Summa Baiulus, del espanto y el fulgor

Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico, Misiones. Escritor y médico.

El escritor Carlos Piegari ha publicado recientemente un libro con un título hermético Summa Baiulus. La editorial es ConTexto con sede sede en Chaco y Corrientes e inaugura junto con otra obra de Daniel Omar Luppo la colección Zona Insular que dirige Francisco Tete Romero.

Piegari nació en Buenos Aires, a mediados de los años noventa se estableció en Posadas, luego emigró a Barcelona por casi veinte años y ahora regresó definitivamente a Misiones. Con formación en guitarra clásica, trabajó como músico y compositor durante su juventud, a la par cursó estudios de filosofía, fue Director de Cultura de la Municipalidad de Posadas y se especializó en cooperación intercultural iberoamericana. Sin embargo la literatura, presente desde la adolescencia, siempre destacó como su recurso expresivo vital. Aunque él pretenda no abundar sobre este tema, fue responsable de canciones vinculadas al rock argentino (junto con Charly García y Alejandro Correa) que dejaron rastro en la memoria colectiva de varias generaciones. 

En 2018 Ediciones El Transbordador le publicó Kitschfilm en Málaga (España). Si ya con esta primera producción Carlos nos había dejado en claro que era un escritor atípico y arriesgado, ahora, con su nueva obra, refuerza ese adelanto. ¿Por qué? Porque nada hay en ambos libros, comenzando por los títulos, que se apegue a lo convencional en el modo de escribir una historia. Si antes persiguió los largos trancos de un alemán bohemio, escritor y pintor nazi trasplantado a la selva guaraní, obra comentada oportunamente con la profundidad académica que caracteriza a Osvaldo Mazal, ahora vuelve a asombrarnos con los avatares de un baúl. ¡Un baúl! Pero ojo que no es cualquier bártulo.

Si el planeta está lleno de bultos y maletas que se cruzan inexorablemente en todas direcciones, el arca o equipaje de Piegari posee la particularidad de haberse construido casi cuatrocientos años antes y unir las aventuras más insólitas de los desarrapados del mundo, y es testigo de huidas clandestinas, a la noche, en carromatos sevillanos, alzado en barcos que parten a la buena de Dios; y en su barriga atesora la memoria gravitacional del espanto de la historia humana. Pero esto no es nada. En los flejes y remaches, en las intersecciones de su viejo maderamen es seguro que guarda los sonidos chirriantes de la usurpación de la conciencia de amores que ni el Atlántico pudo diluir, ni Manhattan tapar, ni lograron apunarse en las alturas magníficas de Palpalá. El baúl piegariano es una especie de vinilo, de cassette, de pendrive, un grabador entre analógico y digital de los desquicios y transformaciones de la comparsa de un corso a contramano.

¿Cómo reseñar el caos del mundo? ¿Cómo contar una novela donde lo que se pone adentro de la caja es más de lo que cabe? Y todo entra, todo; y sale, sale más de lo que se supone, por magia de la excelente literatura de Carlos. Quizás por eso lo de “Summa”, que significa una totalidad, pero a la vez es un compendio de un conjunto de cosas. Aquí es como una enciclopedia de siglos que no se presentan en forma lineal o cronológica, sino alterada por las vibraciones quánticas del recuerdo, o la ilogicidad de los sueños.

Baiulus es el bagaje, es un vientre, un dispositivo, una tira de intestinos que guardan susurros de una meretriz, silbos de Kolo de Portella, la cara pasmada de una china tuerta, un corset de Frida Khalo, y podría continuar nombrando personajes y enseres de asombro. Si los lectores quieren diversión podríamos asumir el papel de presentadores de feria, esos mariscales con galera a la entrada de los circos o parques de entretenimiento: “Pasen, señoras y señores, pasen y vean el juego de la civilización humana. Toda la kermese es para ustedes, hay humor, pasión, aventura. Pasen y festejen estos capítulos donde retoza la imaginería más desopilante”.

La historia de Summa Baiulus está llena de humor y picos de delirantes guiños. Contemos uno, solo uno: Cuando los personajes andan por Asunción, con el baúl, claro, vendiendo chafalonías y objetos falsos como si fueran verdaderos (¡en Paraguay tan luego!) aparece un tal Omar Bachán, guitarrero, bebedor y peleador, y se van a dormir todos juntos a un cobertizo de paja que termina incendiándose por una trifulca donde estalla la vihuela de Bachán que estaba llena de monedas. Más adelante en el libro la prosa torna trágica con el debut en la novela de Omar Chabán y su República de Cromañón, que también se quema.

En otra parte podemos regodearnos con un profesor del bel canto que deambula con una colostomía y que se ríe de los alumnos, literalmente se caga de risa por el ano contra natura. Quizás la parte más cómica y bizarra de este insólito libro. Hay también páginas dolorosas, como cuando se habla de los desaparecidos durante la dictadura cívico-militar. Se pasean (es un decir) por los capítulos otros múltiples personajes. Sujetos y objetos en tránsito perpetuo como si emularan señales de un electromagnetismo inexplicable. Elpidio Bottini, el pintor solitario que ya asomó por Kitschfilm, Ubaldo Grassi-Shouters especialista en griego y latín que envía datos racionales para intentar ordenar tanto descalabro irracional, el mago Robinson y su perro callejero, el líder de una secta amazónica, un espía de Pinochet llamado hace siglos Arancibia Candel que reencarna como Arancibia Clavel y asesina con una bomba al General Prats, Nivke y Kevin, y el poder agorero de los tintes, los Chuquisaka Warriors, la vieja de la panadería, Erica Jaramillo conocida en el ambiente de la música hip hop como Queen Melody, un lejano ¿pariente? del mismo Piegari traicionado por el partido comunista italiano, en fin el desfile es, como suele decir él con sus palabras destiladas entre Buenos Aires, Posadas y Barcelona: muy friki.

Yo creo que la teoría de Carlos Piegari es que existe (el baúl es el testimonio fehaciente, el informador) en alguna dimensión una memoria de los aullidos de las hogueras, y cámaras de gas o tortura, pero también de la risa, de la alegría, del fulgor. Me atrevo a sospechar… en lo que escribe Piegari hay un dodecafonismo arrítmico y atemporal. Sólo es necesario conocer las intersecciones y sustituciones que en esta especie de ordenadas y abscisas cartesianas de la historia se produjeron, o sea: parar el oído, abrir los ojos y tener en cuenta con quien nos cruzamos en la vida. O sintetizándolo: leer esta magnífica novela.

 

1 Comment

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s