El niño de la carpa

Por Sebastián Borkoski. Posadas, Misiones. Escritor e ingeniero.

Otro julio de fría humedad en la sierra. Todavía es de noche, Jorge aparta el flequillo del rostro de su hijo para apreciar las frondosas pestañas cerradas, entrelazadas con fuerza para evitar que el brillo de sus ojos enfrente la oscuridad de un nuevo día en el yerbal. Estela termina de raspar el último rastro de carne de los huesos que sobraron el día anterior para darle un poco de sustancia al reviro que el chico debe comer al mediodía. A la noche se verá. Jorge mueve un poco las manos preparándolas para la cosecha. El rocío las quema; también lastima su cansado codo izquierdo. No importa, parece que no va a llover, eso es bueno. Debe juntar unos trescientos kilos por lo menos para que la paga les permita comer durante los próximos días. El codo tiene que aguantar, tiene que sacar fuerzas de cualquier parte, así como lo hizo durante todo el viaje en camión para impedir su caída. Al menos el chico y Estela habían logrado viajar sentados, rebotando en el piso de madera.

Besa las manos de su hijo y desea que la suavidad que sienten sus labios nunca desaparezca. Ajusta una vez más las estacas que sujetan el polietileno negro al que llama techo y desaparece en el laberinto de verdes paredes que hay que desarmar. Todavía queda bastante. Éste es de los grandes, un sólo dueño. Hay que caminar un poco, pero ya no hay que mover el campamento hasta que termine la época de cosecha; entonces sonríe mientras comienza su marcha. La sonrisa es efímera porque ve las plantas ya desnudas a su paso, peladas, sin vida, y reconoce en ese paisaje las futuras penurias. Son cuestiones del mañana. Por ahora sus manos responden bien, pero sabe que después de unas tres o cuatro horas su rendimiento habrá de caer como en los últimos días. Con voluntad, arrastra la ponchada hasta la próxima planta. La ayuda que necesita para llegar a los trescientos ya llegará. Ella todavía está ocupada.

Estela reaviva el fuego, falta un poco para que el sol caliente y la ropa del chico todavía no está seca. El niño tose y se despierta. Hay que darle de comer. Él toma la chuchara y ataca la olla. Todo lo hacen en silencio. La madre solo le habla para advertirle que no debe abandonar el campamento. «Papá y mamá trabajan, usted se queda acá y se porta bien», remarca. «Es peligroso, hay hombres con machetes afilados, tigres, víboras y más cosas jodidas».  Ya está alimentado y asustado. La barriga se hinchó con la harina, sabe que va a aguantar algunas horas. Comerá algunas cucharadas más al mediodía y, solito, intentará dormir la siesta para que otro día pase, otro día encerrado en el yerbal, otro día solitario, otro día jugando con ramas, tierra y hojas verdes.

El niño está solo, una tos seca no lo deja dormir la siesta. Escucha voces a lo lejos, se preocupa y sale a buscarlos. Los ve, de lejos ve el movimiento del follaje. Los encuentra guiado por el sonido del esfuerzo, pero no se muestra. Espía, observa cómo su madre apoya sus manos en las rodillas recuperando el aliento unos minutos para seguir sin detenerse. Jorge para unos segundos para masajear su codo y darse ánimos con balbuceos torpes. El niño abraza, aprieta y tritura con sus manos las hojas que se doblegan ante su fuerza.

Ya el sol comienza a ocultarse tras la sierra, dos hombres palmean a Jorge en la espalda. Observan a Estela y largan algún comentario sobre su delgadez, como para decir algo mientras hacen su trabajo. «Noventa y tres», grita el más viejo de los dos mirando la balanza. Jorge cierra los ojos decepcionado. Estela observa el suelo buscando hojas caídas por accidente. No hay. Se acercan a la última bolsa. «Uh, ésta viene mucho peor», «Ojalá te fíen para tu puchero porque hoy viene pobre parece che…». Entonces aparece el niño, cargando todo lo que puede en una bolsa. No son muchos kilos, pero sí los suficientes. Los padres no tienen fuerzas ni ganas de enojarse. Jorge toma las manos de su hijo y besa las ampollas reventadas, la carne viva y la sangre que brota de los pequeños y múltiples cortes. Estela rompe un pedazo de su blusa y le cubre las manos, lo levanta. El niño envuelve el cuello de su madre con sus bracitos. Ella se lo lleva a la carpa. «Arrancó medio temprano éste», comenta uno de los hombres. Jorge agrega a la tercera ponchada el montón de hojas que su hijo cosechó. Están sucias y manchadas con sangre, pero eso no importa. Una vez que la yerba esté empaquetada, nadie lo notará.

 

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