¿Qué es literatura? O la paloma de Kant

Por NEACONATUS

La pregunta sin respuesta (The Unanswered Question) es una de las obras más conocidas del compositor estadounidense de música clásica Charles Ives. Pero por estos lares al arrojar esta piedra cada escritor tendrá su librito que responderá desde su posición a tamaña entelequia.

Según la RAE, literatura es el arte de la expresión escrita o hablada. Definición tan amplia que no nos dice nada. Buscando precisión por ahí leemos que es una manifestación especial del lenguaje. Pinta mejor. Podríamos agregar que es un producto de la imaginación, pero rápidamente nos damos cuenta que hay infinidad de obras que no son estrictamente de ficción, sino que se refieren a hechos y que, sin embargo, son consideradas literarias. Por otra parte existen tiras cómicas de superhéroes, que vuelan, que tienen mega poderes, totalmente irreales, que como dice Eagleton, no son tomadas como productos literarios. Paciencia, el inglés fue monaguillo de chico. 

A nosotros nos atraen los críticos que proponen una literatura como forma de escribir (o contar oralmente). Jakobson, por ejemplo, dice que en el tema que nos ocupa “se violenta organizadamente el lenguaje ordinario”. En otras palabras, usa el lenguaje que nos sirve para relacionarnos cotidianamente, pero lo altera en su textura, ritmo, significación y resonancia. El escritor se vale de una serie de recursos del idioma para producir un texto que aunque use palabras de la oficina del jefe de gabinete, la cocina de casa o el taller de chapa y pintura, no suenan igual, ni sugieren las mismas cosas.

Alfonso Reyes en cambio insiste en que hay literatura cuando la ficción o el suceder imaginario se encarna en una adecuada expresión estética, y que debe que distinguirse entre dos aspectos: el semántico o de significado (fondo) y el formal o lingüístico (forma).

El crítico mexicano afirma que en literatura no interesa contar algo porque sucedió, o porque se le ocurrió al escritor que podría pasar, sino porque es interesante en sí mismo (haya o no acontecido). Aquí ingresa a tomarse en cuenta, la intención. Por ejemplo, escribe Reyes, el proceso mental del historiador que evoca la figura de un prócer puede ser igual que el novelista, pero la finalidad de uno y otro es distinta. Hay algunos conceptos más para nombrar: el contenido de la literatura es la pura experiencia, la experiencia humana, no la pertinente a un determinado orden de conocimiento. También que la literatura aspira a ser comunicada, quiere ser comunicada, y lo pretende a través de la expresión lingüística de valor estético.

¿Qué es la literatura ancilar? Para Bello habría una literatura “pura” que enfatiza lo artístico de la palabra, donde la expresión se agota en sí misma; y otra literatura que él denomina ancilar, o auxiliar, que incluye elementos de otras disciplinas (historia, folclore, sociología), esta escritura es una literatura “·al servicio de”.

Regresemos al principio del artículo: ¿Qué es literatura? Pregunta que seguramente se la hacen también los jurados de los concursos, las editoriales cuando deciden publicar o no un libro dentro de su catálogo de “literatura…” o las y los señores Profesores y Magíster, etcétera, de las Facultades de Letras.

Desde la polémica Bello-Sarmiento hasta la tarea fundadora de Martí; y desde los estudios indispensables de Pedro Henríquez Ureña y otros incluso en nuestros días, tales aportes constituyen un corpus que en gran medida espera aún su apreciación, articulación y utilización adecuadas. Un capítulo decisivo en la historia de esa meditación fue iniciado por José Carlos Mariátegui al introducir el materialismo dialéctico e histórico en los estudios literarios.

Yuri Tinianov afirmaba en tiempos de forcejeos teóricos (primera mitad del siglo pasado) ya lamentablemente casi invisibles, que todas las definiciones del concepto de literatura fijas y estáticas, son liquidadas por la evolución. Los intentos de precisar con definiciones rasgos fundamentales, chocan contra el hecho literario. En el presente los/las que redactan se ponen a hacerlo sin importarles en absoluto tradiciones y vanguardias, ni siquiera han leído mucho (se les nota en la costura de la sisa). Cierto porcentaje de personas embargadas por el deseo de escribir lo hace por la simple fuerza de un impulso. Hay cosas, y la literatura es una de ellas, que necesitan tiempo, decantación. Un hecho literario actual, puede ser un hecho lingüístico el día de mañana, incluso al revés.

