Lo camp: algo que no parecía serio y terminó siendo muy serio

Por NEACONATUS

Hacia finales del siglo XVIII y principio del XIX (estos límites cronológicos son arbitrarios, pero sirven para ubicarnos temporalmente) en Europa hubo una corriente artística que abordaba la plástica con absoluto rigor técnico, ofreciendo un contenido en sus obras que imitaba el camino de lo clásico, los mitos de un lejano pasado, la “belleza” según la veían y sentían los griegos y romanos. En el esquema del equilibrio, la armonía, los tonos, las escenas. Este estilo (David, Ingres, podrían ser ejemplos de pintores de esta corriente) fue canonizado por la Academia, sobre todo en Francia. O sea, para ser buen pintor había que seguir sus criterios formales, y no se admitían en las Escuelas de Bellas Artes a estudiantes que no pasaran los estudios de desnudos y anatomía, la primacía del diseño sobre el color, la copia de obras antiguas. La evolución en la segunda mitad del siglo XIX de este tipo de pintura fue denominada arte pompier, de manera peyorativa: arte bombero, quizás por el abuso de figuras clásicas con cascos similares a los de los servidores públicos. También se lo consideraba un tipo de arte afecto al poder que utilizaba técnicas que bien vistas, aunque resultaran falsas, vacías, sosas. Cosas del mercado del arte, estos cuadros aún se exponen en los museos modernos y se compran y venden a coleccionistas pudientes como bienes preciosos.

Podríamos preguntarnos (como siempre lo hacemos) qué es “una gran cosa” en arte, en literatura, en música, etcétera, pero tomaríamos un carril para otro rumbo, y -la verdad- queremos dedicarnos al fenómeno social y cultural que confronta con lo expuesto anteriormente: lo camp. Aunque ambos cauces fluyan de la misma vertiente.

Un buen ejemplo de esta demostración cuasi antropológica es la revaloración de las series pulps, o las historietas de antaño, los comic con viñetas y recuadros de hace cuarenta, sesenta, ochenta años, o los vinilos.

Hay otro hecho que intervino en estas reacciones humanas, demasiado humanas (diría Nietzsche). Un elemento que nos parece importante y que fue analizado en 1964 por Susan Sontag: lo camp. La escritora afirma que lo camp es una sensibilidad, una forma de ver el mundo, una especie de ideología, una posición vital. Lo camp, más que transformar lo frívolo en serio (como podría haber ocurrido con el jazz o el tango, que nacieron en los suburbios prostibularios, y luego fueron legitimados) transforma lo serio en trivial. O sea, hace el recorrido inverso. Pero no de una manera despistada o incauta.

Lo camp logra, aparentemente, que la seriedad no sea seria desde la tarifa de la moral bienpensante. Tiene amor por lo artificial y exagerado; es ampuloso, estrambótico, con ambición de grandeza, para divertirse y provocar. Ansía lo extravagante, lo no natural, el humor, la ironía, la burla a lo establecido. Aspira a lo banal sabiendo que es frívolo y no le importa, porque va mucho más allá. Ni le interesa si algo es considerado vulgar porque su objetivo, al acercase a lo andrógino, a lo gay, al movimiento LGTBI, es poner muy nerviosos a las señoras y señores que sólo ven la vida en blanco y negro, detrás de los vidrios polarizados de sus construcciones de género heterosexuales bendecidas por una sociedad negadora.

La palabra camp tiene un largo recorrido desde Moliere y Los enredos de Scapin, donde el francés lo usaba como verbo. Pero en el siglo XIX se lo asoció a lo queer y el travestismo, a lo extraño, raro o poco usual, usándoselo como adjetivo. En el Oxford English Dictionary aparece en el siglo XX y las acepciones son: afectado, excesivo, teatral, afeminado. La peña de Oxford a la hora calificar sudaba homofobia.

