César Bisso: tras la palabra que habita los esteros

Por Mariana Rinesi. Ciudad de Corrientes. Escritora, licenciada en Letras, abogada.

A finales de septiembre de 2021 el poeta santafesino César Bisso se aventuró en un recorrido por localidades aledañas a los esteros del Iberá, en busca de “configurar un nuevo registro de escrituras y ponerlas en valor, darlas a conocer”, brindando a la región de los esteros “su lugar en el mundo literario”.

En este breve artículo dialogamos con él y, en su compañía, nos sumamos como ávidos espectadores a un viaje de descubrimiento, poesía y fraternidad.

César, ¿qué motivó en lo personal este recorrido por localidades que limitan con los esteros?

—La idea viene de lejos y no creo que tenga ninguna originalidad. Sólo se reduce a mi curiosidad por conocer voces de otras regiones, nuevas estéticas, nuevos anclajes literarios; llevar a cabo un periplo por los pueblos aledaños a los esteros del Iberá con la idea de conocer y entablar relaciones con poetas y escritores lugareños, a fin de recopilar textos de diferentes facturas, estilos de escrituras, experiencias propias de la realidad cotidiana. Y, sobre todo, introducirme tímidamente en la naturaleza y la cultura ancestral de esos pueblos. Después, presentar el respectivo informe y ver la posibilidad de concretar un trabajo colectivo con las nuevas voces del Iberá.

Desde lo formal-metodológico, ¿qué objetivo guio el proyecto?

—El proyecto consiste en recopilar escrituras de nuevas voces que representen el sentir de esos pueblos, concentrado en historias, costumbres y vivencias del quehacer cotidiano. Y que dichas escrituras, con sus diferentes formas y estilos, constituyan un lenguaje propio, para evaluarlos y situarlos dentro de un esquema de análisis: si reflejan la permanencia de la tradición, si están identificados con la cultura guaraní, o si orientan sus escrituras al intento de comprender y cuestionarse la realidad que viven actualmente.  En síntesis: saber si a través del lenguaje se continúa fortaleciendo la identidad, surge una ruptura con sus antepasados, o existe un entrecruzamiento de formas y estilos.

Y en la práctica, ¿cómo se fue articulando esta aventura?

—Les conté la idea a dos grandes amigos, que inmediatamente se ofrecieron a acompañarme como guías: Alejandro Mauriño y Tony Zalazar. El primer intento fue en el otoño, pero la cuarentena nos obligó a postergarlo. Quedamos para la primavera. En invierno ocurrió lo imprevisto: las muertes sucesivas de Tony y Alejandro. Algo terrible, que me partió el corazón. ¿Cómo seguir?, dije. Entonces Bettina Fernández, otra amiga de la capital correntina, me sugirió el nombre de un joven poeta de Caá Catí, Yamil Monzón Geneyro, que se convirtió en el nuevo guía. Así que él organizó el recorrido y se puso en contacto con escritores locales. El 30 de septiembre comenzamos la aventura en la ciudad de Mercedes, junto a Yamil y Ari Durán, otro buen amigo que nos acompañó con su canto.

¿Cómo es adentrarse en un panorama poético que desconocemos o apenas intuimos?

