Caro diario

Por Alberto Szretter. Posadas, Puerto Rico, Misiones. Escritor y médico

Diarios, diarios, diarios, de Ana Frank, de Kafka, de Susan Sontag, Marguerite Duras, Unamuno, Alejandra Pizarnik, de Pessoa, André Gide, Anaïs Nin, de Gil de Biedma, de Dostoievski, de Enrique Vila-Matas y su dietario voluble, de Virginia Woolf, de Tolstoi, el famoso diario de Cesare Pavese…

¿Por qué se escriben Diarios? Quizás para dar testimonio de nuestro paso por la vida, pero esta es una respuesta fácil: hoy día (antes era en menor medida) todo queda registrado. El telefonito es el mayor alcahuete, guarda hasta los pasos que damos cada día. Ya no quedan registrados nuestros temores y amores en un libro con llave, sino directamente en la nube.

Existe en el impulso de escribir un diario algo íntimo y secreto, sobre todo si es sentimental. Peor hay Diarios de trabajo, de sueños, de reflexiones, emocionales, de recuerdos, de citas, de comidas, de encuentros y desencuentros. Tal vez se quiera poner ahí, en esas páginas personales, alguna verdad total, o una verdad a medias. Posiblemente por eso parece que el Diario conlleva la condición de confidencialidad. Lo que no sabemos los extraños es en qué medida. Porque nos consta que muchos Diarios de famosos son censurados por los autores o sus deudos o cambiados los nombres de los que se pasean por sus renglones ocultos.

El Diario es un amigo en blanco que va a escuchar un largo monólogo que en primera instancia quiere quedar ahí, atrapado. Es un confidente que suele tener dos épocas en la vida de los seres humanos: aunque se pueda escribir en cualquiera. Es en la adolescencia y en la madurez o vejez cuando se comienzan Diarios.

¿Se escribe ahí todos los días? No, en general no, se opta por dejar sentadas aquellas jornadas que nos marcan, algún daño que nos hicieron, un amor que hemos descubierto, y uno no anda encontrando amores cada día. O ponemos allí esas noches infinitas, o solo alguna que ya concluyó pero dura como un cimbronazo en todo el cuerpo.

Hemos conocido Diarios falsos. El de Emilio Renzi, por ejemplo que por interpósita persona hizo Piglia. Hay también Diarios apócrifos, falsos Diarios, o Diarios para que postmortem se desprestigie a alguien odiado de puro rencor nomás, que los hombres y mujeres somos jodidos por esa es la esencia del sapiens. Son los Diarios de los sinvergüenzas que bordeando lo novelesco y en base a ciertos rasgos verosímiles inventan pasiones que jamás existieron y alianzas políticas, por ejemplo, o simpatías que nunca se dieron. Hay novelas en forma de diario.

Nosotros, sin embargo y pese a todo, creemos en los Diarios. Quizás las o los amantes postizos no existieron nunca en algún amigo escritor o escritora, pero él o ella, le agrega morbo a la vida. Y ya sabemos que eso es la sal y la pimienta de la convivencia.

Muchas veces no sabemos para quién está escrito un diario, es más la mayoría de las veces ni el propio escritor lo sabe, porque esa es otra característica de los Diarios, se los hace para uno o para nadie. Desconfiamos de esto último pero ellos o ellas dicen que carece de importancia, cuando conocemos que todos tenemos un lector invisible omnipresente en el momento del teclado. El primer lector es la o el propio escritor/ra.

Debemos aclarar que nos gustan los Diarios, tienen un no sé qué que nos hace mirones, como si nos agacháramos a mirar por el ojo de una cerradura. Y nos regresa a ser un poco espías tras la cortina, o con el oído en la medianera del departamento o la cabeza sobre el muro del vecino. Reconocemos este defecto. Pero si leemos la infidelidad de Madame Bovary, o la transformación de Orlando de Woolf, o seguimos la sensualidad de Lolita, que no nos escandalice tanto fisgonear un Diario de alguien que creímos conocer o que vamos a conocer al leer su escrito íntimo. Sartre la denominaba a Simone de Beauvoir, mi Castor, y entre los dos en sus cartas y Diarios se confesaban mutuamente sus infidelidades con un desparpajo total. Lo que se dice, un amor libre.

Algunos escritos son rescatados como prueba de delitos inconfesables a los amigos y allegados más íntimos. Lo que prueba la versatilidad del género. Otros son documentos innegables de una fechoría. Y para muestra baste el hallado recientemente por las Fuerzas de Seguridad de una fronteriza provincia argentina donde se descubrió una aduana paralela. El jefe de la misma llevaba un diario (él lo denominaba “acta”) con todas las actividades, ilícitas por supuesto, como pase de personas y mercadería, con un registro minucioso de los peajes cobrados hacia Paraguay o desde Paraguay a la Argentina. La empresa tenía, dice, una “flota” de diez canoas y dos motos de agua, lugar para estacionamiento de los autos de los viajeros  con cobertura de media sombra, un pequeño quiosco, y otros servicios y sanitarios para las damas y los caballeros.

En una página de este año 2021, del diario incautado, dice que el precio del cruce en moto de agua es superior a lo que cuesta pasar en canoas “por razones obvias”, que tiene protocolizado el “pase motorizado: con barbijo y chaleco salvavidas” y además el “turista (sic) debe prenderse al conductor, de manera suponemos nosotros que uno puede hacer el viaje abrazado a un absoluto desconocido. En otra entrada se puede leer “Ayer fui a la Municipalidad para pedir un puesto sanitario a la orilla (en la entrada y salida al país) contra la covid. Quiero transmitir (sic) constancia de la preocupación nuestra por la salud de los clientes (sic). Y poner bien en claro que las autoridades municipales me negaron la iniciativa”.

El mundo da para todo. Solo que diariamente hay que dejarlo escrito.

 

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