenas si sabía unas pocas palabras y frases. Por lo poco que entendí mi abuelo les decía que no podían renunciar a nuestra lengua y que no volvería a verlos. Antes de irse me tomó de los hombros y me dijo que cuando llegara mi invierno más frío y no supiera qué hacer ni adónde ir que lo buscara en Pampa del Indio. Me abrazó fuerte y me dijo que me esperaría.

Esa noche tuve mucha fiebre, hacía mucho frío y a la madrugada caería una helada como las que venían emblanqueciendo el pasto desde hacía varios días. Los tíos me dejaron quedarme entonces en la cama que había sido de mi papá y mi mamá. Mapic Lavogo se acostó a mi lado, desnuda y me abrazo contra ella. Vi su cuerpo delgado y firme. Sentí que todo el dormitorio olía a Mapic Lavogo y que por primera vez respiraba ese olor a mujer. Descubrí que no sabía nada de nada de la vida y no supe qué hacer, sentía que si me movía un poquito arruinaba algo irrepetible, la sensación de estar vivo más fuerte que había sentido hasta entonces. No sé cuánto tiempo pasó cuando la escuché decirme que ya no tenía más fiebre. Después me besó en la boca. Me convertí en hombre gracias a ella. Había estado con otras mujeres pero me di cuenta con Mapic Lavogo que en realidad no había estado nunca con ninguna mujer. Mapic Lavogo fue la primera. Cuando amaneció nos fuimos hacia Pampa del Indio.

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