—Fue un recorrido vertiginoso, encuentros diurnos y nocturnos, según los contactos y las posibilidades de hallar a los escritores en su lugar de residencia. A Loreto no llegamos, pero mantuvimos una charla en Caá Catí con Natalia Dobiak, nuestro contacto en aquella ciudad. En cada lugar se vivió una experiencia distinta. Por ejemplo, en Mercedes llegamos al cierre de la semana de las letras mercedeñas, donde los escritores locales estaban realizando un encuentro presencial y también virtual con escritores de otras regiones. Apenas arribado me invitaron a participar en el cierre con una lectura de mis poemas. Una verdadera prueba de afecto y confraternidad. A la noche, vino, empanadas y chamamé, con una decena de poetas y músicos locales, como Celia Balbastro de Viota, Nélida Arsuaga, Mabel Mambrín, Graciela Estigarribia, Mirta Estigarribia, César López, Juanchi Vallejos, Omar Velásquez. Luego pasamos por Mburucuyá y visitamos a Abel Fleita y Karin Jensen; en Concepción nos recibió Gastón Ramírez. Con ellos mantuvimos diálogos donde nos supieron explicar cómo interactúan entre autores locales, ya que no tienen grupos literarios integrados y además algunos residen fuera de sus pueblos. La gran sorpresa fue San Miguel, no sólo para nosotros, sino también para los lugareños, ya que se montó un gran encuentro organizado por Guadalupe Quirós y donde participaron Salvador Vitalia, Bárbara Obregón, Eugenia Miño, Victoria Romero, Edgar Piñeiro, Ramón Rodríguez, Agustín Maciel y Luis Babín. Fue un acontecimiento increíble, con poesía, relatos y música, que animó a los convocados a participar en futuras reuniones grupales. La última experiencia la vivimos en Caá Catí, un pueblo donde se respira poesía. Cuna de poetas cómo ellos suelen nombrar con orgullo a su pueblo. Allí asistimos a un encuentro con los jóvenes integrantes del taller literario de Pájaro de Tinta, coordinados por Heraldo Vallejos. Sus nombres, Melisa Cáceres, Anabella Sánchez Negrete y Alex Souto. Y también nos volvió acompañar el narrador Edgar Piñeiro. Al día siguiente nos recibió el intendente Jorge Meza, que apoya y acompaña con mucho fervor todos los emprendimientos culturales, al igual que Matías Geneyro, el director del área.

Realizada esta primera aproximación, ¿qué pasos siguen a continuación?

—Ahora estoy trabajando en el informe final, que condensa todas las actividades desarrolladas durante el viaje, desde reuniones con representantes de diferentes localidades hasta lecturas públicas realizadas en otras. En cada lugar fuimos recibidos con mucho afecto y de cada escritor hemos percibido la voluntad de participar en el proyecto. Espero que durante el mes de noviembre pueda presentar el informe y luego ver si al Fondo Nacional de las Artes le interesa llevar a cabo una segunda etapa, que sería agrupar las diferentes escrituras de estas voces vigentes y conformar una especie de presentación literaria, con un estudio previo de las propuestas de los autores relacionadas con la situación sociocultural de cada lugar. Tal vez sea necesario conocer un poco más el campo de exploración para saber hasta dónde se puede llegar. Pero se necesita de otro aporte financiero. Porque esta primera etapa se costeó con nuestros recursos y con la calidez de la gente que nos albergó en sus hogares durante una semana. Pero me reconforta que puedan aparecer otros interesados en sostener este proyecto, así que durante el año próximo lo podríamos ver cristalizado en un trabajo colectivo, tal vez en forma de libro.

¿Qué particularidades te llamaron la atención de la poesía con la que tuviste contacto en cada localidad en este primer acercamiento?

