En el desierto acontecen los versos

Por Madeleine Sautié Rodríguez. Periodista cultural. La Habana, Cuba.

El año 2020 se nos ofreció ante los ojos –también los del alma– como una experiencia inédita. La presencia en nuestras vidas de un inquilino avieso como el nuevo coronavirus pronto provocó cuestionamientos al interior del espíritu. Ante las imágenes de hospitales saturados y testimonios de muerte, la reacción social no se hizo esperar. 

De entre la aglomeración espantada hablaron los poetas. Con una mezcla de pavor y esperanza, la voz del bardo no se pudo silenciar. Las redes sociales fueron entonces –como lo son ahora– espacio ideal para proyectar la palabra embellecida cuando la orden sensata fue «quédate en casa».

Era marzo cuando en la cuenta de Twitter del poeta español de origen británico Ben Clark se leía: «Nos faltará el papel higiénico, pero que no nos falte la poesía. Os propongo colgar #CoronaVersos en Twitter, en este hilo o donde sea. ¡Salud y poesía! Empiezo yo».

Dando seguimiento a la convocatoria, engrosaron el hilo, colocados por poetas animosos, versos de Alfonsina Storni, José Emilio Pacheco, y muchos más. «En el desierto acontece la aurora». Escribió alguien recordando a Jorge Luis Borges.

No pasó callado el primer Día Mundial de la Poesía vivido en pandemia. A sabiendas del valor regenerador de esta gracia, creadores e instituciones del mundo del libro hicieron que reinara en todos los escenarios posibles.

La reinvención en todos los sentidos se hizo imprescindible. Se colgaron versos en los balcones, se hicieron lecturas poéticas desde las ventanas. Diversos portales permitieron el acceso a materiales gratuitos y surgieron grupos en internet en los que comunidades de lectores compartieron libros e intercambiaron temas literarios.  Por su parte, la UNESCO, para paliar el aislamiento, creó un acceso libre y gratuito a la Biblioteca Digital Mundial.

Pero en la soledad del ser sucedieron también empujes y afloraron señales que ya no podían esperar. No es que en el caso del periodista y escritor Pedro Jorge Solans (Argentina, 1959), le resultara ajeno ese género mayor que es la poesía.

Quien ha leído Agua para mañana o su prosa –pensemos en El Sur negro, crónicas afrolatinas–, sabe que esa criatura lírica no le es, a su modo de expresión, desconocida.

«Pero en mi sueño, y a pesar de los colores, no me di cuenta de que por las aguas de los arroyos del departamento colombiano de Bolívar navegaba África en América Latina».

Gemela de la justeza con que defiende la presencia negra en la región, la que tantas veces –y en vano– han pretendido invisibilizarse, es la nobleza de sus letras. La poesía, incapaz de pactar con la desfachatez, y aliada de la belleza, incluso cuando le canta al dolor, o a lo que deba enmendarse, convive, a su aire, en esas escrituras en prosa, cuyos sintagmas, en no pocas ocasiones, consiguen semejar un verso.  

Fue el 2020, con sus tantas sinuosidades, detonante de un nacimiento que hace mucho estaba por ver la luz; sin embargo, para que fuera antes no contribuyeron las circunstancias. Como aprendimos hace mucho del poeta checo Vladimir Holan, «quien se ha hundido en la poesía ya no puede salir», y Pedro Jorge Solans conspiraba junto a ella hace ya bastante tiempo. No pudo escapar de sus benditas ataduras desde que su postura al lado de las causas justas de la humanidad lo enrolaron para siempre con la hermosura del mundo, que, en otra dimensión, es, ¡claro que sí!, mayúscula poesía. Pero la entrega que ahora ofrece es de otra naturaleza. 

Un cuaderno de 120 páginas, donde un puñado de piezas líricas conforman el corpus del poemario Un extraño fin es mucho más que la confirmación de que el periodista y narrador se ha vestido en la piel del poeta.