Fernández Retamar plantea dos tesis. Primero que existe una cultura latinoamericana con una literatura de características propias, y segundo que dentro de esas manifestaciones coexisten también dos tradiciones: una la reivindica y otra la combate o reniega. Evidentemente el continente ha sido colonizado lingüísticamente, pero la lengua puede ser utilizada con fines diferentes de la dominación, o con metas distintas a las que posee el poder. El mejor ejemplo es Calibán, el personaje de La Tempestad de Shakespeare, que aprendió el idioma de Próspero, pero lo usa para injuriarlo.

En este breve repaso de teóricos que merodearon alrededor de lo que es literatura, no podría dejar de estar Sartre y su famoso ensayo. El pensador francés postulaba un mensaje directo, comprometido con la sociedad y el momento que nos toca vivir: “En las obras comprometidas la evasión queda descartada, la literatura no debe ser el arte despreciable de pensar en otra cosa, sino el arte de pensar más profundamente” las cosas. Suena muy bien, pero en 2021 resulta medio difícil de digerir.

El compromiso del escritor, la responsabilidad, se encuentran, por tanto, en si se quiere o no participar activamente a través de la literatura en la transformación de la base, en la organización de la sociedad, en aquel discurso hegemónico que hemos naturalizado como sentido común pero que es completamente ideológico y ajeno a nosotros. Esto también luce estupendo pero es inverificable en la realidad cuando se vive en regiones del planeta donde los intereses proselitistas definen hijos y entenados, subvenciones graciables y difusiones disciplinadas. Dejamos la autopista y tomamos un camino vecinal, paramos en una estación de servicio y nos encontramos con Peter Sloterdijk y Jürgen Habermas entreverados en una pelea a piña limpia. Sloterdijk pega fuerte y grita que la crítica y los escándalos han muerto por culpa del buenazo de Habermas, a esta altura arrinconado contra una pared, que promovió una dictadura de la virtud socioliberal. Un discurso que nos vendió el “amansamiento” humanístico del hombre mediante la lectura obligada de unos textos canónicos (¿Qué tal?). Se baja de un auto Paul Auster y tira una patada de judo diciendo que la realidad no existe si no hay imaginación para verla. Pero se suma Javier Aparicio Maydeu (catedrático de la universidad catalana Pompeu Fabra) y trata de separar a los hooligans de la palabra escrita alegando que la literatura ha estallado fragmentándose en subgéneros y tendencias que se replican según una entropía de mercado donde los autores, las agencias literarias, los editores y las grandes cadenas de venta online son las que, realmente, definen que es literatura y con qué nuevo nombre etiquetaremos los contenidos que nos inducirán a comprar.

Crucemos a otra vereda menos tóxica. José Antonio Portuondo, afirmó que el rasgo predominante de la literatura hispanoamericana no es la presencia absorbente de la naturaleza. Algo que aquí, en nuestra provincia (Misiones), los escritores quizás sintetizan como el “monte misionero”, sino la preocupación social, la actitud criticista de las obras, su función instrumental. Pudo haber sido así, pero hoy esa “actitud criticista” no la encontramos ni en el bar de la plaza del centro.

A Borges le parecía una equivocación la idea de que la literatura argentina debía abundar en rasgos diferenciales argentinos, y en el color local, para ser nacional. En otras latitudes (y en Argentina también) hay escriores con obras donde no está el paisaje, la topografía, la botánica, la zoología de sus paises. Y no están, porque no importan a la historia que están contando. Existe un libro árabe por excelencia, El Corán, donde no hay camellos. ¿Y qué? Fue inspirado por Mahoma que no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes.

Aquí nos acordamos, para cerrar por ahora nuestro artículo, de la paloma de Kant: cuando vuela y siente resistencia de aire, puede tener la tentación de creer que en el vacío volaría mejor, sin darse cuenta de que la aparente resistencia y oposición es precisamente el punto de apoyo que hace posible su vuelo.

La historia de la literatura latinoamericana (al menos) desde la época de la colonia hasta nuestros días es tan diversa y rica, que el carácter ancilar (para utilizar un concepto de uno de sus críticos) no fue obstáculo para su despliegue en obras memorables desde el sur del río Bravo hasta la Patagonia, sino condición indispensable, como -justamente- el aire de la paloma de Kant.

Si creían que esto terminaba aquí, pues estaban equivocados. La charla de sobremesa se alargó por que llegaron Cortázar, Piglia y la Carol Oates (medio achispados) vociferando que la posta la tienen ellos. Habrá que poner más carne en la parrilla.   

 

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