Pitzi

Por NEACONATUS

El libro Pitzi de Evelin Rucker es la historia de su vida y sus familiares cercanos. Una biografía. La cronología de inmigrantes, abuelos, bisabuelos, de la mitteleuropa, esbozos de sus años en el viejo continente y su traslado a tierras americanas, algunos de ellos a Norteamérica y otros a Misiones, y su asentamiento en este nuevo territorio. Su novela, para nosotros es una novela, con la autora como protagonista central, podría ser la genealogía y los avatares de miles de expatriados de origen germano que por la guerra o por las condiciones sociales y políticas de aquellos lugares, migraron hacia nuevos horizontes. Esto de “nuevos horizontes” no pretende ser una oración hecha, porque de la nieve y el frío, al trópico ardiente, se justifica la frase. Para refrendar el dicho de nuevos horizontes hay que sumarle, y Evelin lo hace muy bien, todas las adaptaciones traumáticas del asentamiento, desde el idioma a las costumbres. Pero nótese el potencial “podría ser”, porque el cuento de innumerables migrantes que arribaron a nuestra patria a principios del siglo XX, si bien tienen todos un denominador común en la extrañeza por el insólito paisaje y en el tesón indoblegable, en el caso de los antecesores de Pitzi parece distinguirse un halo de predestinados a sobreponerse a la dureza verde del monte, que ella resalta sobre el bosque europeo, más bucólico o romántico (página 19 “La Oma Agnes nació en un lugar de Austria… entre valses, bosques (no selva ni monte)…”).

En el libro de Evelin Rucker, tomando prestada la imagen de Eduardo Berti, la autora abre el viejo álbum de fotos de la vida, tal vez una jaula con pájaros donde estaba encerrada tal o cual historia y la suelta a volar.

Es un “libro chiquito”, no por atributos sino por su intimismo y ternura. Además su título: Pitzi significa algo pequeño en un dialecto alemán, apodo usual y popular. Ciertos relatos no sólo nos atrapan por el magnetismo de su núcleo sino también desde sus escenas menores. Miles de hombres y mujeres a lo largo y ancho de la provincia de Misiones, con ancestros centroeuropeos, podrían haber escrito una historia como esta, su propia saga familiar. Pero hoy sube a escena Pitzi en representación de muchas odiseas similares, ya míticas como el poema de Homero.

Vamos a respaldar nuestras percepciones de lectores curiosos con un libro del antropólogo social Carles Feixa, La imaginación autobiográfica, y veremos cómo de pronto este “libro chiquito” se transforma en una épica historia particular que opera como lente amplificadora de un destino compartido por varias generaciones de emigrantes. Porque el testimonio autobiográfico individual coopera en la construcción de un conocimiento social colectivo. Para Feixa la historia de vida puede actuar de maneras múltiples, también como crónica de éxodos. La evocación familiar de Evelin Rucker representa un documento personal valioso que reconstruye la evolución de varias ramas de un mismo árbol genealógico. Podría ser considerado una fuente primaria de investigación social.

El tiro en la nuca a un médico ruso en plena guerra civil soviética conecta de manera directa con un doloroso parto a metros de una usina en la ciudad de Montecarlo y con un avión destartalado en una chacra de Santa Ana. En tanto y cuanto el relato memorativo de fragmentos de historias de vida muta en crónica, confesión, autoanálisis y sugiere otras lecturas que son el plasma epocal de las personas, la verdadera historia que no se legitima en el bronce que escamotean las construcciones políticas. Pitzi sugiere cierto fractalismo si consideramos que pasado, presente y futuro conviven dentro de uno mismo y que a la vez nosotros formamos parte de un todo trascendental. Cabe aclarar que utilizamos el término fractal en tanto noción geométrica, fragmentada, irregular que se reitera a diferentes escalas, en este caso aplicado a las ciencias sociales y en las variables generacionales e interculturales.

Para Walter Benjamin “un acontecimiento vivido está acabado, o al menos cerrado en la esfera de la experiencia vivida, mientras que un acontecimiento recordado no tiene límites, porque es sólo la llave para todo lo que ha sucedido antes y después”. Esto que puede sonar complejo es la síntesis que ejecuta Evelin Rucker en su libro, tan sólo (y nada menos): recuerda. Y al escribir lo que recuerda a través de su discurso autobiográfico desarrolla etnografía. Rescata las voces que ya no son más que ecos en el viento. ¿Qué es narración subjetiva e imaginativa? Puede que sí, y ¿en qué se devalúa?, si toda su escritura es sobre gentes y tiempos reales. O acaso el conocimiento antropológico sólo se divulga documentalmente. La anécdota del empleado francés del registro civil que no entiende lo que le dice el padre alemán y decide que su hija sea inscripta como “Federica”, transmite más comprensión del contexto histórico que si Rucker hubiera impreso en su libro el acta original de papel con sello y firma.     

La prosa de Rucker fluye en páginas que deseamos que no concluyan nunca. La maravilla del libro reside entre otras cuestiones, en el contraste de una cotidianeidad durísima de los protagonistas, con la caricia de palabras que atenúan toda rispidez. La autora adjetiva bondadosamente las aristas de los contratiempos de sus padres, tíos y parientes, para que incluso las malas noticias estén plenas de espiritualidad y den ganas de seguir bregando por la luz. “Dulce” aparece treinta veces; “Alma”, treinta y cuatro; “Amor”, cuarenta y cuatro veces, sin contar sus palabras asociadas, “enamorada”, “amorosa”, etcétera. Así también “miel”, “hermoso/a”, “sencillez”, “espiritualidad”, o “soltar” cuando se desea dejar ir, permitir crecer, dar libertad.

Pitzi es un libro optimista, tierno, blando, apasionado de los sentimientos. Podemos decir que es una ventana que se abre para que ingrese el aroma del jazmín del país, o que es un arroyo de agua pura que corre entre la vegetación y la naturaleza riquísima, o que es un afectuoso abrazo para sentir a los hijos y a los otros como si una comunidad incondicional de afectos nos liara, no para atarnos, sino para sobreponernos a las vallas y dolores y poder remontarnos en la brisa de la armonía. Y cuando hay un incendio, un fallecimiento, una partida, o por esas cosas del destino, en alguna época germinó la distancia, se implantó la lejanía, que también es una especie de muerte, o hubo un corte en el cuerpo y en el alma, Evelin trata estos desasosiegos y trances, como lo que son (y no nos damos cuenta) partes como baches del palpitar de la vida. Vida a la que, se nota, ella se ha entregado, y que por suerte para los lectores, ahora nos transfiere a nosotros en un entrañable libro.

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