¿La COVID19 acechando? ¿El encierro necesario que nos pone frente a nosotros mismos más que de costumbre? ¿El diálogo más diáfano con nuestra conciencia, en días de largos silencios? ¿El compromiso con el bien y buen decir? ¿La urgencia de sacar afuera lo que ya está listo para elevarse?

La poesía y los poetas son probados misterios. No es preciso que sean ellos –sino nosotros, del otro lado del escenario– los que respondan estas interrogantes. Lo que sí puede asegurarse es que este es el contexto en el que el autor nos hace entrega de un manojo de poemas que, al estar frente al cerco que examina calidad emotiva y escrita, lo pasa con frescura, incluso mostrando ventaja ante ciertos poetas otros, no siempre dados a conseguir necesarios estremecimientos.  

En medio de profundas preocupaciones sociales –máxima del poeta en cuestión en cuanto a la mirada propia de su entorno– Pedro Jorge Solans es observado a través de estas líneas. El sujeto lírico y él mismo son uno, en tanto el mundo de las honduras emerge con asombrosa sinceridad. 

“Lavarse las manos, /a distancia, / y tapar los rostros. /Miles de ataques en años, /reacciones afuera y adentro/y la misma defensa, / Al fin y al cabo, / la muerte es un exilio/ de emociones.

“Se durmió y aproveché para escribir / estos versos desalineados y sin tonos. / Sospecho que apenas despierte / ese búho mal agüero / los borrará de un plumazo. / Si llegasen a sus correos por el infortunio /de un spam. / Pido por favor, / guarden copias. / Pronto los iré a buscar.”

Tras el recelo, explícito y anunciador de lo que sobrevendrá, llegarán otros que confiesan, como para que lo comprobemos por nosotros mismos, la nefasta garantía de vivir Tiempos anómalos:

“Durante la pandemia / vi a un Dios pálido, / con tapabocas enrojecido /de vergüenza ajena. Iba errante, / de una orilla a otra / con mirada piadosa / por las calles / de un mundo aislado…”

Más adelante Voluntarios nos pondrá de cara al dolor, un daño contemporáneo, compartido por los seres que viven en tiempos de pandemia:

“Joan y Pablo son testigos, / guardan los nombres / de quienes /

partieron sin besos / /ni abrazos.”

Pero no solo la zona punzante de la realidad coronada por la COVID -19 se aborda en el poemario.  “Después de la tos seca, /cantar / y de pie. /Empezar, /para no ser siempre /los mismos muertos /que estorban /en la fiesta /de los que están / por llegar.”

Así nos anima Después de la peste, con notas destinadas a sustentar la esperanza, tan rotunda en estos versos, como en las almas vivientes del 2021.

Mucho de lo que estaba guardado, que no dormido, resultan en este instante liberadoras confesiones. Junto a un recorrido sensitivo por ciudades a las que se les agradecen las huellas; la vida sofocada, y también sosegada, en otros horizontes; la gratitud a grandes nombres de la cultura hispanoamericana; la inquietud ante situaciones contemporáneas que precisan claudicar, y la militancia de un espíritu siempre caritativo, va el encargo amparador de la poesía, esa criatura incompatible con el mal, esa que en versos, prosa y hechos, se erige como salvaguarda de nuestros pasos por el planeta.

Aguardando desde hace mucho, pero finalmente rozagante, la poesía de Pedro Jorge Solans halla nido en este libro que hoy, con más sonrojo que vanidad, nos invita a degustar quien la ha convertido en letras.

Decía José Martí que la poesía tenía vergüenza de sí misma y que los poetas tienen como una culpa serlo, y aseguraba que: «Un poeta es una llave de oro, que tiene cada hombre para entrar a su capricho en el palacio de la aventura. Se llama al verso, la calma responde, y a poco, la felicidad, como un aire penetrante y reparador». 

No es preciso que el de estas páginas se ruborice. Si el viejo antojo de escribir poemas lo conduce al remanso venturoso; si al invocar al verso vienen a él la paz y la dicha, como quien recibe un brebaje que nos inmuniza, entonces, ¡bienvenido, poeta, a la limpia claridad con que nos arropa esa rara deidad que llamamos poesía! 

1 Comment

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s