El vidente de los días de lluvia

Por NEACONATUS

Cortázar supo advertir que a un escritor latinoamericano le resulta complejo producir su obra separándola del contexto social e histórico porque “los libros no son islas”. Son como diamantes facetados que pueden reflejar la misma historia con diferentes brillos de luz. Actualmente los protocolos del relato han mutado y nos permiten narrar ejecutando las operaciones combinatorias de estilos de manera libre y lúdica, aunque tras la peripecia ronden sombras siniestras.

Para saber contar una historia es necesario apropiarse y manejar determinados principios. No es lo mismo que escribir. O no es exactamente lo mismo. Pareciera que “contar” posee algo de oralidad, de una fluidez que atrapa fácilmente por ser sencilla, llana. “Escribir” impresiona como algo más formal, que debe poseer una sintaxis más seria, una estructura que siga parámetros gramaticales, etcétera. En cuanto a los principios, por ejemplo aquellos que hablan de la elección o partición entre una serie de eventos, el orden de los acontecimientos, la repetición, cuando corresponde, la opinión, etcétera, son elementos o herramientas del decir, tanto verbal, como escrito y que utilizados por el cuentero o escritor, construyen su estilo.

Van Bredam apelando a su talento y experiencia ha construido una novela magnífica mezclando todos estos ingredientes, en páginas memorables llenas de gracia. Pero lo notable es que el humor que nos presenta tiene la particularidad de relatarnos desnudamente la tragedia de un pueblo. Un pueblo a orillas del Bermejo, que podría estar al lado de cualquier ruta o río del país. No en vano comienza con un epígrafe terrible de Ciorán: “La historia no es otra cosa que una carnicería en marcha”. El gran acierto de Orlando es traernos ese mostrador sangrante en el medio de desopilantes anécdotas que nos hacen reír. Uno no se ríe de las desgracias, se ríe de la forma en que el escritor nos la cuenta. Por eso no es un libro tétrico y sombrío. Y con esto volvemos al principio: el ensamble perfecto del autor entre la naturalidad con la que cuenta (esa oralidad que mencionábamos) y el trasfondo dramático de la historia, que con fusilamientos y masacres en ese territorio caliente y en “mi desatinado país”, se refiere a la “irrefutable insignificancia humana”.

El pueblo Raíces, es nuestra patria. Y las miserias que allí ocurren, el puterío tan gracioso, no es otro que el que se ve todas las tardes en la televisión y en los medios. Si alguien aún no ha captado en la realidad argentina, la división criminal que se intentar abonar, la famosa grieta, que abra y lea el libro de Van Bredam, no solo para darse cuenta, sino para regocijarse con literatura de la mejor. Los cortes de cuadril, el bofe, las entrañas, están en la vitrina, la sierra está lista para trozar los huesos, que ya se muestran por la salvajada de los poderosos que descuartizaron nuestro territorio.

Nos parece un libro maravilloso, de aquellos que una vez empezado no pueden dejar de leerse. La trama es atrapante, llena de absurdos, de situaciones ridículas, descabelladas, jocosas. Raíces, certifica el dicho de pueblo chico, infierno grande. Convoca a los habitantes más divertidos del nordeste argentino, y -a la vez- los más cruzados por un destino de entrega, de pasividad y de locura. Un Sino que atraviesa los poblados de nuestra región y también la sociedad con su idiosincrasia, su creatividad, sus agachadas, su costado duro que a veces no se desea ver.

¿Cómo leer estos capítulos, como sátira, como un señalamiento de los ensueños de una población endogámica que persiste en sus vicios tolerando los desmanejos de los poderosos, como un estudio sociológico o antropológico? Por suerte Van Bredam ha escrito una gran novela, dejándola abierta a múltiples interpretaciones. Por ejemplo, exhibe un costado poético, como cuando el vidente relata sus anticonfesiones en la eléctrica transparencia de la lluvia.

La lluvia posee la capacidad de hacer habitar en este personaje, que le pone título a este libro estupendo, el pasado. Un pasado que le habla. Un habla que le dice la verdad, Una verdad que al revés de los documentos de la historia oficial, aparece en su real dimensión.

Quizás la historia entonces sea una versión de lo sucedido, una especie de literatura, pero con un demiurgo que no trata, en su evocación, de torcer los hechos con fines políticos o ideológicos, sino presenciando las vicisitudes tal cual se dieron. Los condecorados héroes de la patria, ahora lo vemos, tuvieron sus manos tintas en sangre. Porque Raíces, es decir nuestra nación, está sembrada de matanzas, de sombras y omisiones.

Orlando ha escrito una novela hermosa, donde entre risas y carcajadas, también nos espeta cosas ciertas. Hemos comenzado el año leyendo una historia asombrosa, con humor y rigurosidad. El mismo autor nos asegura que si no hay lengua (esa soltura, esa oralidad, que hace llevadera la trama, de la que hace gala) no hay relato. Y si no hay relato no hay historia. Durante este historia, en los instantes de repasarla, y al final, al cerrar el libro, cabe decir con el Hidalgo “… y entonces me di a soñar”.

¡¡¡Felicitaciones Van Bredam!!!

El vidente de los días de lluvia  fue publicado por la editorial La Hendija (Paraná – Entre Ríos – Argentina – 2021). Continúa con la saga de Raíces, presente en los libros de cuentos “Fabulaciones” (1989) y “Simulacros” (1991) y en la novela “Nada bueno bajo el sol” (2003, reeditada por Editorial Fundación La Hendija en 2017

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