Olinda

Por Quique Uffelmann. Posadas, Misiones. Músico, diseñador gráfico

Bed’s too big without you
Cold wind blows right through that open door
I can’t sleep with your memory
Dreaming dreams of what used to be


The Bed’s Too Big Without YouThe Police

El invierno se hace sentir en Barcelona, las calles gélidas están vacías de caminantes, los árboles secos perecen lentamente, aletargados por el frío.

En el pequeño departamento Olinda acaba de despertar, alarmada por la queja que llega desde el comedor.

-¡Oh, es lo último que me faltaba!

–  ¿Y ahora qué pasa Víctor? – Pregunta ella desde la cama.

-A las ocho harán un arreglo en el tablero de electricidad de cada piso de la finca. Me cago en la hostia, justo hoy que tengo entrega en la editorial.

-Ah, es eso – responde ella, incorporándose de la cama,  sin comprender muy bien de qué se trata el asunto.

El invierno catalán la pone taciturna y melancólica, la vida en esas tierras lejanas se le hace cada vez más dura, debe desdoblarse en mil partes para sobrevivir y los sueños que acompañaron su arribo a estas tierras se desvanecen en la mañana gris.

-Olinda, ¿es que acaso no entiendes lo que ocurre? Si no llego a terminar los dibujos antes del corte de energía todo se irá a la mierda y estaremos bien jodidos.

Ella deja caer un suspiro y echa su larga cabellera oscura hacia atrás. Comenzar el día discutiendo se ha vuelto una rutina que sólo logra sumirla más en la tristeza. Como un acontecimiento excepcional en la ciudad, hoy amaneció nevando. Bebe el café caliente de a sorbitos, en silencio, mirando el paisaje invernal a través del ventanal del comedor. Se agolpan los recuerdos de su infancia, tan distantes esos días en los que el mundo era ir a la escuela, tomar la merienda por las tardes y asistir sin falta a la academia de danzas. La mañana del lunes pesa en sus hombros, tan temprano.

Se acerca a la mesada de la cocina con su taza ya vacía y abre el grifo para lavarla.

-Bueno Victor, creo que tendré que regresar más temprano para organizar la cena y tú puedas seguir trabajando hasta el corte de energía. Después de todo, es sólo una hora.

-Ya, tienes razón, de alguna forma nos arreglaremos.

Olinda se aproxima y le da un beso leve en la cabeza. Victor, el catalán que la deslumbró ni bien llegar a la ciudad, y que ahora lo siente tan distante. Su carácter impulsivo la agota, los repentinos arranques de mal humor son demasiado frecuentes.

Hace dos años y poco más que viven juntos. El idilio había comenzado en forma de salidas a cenar o al cine, seguidas de fogosos epílogos amorosos. Era verano  y solían emprender largos paseos en bicicleta, que culminaban con una zambullida en el Mediterráneo y unas cañas en la Rambla de Poblenou. Esos días ahora parecen una foto que acumula polvo en el fondo de un estante.

Olinda se siente inmersa en un ciclo que se repite una y otra vez, una especie de espiral que se cierra sobre sí misma y la asfixia, como una serpiente pitón que atrapa a su presa antes de deglutirla.

Con esta carga de pensamientos, sale a enfrentar el día, enfundada en su abrigo. No está segura de qué ocurrirá en esa hora sin energía eléctrica por lo que empieza por tomar el recaudo que le parece más simple: comprar velas. Se dirige a El Corte Inglés, que está de paso del instituto de danzas al que asiste en sus escasos días libres y elige velas de diferentes tamaños y colores. Unas gruesas cilíndricas de color blanco, otras delgadas prismáticas de color azul, otras alargadas y trenzadas de color rojo. Una caja de largas y elegantes cerillas, como las que se utilizan para encender una hoguera, completa la provisión de la luz sucedánea.

Sale del local. Ha dejado de nevar. El sol se asoma tímidamente en el cielo de la Villa de Gracia. Olinda sonríe para sí misma y aspira con fuerza el aire invernal. Recuerda que en algún rincón del cajón donde guardan los trastos están unos candelabros antiguos que compró hace años en el mercado de pulgas de San Telmo y que es una de las pocas cosas que trajo consigo desde Argentina.

Mientras camina, piensa en Almudena, su compañera de la academia de danzas. Quizás sea una buena idea invitarla a su departamento esta noche en que quedarán sin luz. Almudena toca el violín y gusta de las charlas distendidas acompañadas de un buen vino. Olinda detiene su andar, imaginando qué dirá Víctor ante la propuesta. Duda. Abre su raído bolso de cuero marrón y saca el móvil. Comprende, no sin pesar, que Víctor no es un hombre dado a las sorpresas y que ha construido un cerco alrededor de sí muy difícil de franquear.

Víctor atiende el llamado a los pocos segundos. Su voz suena desconcertada al principio.

-¿Quieres invitar a Almudena a que venga a tocar el violín, mientras tanteamos las cosas en medio de la oscuridad? – Olinda escucha sin saber qué decir.

-¿Te has vuelto loca? Y cuando regrese la luz tendremos que albergar hasta quien sabe qué horas a tu amiga, con su parloteo sin fin. Por Dios, déjate de tonterías.

Baja las escaleras y entra al metro. En la multitud de pasajeros cansados distingue un artista ambulante. Un mago practicando sus trucos. Lo observa y piensa: por favor, haceme desaparecer.

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