La huella de Silesius, que no es la del carbono

Por Gustavo Verón. Posadas. Misiones. Periodista

“Florece porque florece”. No pocos podrían sugerir el irremediable desenlace de aquella afirmación sin conocer el entorno circundante de su autor, que entre las apacibles horas que separan las laudes de las vísperas, supo cantar loas y alabanzas al Creador Omnipresente.  La rosa del sin por qué  de Angelus Silesius y la pródiga naturaleza que le da vida sin interrogarla, o sin que ella misma se interrogue sobre su origen, nos pone de antemano ante un estadio aterrador: la sinrazón de las cosas, o mejor aún, la subordinación del pensamiento ante Aquello que da vida sin preguntarnos, más allá de toda razón. La gratuidad que todo lo genera en sentido estricto. Génesis gratuita. Vida que se recibe, y que por esa gratuidad, gratifica. Devuelve gratitud.

Pleno barroco intramuros, contrarreforma en marcha, pinceladas de mística franciscana y luego el “magis” ignaciano, podrían ser como secuelas entrelazadas, tejidas con paciencia artesanal en el temple de un ser humano abierto al asombro. Quizá el más preciado legado del Silesius poeta y místico. El asombro que Occidente dilapidó al preguntar con irreverencia por qué la rosa florece, y en ese afán construir sin pausa durante siglos una maquinaria racional que trate de responder la pregunta. El asombro dejó de ser la virtud generosa de quien agradece ser, para dar paso a controlar todas las respuestas posibles. Controlar para poseer. Poseer para dominar. Dominar para reinar. En esa espiral sumergió sus narices una civilización que hoy estira el cuello intentando absorber bocanadas de oxígeno. Pero, paradójicamente ya no controla, ni posee, ni domina.

Tarde sale Occidente en la búsqueda de hallar una salida a su propio laberinto y apela a una estrategia ya conocida: la ley de la oferta y la demanda. A quien ofrezca oxígeno se le restarán intereses de deuda. De nuevo, la lógica imperialista donde el poderoso subyuga al más débil. Asfixiados por el moho de sus colosales chimeneas, catedrales de humo irrespirable, los países ricos vienen ahora a buscar aire puro en las regiones a las que sometieron por siglos con viles empréstitos. Parece un contrasentido, pero a Occidente le costó tan caro expandirse que ahora bajo la figura de “los créditos de carbono”, intenta recuperar algo del ecos que hipotecó airoso.

En esta lógica, el mercado será el encargado de «moderar», morigerar (?) los desvíos que él mismo produjo: Los países que contaminen pagan por esa contaminación. Una vez más, Occidente no logra salir de la espiral del monetarismo y elige la imposición, el impuesto, para lograr el escarmiento que llegará, si es que alguna vez llega,  por el lado del castigo y no de la libre determinación, virtud ésta que enaltece a las decisiones humanas.

“Florece porque florece”

La sinfonía de la gratuidad que alguna vez aprendimos a oír, quizá de niños, a la orilla de algún cauce o ante el arrullo de los pájaros; esa sensación invaluable (término puesto adrede) de la que nos dejábamos absorber ante el asombro de tanta belleza, tiene precio. Nuestra casa común, ya no nos pertenece; la que sentíamos como nuestra casa y bajo ese cobijo sólo restaba un solo gesto: gratitud. Gratuidad y Gratitud: dimensiones que Occidente dilapidó en aras de amontonar herrumbre y desechos industriales.

La mercancía sigue siendo la lógica disponible. Hoy se llaman “bonos de carbono”, eso que los países pobres deben negociar casi sin escapatoria, no sólo para la propia supervivencia ambiental y también económica, sino porque el planeta entero se juega la última carta.

«Florece porque florece». La rosa de Silesius ya no puede florecer a su antojo, libre, sin razones que explicar. Hemos sometido a la naturaleza en vez de protegerla, custodiarla, tutelarla.  

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