Del amor y otros desvaríos

Por NEACONATUS

Gricelda Rinaldi ya es un referente artístico y cultural que trascendió primero los límites de la provincia de Misiones, luego se proyectó al resto del NEA argentino, fue ampliando su itinerario hacia Latinoamérica y en España supo también ganar espacios. ¿Cómo se la define? Pues toca casi todos los palos según la jerga del flamenco, es actriz, narradora de cuentos, directora, productora de espectáculos, gestora de eventos internacionales, cantante… En este artículo haremos foco en uno de sus últimos espectáculos: Del amor y otros desvaríos. No sólo por una cuestión temporal, sino por dos motivos que inspiraron esta reseña: la recuperación de una gran tradición argentina, el café concert y la aventura escénica del unipersonal.

Del amor y otros desvaríos ya lleva dos ediciones en Posadas, la primera en el Teatro Lírico del Parque del Conocimiento y la segunda en la sala Espacio Reciclado. Ambitos diferentes en cuanto a la cercanía entre protagonista, músicos y público. Pero antes de ocuparnos de créditos y programación, intentemos el ejercicio de recordar aquella experiencia casi “política” del café concert argentino que gracias a Gricelda Rinaldi, sobre todo en el sugestivo Espacio Reciclado, logramos revivir por una noche.

Los café concerts fueron locales que proliferaron a finales de los años sesenta en Buenos Aires cuando los militares se hacían la manicura en sus garras y el país comenzaba a descubrir que la vida era una película en colores. Si es necesario un certificado de nacimiento, sólo sabemos que fue un hijo bastardo de la Belle Époque francesa. De regreso al Río de la Plata revivimos espacios casi ya míticos: La Botica del Angel, La Gallina Embarazada, El Gallo Cojo, La Fusa, El Erizo Incandescente, El Vitral y tantos otros que abrieron y cerraron una época de “destapes” y “movidas” contraculturales. Escenarios donde ejecutaban sus experiencias sin red artistas y productores como Bergara Leumann, Lino Patalano, Edda Díaz, Antonio Gasalla, Carlos Perciavalle, Enrique Pinti, Cipe Lincovsky, Nacha Guevara, Alberto Favero, Les Luthiers… Gricelda Rinaldi en su ceremonia escénica conjura estos espíritus de una Argentina que se fue para no regresar jamás.

El matiz unipersonal con el actor en solitario, sólo acompañado por uno o dos músicos, frente a una platea expectante, nos lleva hasta las sociedades preliterarias y los orígenes de la teatralidad. Quizás un recurso de protección donde la imaginación se refugia en el mito y la ritualidad para, a través de la voz y las gestualidades, exorcizar miedos y misterios. El actor se la juega, debe sostener la atención cada segundo sin el apoyo de otros personajes. Como el equilibrista del circo camina sobre la cuerda floja allá en lo alto, protegido nada más que por la vara de su talento. Y Gricelda Rinaldi lo logra, cruza indemne el abismo de la exposición desnuda, la gente, ríe, lagrimea y aplaude. Misión cumplida.

La gacetilla de prensa define, Del amor y otros desvaríos es “un ensamble entre palabras, luces y música en el que como en un juego de cajas chinas, la actriz se metamorfosea en una diversidad de personajes y sus universos amorosos.” Muy acertada definición, pero ¿cuáles “universos amorosos” transita la Rinaldi? Son, la mayoría, mundos de mujeres que se tejen a través de relatos breves y canciones. Se asoma persistente un cierto perfume de melancolía que ella quiebra con estupendos recursos humorísticos, breves, casi imperceptibles, inesperados pero muy efectivos. La sustancia de las historias impregna el aire de emociones que remiten a un tipo de amor femenino donde suele destacar la renuncia. En tiempos del poliamor y la libertad de elección a ultranza cabe tener presente que no siempre la gente pudo decidirse por opciones libres y felices. La frustración sexual y amorosa, hasta no hace poco, determinó la vida de casi todas las familias. Así se construyó nuestra genealogía afectiva y erótica: callando, simulando, soportando, aceptando, resignando. Lo cual colmó a tope los divanes psicoanalíticos. Quizás por eso mismo en Del amor y otros desvaríos prima una heterosexualidad histórica porque (allá ité) era impensable abrir la ventana de encuentros homosexuales o lésbicos. Sin embargo Gricelda Rinaldi se las ingenia para deslizar algunos guiños cómplices ante un auditorio que, promediando la vida, algo de todo esto sabe. Tal vez porque más de una de las mujeres presentes lo anidó en su memoria, propia o ajena.

Los temas musicales que se engarzan con las narraciones invocan comparaciones ineludibles. La actriz supo construir su interpretación cancionística desde lo profano y visceral mixturando un fraseo casi decidor a lo Goyeneche con el apego a la línea melódica sin estridencias, a veces casi susurrada. Gricelda Rinaldi canta más allá de su aparato fonatorio, sus cuerdas vocales están en el corazón. Suenan reminiscencias que van desde una Susana Rinaldi a Adriana Varela. ¡Cómo luciría en su espectáculo el incitante Amándote de Jaime Roos! Muy bien suplido al cierre con el Ayer te vi de Rubén Rada.

Luz cenital y apagón. Los asistentes aplauden de pie. El truco del arte terminó, el conejo regresó a la galera y la maga desaparece por bambalinas.

Créditos

Gricelda Rinaldi cuenta con un equipo que sustenta su actuación sin que, muchas veces, el público repare en el arduo trabajo del acompañamiento y la producción.

Idea y actuación: Gricelda Rinaldi. Dirección y diseño de luces: Hernando Dávalos. Diseño de vestuario: Florencia Piccilli. Realización de vestuario: Raquel Tejerina. Músicos invitados: Piano: Marcos Domanchuk. Bandoneón: Juan “Pico” Núñez. Adapatación de textos: Gricelda Rinaldi

Programa

Textos: Mujeres de ojos grandes (Angeles Mastretta), Cuentos de Eva Luna (Isabel Allende), La niña sapa (Eraclio Cepeda), De una ventana a la mía (Carmen Martín Gaite), Fábula del amor (Tradición oral).

Música: Cuando tú no estás, Naranjo en flor, Nada, Malena, Como dos extraños, Serenata para la tierra de una, Donde quiera que estés, Ayer te vi.

Producción general: Grupo Ton y Son con el apoyo del Instituto Nacional del Teatro.

Imagen: Fotografía de Daniel Pereyra

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