La vitrina vacía

Por Raúl Novau. Posadas, Misiones. Escritor.

El tiempo que insumió en sellar la alarma del área fue más de lo previsto. Aun así disponía de un cómodo margen, calculado con meticulosidad y riguroso orden mental. Caminaba con sigilo en un terreno que le era familiar. Una conducta de sumiso servicio de jardinero en el amplio predio del museo avalaba la confianza depositada en él de sus jefes. Sin duda, esa confianza permitía que tuviera posibilidades de moverse libremente entre los canteros de flores, el invernadero y la caseta de herramientas. Incluso de noche aduciendo que esas horas eran adecuadas para preparar los abonos y fertilizantes. Eso sí: tenía prohibido entrar al museo. Fue componiendo memoriosamente en base a  atisbos y observaciones clandestinas el interior del edificio, sus secciones y plantas y la ubicación de sensores fotoeléctricos. Ahora podría acceder hasta con los ojos vendados sin tropezarse con las piezas arqueológicas. Y localizar perfectamente donde estaba ella.

Tras percatarse que desde la garita seguía el monótono relato de algún partido de fútbol, cambió de dirección en un imprevisto giro y penetró al local prohibido. La luz iluminaba desde lo alto la entrada desde la galería. Y tenue se esparcía dibujando los contornos de las vidriadas vitrinas. Algunos de los cráneos expuestos soltaban pálidos brillos. Una vez al mes los fregaban cuidadosamente con antisépticos y aerosoles contra hongos. Ahora estaban inmersos en un claroscuro que él podía vislumbrar entre los pasillos y avanzar con pasos cortitos, sus pies desnudos y seguros en la esponjosa alfombra.

Entonces aprovechó frente a la vitrina seis pegada a la escalera de caracol y habló con ella. Se concentró para que las palabras fluyeran espontáneas sin opacar el vidrio transparente y confluyeran sus decires al abrir la vitrina. Que pronto terminaría tu penoso y cruel sacrificio alargado en el tiempo del suplicio sin descanso, bisbiseaba él, que la deuda de la búsqueda llegaba a su fin último con el próximo acto. Ella aprobaba parecía al pasar el fino aire entre las amarillentas piezas dentarias, en un pasaje seseante al borde del hálito, que el tiempo sin medida desbordaría hasta que él decidiera pues era el ungido por las señales de las deidades. Sí abuela, se contestaba, estaba seguro de esa fe en el camino por recorrer contigo, que todo saldrá bien, abuela. La débil carne ha sido muerta cuando me trajeron, sí abuela, cuando dije sí me morí, pero quería curarme del mal horrible de la cara, esa marca que tenía desde nacida y entonces me trajeron y yo dejé el tekoá para nunca regresar. Nací marcada y me trajeron, ahí fue que me quedé mirando los pindós en las nubes del cielo, sí abuela se contestaba, entonces se me ocurrió que ya quería volver, pero siempre me esperaba esta esclava luz extraña. Atrás, muy atrás, quedaron los adioses del equipo explorador de los blancos, abuela. Te convencieron que ibas a ser linda sin el labio del conejo, la ciudad enceguece, abuela, y tiene manos que manejan los hilos como arañas. Entonces te curarían de la estrecha y profunda hendidura en la cara, en la sala quirúrgica de la Facultad. Esta esclava luz extraña les sirvió de guía a los alumnos. Y después fui olvidada en un rincón de un patio grande lleno de macetas con plantas. Pero ya había muerto resignada.

Entonces él se quitó la gorra y extendió las palmas a los cielorrasos de yesos, sin leer en el pedestal femenina aché con cisura. Y contener la respiración mientras sus dedos se deslizaban tensos sobre el cristal. Lo distrajo sí un reflejo instantáneo que se escapó ascendiendo las escaleras al levantar la tapa. No pudo contener un ligero temblor en las manos al introducirlas en el dominio de ese aire cautivo que nubló su vista por un instante. Y continuar con los ojos cerrados rozando las rugosidades, musitando ¡libre, libre!, palpando la ranura oblicua desde el maxilar hasta los molares. Un zumbido creciente aleteaba en sus oídos. Conjugando los dedos en un delicado contacto acarició las sinuosidades de las órbitas, las agujitas de la nariz y el surco de la sesera. Un suspiro prolongado aprisionó como un suncho su garganta donde bullían las lágrimas.

A la penumbra reinante se le agregaba el silencio del ambiente. En la sala contigua se mostraban cestas, puntas de flechas, morteros y dos o tres húmeros y falangetas con uñas en los catafalcos de vidrios esmerilados, enfrentados con sus cartelitos colgantes. Era un reposo solemne donde la eternidad parecía adueñarse del lugar a través de la débil claridad. Él no pudo aguantar un pequeño acceso de tos, que resonó en los altos y se apagó en ecos como olitas en la playa. Escudriñó más allá de los ventanales sin notar algo anormal. Sólo esperaría el momento oportuno. Podría lentamente relajarse en sueños. Pero trataba de permanecer lúcido observando hipnotizado la caja de cristal como si esperaba que ella saliera y levitara hacia él.

Perdió el tino del tiempo mientras el amanecer se asomaba a los celajes del pórtico. Pero debería, al menos, acordarse de las palabras que significaban la promesa del resurgir a la vida. Pues ya estaba alzando la cabecita sosteniéndola en lo alto para el verdadero viaje. Temblaban de ansiedad sus manos y ella oscilaba como si cobrara vida de repente. Tanto tiempo insumido en peregrinar hasta dar con ella en el museo, aprender de los blancos sus modos, contestar preguntas de jardinería y herboristería natural, sumisión sin irreverencias de su parte para proteger en lo más íntimo de su ser el secreto de su cometido. Ahora solo atinó a farfullar algo impreciso. Debía armarse de paciencia y vigor para enfrentar la guardia. Poseía el bagaje intacto de su férrea voluntad en recuperarla más la promesa sagrada al padre moribundo. Cabeceaba balbuceando las plegarias. Suplicaba que el camino sea benigno. Estaba en trance con la fuerza de su nombre designándolo para este fin de la gran sabiduría, el único y portentoso que haría en su vida. Su comunidad lo esperaba en el abra del monte que aún persistía como una isla desolada.

El bolso estaba con la cremallera abierta. Un leve resplandor se potenciaba desprendiéndose de las claraboyas. . Volvió a levantar lo que pudo su reliquia a la insinuante nueva luz del amanecer y la mantuvo en alto, cabizbajo. Después suavemente la depositó en la mochila y colocó dos ramos de flores en las órbitas oscuras y calzó sus zapatones Al abrir la puerta sintió removerse el aire y oyó el trinar de los pájaros en las arboledas. También el rechinar de un portón invisible y el lejano fragor del tránsito en los bulevares. Aspiró el aroma de los gladiolos y floresta circundante. Al caminar se balanceaban los ramos por la senda de pedregullos entre los cuidados jardines. Divisó los redondeles inútiles de luz de las jirafas prendidas que marcaban débilmente la silueta del portero tras la ventana.

-¡Eh Julián! ¿Y esas flores?

-Con mi abuela viajan.

Y pasó el portón sin decir adiós.

 

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