—Provengo de Coronda, una ciudad santafesina ubicada a orillas del río homónimo, que es un afluente directo del gran Paraná. Una región de islas, arroyos, lagunas, montes, humedales. Una biósfera bastante parecida a la que impera en los esteros. Un pueblo con largas calles de arena. Nada me resultó extraño desde mi mirada de forastero, pero más allá del entorno físico era necesario acceder a los textos de los lugareños para encontrar determinadas diferencias semánticas. Reitero que mi idea central pasaba por saber si en las escrituras correntinas aún subyacen reminiscencias del lenguaje o la mitología guaraní; si el creador continúa atravesado por la naturaleza bárbara, como la llamaba Francisco Madariaga; o si han surgidos nuevos campos de acción donde irrumpen lenguajes asociados al hermetismo, al compromiso social o, yendo al extremo, motivados por secuencias de los algoritmos en las redes sociales. Pero debo admitir que nadie me esperaba con una montaña de textos. Este viaje fue de aproximación, de sumar experiencias, de cruzar las miradas, de plantear una propuesta y alcanzar la confianza mutua. Por ejemplo, en Mercedes encontré una cofradía de entusiastas escritores que vienen acompañándose desde hace tiempo; en Mburucuyá y Concepción, autores que aún trabajan de manera aislada; en San Miguel, el esmero de una apasionada funcionaria cultural que convocó a una reunión pública y casi una decena de incógnitos creadores se vieron las caras por primera vez; y en Caá Catí, la vigencia de un trabajo conjunto de artistas e instituciones, planificando actividades y productos culturales de envergadura, como ferias y encuentros, ediciones de libros y revistas, talleres literarios. El encuentro con la gente de Pájaro de Tinta, en su biblioteca popular, trascendió mis expectativas. Pero aún necesito recopilar sus obras, plasmadas en poemas, narraciones, letras de canciones. Me falta consumar una lectura ampliada, porque en este viaje pude escuchar algunos poemas y relatos de autores de diferentes edades, estilos y enfoques, pero ahora debo esperar el envío de las escrituras que ellos consideren pertinentes. Además, faltan otros creadores que residen fuera de sus pueblos originarios. No busco conformar una antología de nuevos autores, sino direccionar la búsqueda a un trabajo de exploración y divulgación de textos, que permita ver dónde está situada hoy la palabra y cómo la expresan las voces de esos pueblos.

¿Alguna conclusión u observación preliminar? ¿O aún es demasiado pronto?

—Me pregunto si sabré valorar esas voces que intentan reflejar y resguardar los secretos de la vida y la realidad de estos pueblos ubicados a las puertas a los esteros. Seguramente me encontraré con un escenario donde fluctúan escrituras de autores de diferentes edades, aún no visibles, todavía ocultos detrás de la palabra y del reconocimiento del otro. Ellos sabrán de la calidad y la importancia literaria de sus textos. Es cuestión de abrir la puerta y salir a la intemperie. A lo largo de mi vida literaria conocí personalmente y por medio de lecturas a muchos poetas y escritores correntinos consagrados. Creo tener un vasto panorama de su literatura, la cual admiro mucho. Es probable que sea muy apresurada mi conclusión, pero al menos intentaré arriesgarme a conformar ese registro. Veremos hasta dónde llego.

—Vayamos a las vivencias íntima que trasvasan todo proyecto: ¿Qué significó en lo personal el “saber estar” en los esteros del Iberá?

—Fue una práctica de reconocimiento del lugar y de sus actores, pero cuando nos internamos una mañana en los esteros y pude percibir ese ambiente salvaje con sus alucinantes criaturas, sus aguas y su vegetación, sentí un fuerte estremecimiento y me di cuenta de lo insignificante que es el hombre en medio de ese maravilloso universo. Ojalá la palabra y el ensueño lo salven, pensé.

Para finalizar, ¿algún rasgo de la cultura aledaña a los esteros que te haya resultado llamativa?

—Lo que más me llamó la atención es el rol protagónico que tiene el chamamé en la historia cotidiana de esos pueblos. Todos los artistas que se cruzaron en el camino están impregnados de esa música, que está latente siempre, como marcando el ritmo del trabajo, de los momentos tristes y alegres, de los sueños, del amor, del espíritu creativo. El chamamé es el rezo del tiempo, el buen día y el hasta mañana. Y cada mujer y cada hombre común, o cada poeta, cada narrador, es probable que no puedan soslayar su esencia y su presencia, aunque la escritura vaya por otro lado. El chamamé es parte irreductible del paisaje y la idiosincrasia lugareña. Memoria y pasión que andan felizmente libres.

Imagen: César Bisso (tercero desde la izquierda) en uno de sus encuentros con referentes de las letras locales.  

2 Comments

  1. Me parece bueno que César se haya aventurado a conocer nuestros Esteros de Iberá, y que lo haya hecho en un entorno de amigos, una lástima que lo previsto no haya sido con Alejandro Mauriño que le hubiera dado una visión objetiva y de conocedor como lo habrá pensado él. No obstante lo que Cesar hizo, fué un vuelo de pájaro y lo estimulará para continuar su investigación.

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