¿Sueños?


Por Alexis Rasftopolo. Misiones, Posadas. Docente y escritor

Esa noche, Juan había soñado con un asesinato. Habían secuestrado y golpeado a un joven en la esquina de Estado de Israel y Barrufaldi. Eran dos sujetos vestidos de negro hasta los zapatos. No recordaba bien como eran, y cuando se dispuso a querer acordarse, un dolor fuerte, en la cabeza, lo terminó por despertar.

Estaba sudando. Miró por la ventana, abrió las ventanas de su habitación, como buscando un chorro de viento y, al hacerlo, sintió que a lo lejos se escuchaban los ladridos de los perros del barrio. Por un momento pensó seriamente: -¿Si fuera cierto…? ¿Si eso acabó de ocurrir aquí a la vuelta y yo de algún modo tuve conexión con ese hecho? No, es una tontería –se dijo-.

Después de haber tenido aquella experiencia onírica no pudo dormirse más.

Estaba intranquilo y, por alguna razón, temblaba y no paraba de sudar. Se levantó. Se puso unos pantalones y se fue al baño.

Hace dos años que alquilaba una habitación en una casa, allí, entre Líbano y Barrufaldi (Justo a la vuelta donde –en sus sueños- ocurrió el asesinato del joven). Su habitación quedaba a metros del baño. Para llegar a él, debía atravesar un pequeño pasillo que al costado izquierdo tenía unas puertas corredizas que daban a un balcón interno.

Por alguna razón interrumpió su ida al baño y corrió lentamente una de las alas de la puerta para meterse en el balcón. Allí afuera contempló las estrellas que inundaban el cielo aquella noche. La luna estaba más grande que de costumbre y quizás más luminosa.

Siguió mirando el cielo. Quizás balbuceó unas palabras, podría pensarse que empezó a orar. Y en eso, la quietud de la noche se quebró por un grito desgarrador. Juan tuvo mucho miedo. La piel se le erizó y su corazón le empezó a latir más rápido.

Miró a su alrededor: las plantas y los techos de los hogares aledaños era lo que divisaba desde allí. Escuchó a los perros que a partir de aquél alarido no paraban de ladrar y aullar.

Y no lo pensó dos veces: se vistió, bajó las escaleras a los saltos y se apresuró a la puerta que daba a la vereda.

¿Qué querría hacer?; ¿Iría allí a la vuelta, al lugar donde habría ocurrido -en sueños- el asesinato? ¿Y si no fuera un sueño y más bien era una premonición de un hecho concreto? ¿Si en verdad aquél asesinato realmente sucedió?; ¿Tendrían aquellos gritos horrorosos algo que ver con todo eso? Había una sola forma de averiguarlo. Y era realmente arriesgada. Pero se decidió.

Cerró la puerta de la casa y empezó a caminar no tan lento hacía el lugar donde habría acaecido el crimen. Siempre que volvía de su trabajo, o de algún lugar, transitaba por aquellas calles del barrio El Palomar, y algo se sentía raro en ese momento. Algo no estaba bien.

Le pareció a Juan que las veredas estaban más oscuras y en la calle no había ningún auto, ni siquiera estacionado. Algo lo preocupaba, los latidos de su corazón aumentaron el ritmo. Algo realmente estaba diferente en el aire. Sintió ganas de llorar, y esa debilidad se trasformó en coraje.

Corrió por Barrufaldi y dobló en estado de Israel. Cuando estuvo a 30 metros del lugar que vio en sus sueños, se detuvo. Sintió a continuación ganas de vomitar. Se arrodillo en la vereda y se metió dos dedos de su mano derecha hasta el fondo de la garganta. Sintió fuertes mareos y terminó por plancharse en el suelo.

El árbol que tenía en frente suyo, tapaba su cuerpo por completo. Tuvo suerte por eso. En un momento dado, del jardín abandonado que se encuentra a pocos metros de la esquina, entre Estado de Israel y Barrufaldi, salieron dos hombres vestidos de negro hasta los zapatos. Él los vio. Quiso correr y tuvo ganas de gritar. Después de haber visto a esos extraños sujetos se desmayó.

Era la madrugada del sábado.

Al día siguiente se despertó pegando un salto. Luego de unos minutos reconoció el lugar donde estaba: era su cuarto.

Suspiró.

Sintió como una suerte de alivio y cuando atisbó a ponerse los pantalones, de uno de los bolsillos cayó un papel amarillento y abollado. Juan estiró su mano y lo alzó del suelo. Cuando lo leyó, la hoja tembló entre sus manos. Alguien habría escrito con una cerilla oscura: “Nada fue más real que lo de anoche”.

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