Es interesante que Susan Sontag le dedica las “Notas sobre lo camp” a Oscar Wilde. Es que lo camp nace, paradójicamente, como signo de reconocimiento entre una élite intelectual tan segura de su gusto, que no le importaba el deseo ajeno o consagrado y podía decidir lo que se ocurriera, incluso el mal gusto de su tiempo. El dandismo de Wilde aseguraba que “ser natural es una postura muy difícil de mantener”. Cierto, eso de andar con el culo fruncido nos es bueno para el arte ni para la kinesiología.

No le pidamos a los que militan en el territorio de lo camp, seriedad pequeñoburguesa; porque nos van a dar algo riéndose de la cara que ponemos. Además con certeza la cosa ofrecida nos provocará cierto estupor, porque hoy no se miden los objetos por la perfección, sino por su grado de artificio provocativo y estilización disidente.

Si es muy bueno o demasiado importante, no es camp. Lo camp tiene su dosis de incorrección, de extremo (en cualquier sentido), de marginal, de ambigüedad sexual. Sobre este punto sobran los ejemplos: la top model Hanne Gaby, Morrisey, Bowie, Prince, Billie Eilish que manifestó que prefería una taza de té antes que tener sexo. Existe un estudio de Glaad´s Accelerating Acceptance Report  del 2016 que concluye que en EUA, las nuevas generaciones se sienten cada vez más cómodas identificándose por fuera de lo binario. Binario rima con canario, y remite a pajarito que ¿canta? dentro de una jaula. En este marco debe contextualizarse lo camp. No desde la referencia sexual exclusiva, porque lo camp va más allá, pero con escritores e intelectuales como Wilde y Sontag, que eran hombre y mujer y a la vez mujer y hombre, no estamos muy lejos de comprender una marea artística que como lo kitsch lo copa todo.

La palabra camp viene del francés camper que significa posar de una manera exagerada y está relacionada con las formas del arte kitsch. El camp es planteado popularmente como una forma política de integración social de la cultura de LGTBI (en especial la cultura gay) en la “ilustración” global y conecta con el repudio por la identidad social de la cultura “closet” (la de vivir dentro del armario) bastante anterior al momento histórico de Stonewall (Disturbios producidos en el Greenwich Village de Nueva York en 1969 en protesta por el acoso policial que tuvo lugar durante una redada abusiva en un bar gay.)

En lo literario lo camp se valió de recursos ingeniosos y del absurdo como elementos principales de una obra destinada al consumo popular. Privilegiando enfoques centrados en la ficción romántica, presentado dentro de un contexto usualmente alegórico como en Pride and Prejudice (1813) de Jane Austen, Little Women (1868) y Little Men (1871) de Louisa May Alcott, Gone with the Wind (1936) de Margaret Mitchell. Gigi (1944) de Colette y Breakfast at Tiffany’s (1958) de Truman Capote.

En la literatura contemporánea se encuentran distintos autores y autoras identificados como camp por incluir diferentes elementos que radican en el obstáculo, el carácter erótico, el ambiente romántico y la amplificación (incluyendo habitualmente elementos de la ciencia ficción y la ficción de horror). El argumento principal suele basarse en la imposibilidad natural, política o social de una pareja amorosa regularmente heterosexual, o no, trama que comparte ciertos aspectos con el “chick lit” (ficción romántica posfeminista). Algunos títulos best-sellers del camp también suelen combinar elementos de la ficción de horror con la novela rosa.

En otros enfoques se subraya el carácter fantástico del cómic como un elemento de la literatura camp. Historietas en las que intervienen elementos eróticos como Vampirella de Forrest J. Ackerman y Barbarella de Jean-Claude Forest. Aunque esta zona es debatible, sugiere una mirada voluptuosa que huele a porno – machismo encubierto. Otros cómics del estilo camp incluyen la ficción de superhéroes, el dramedy (drama-comedia) y el enfoque homoerótico. Algunos cómics que son considerados como camp incluyen Batman (1939) de Bob Kane y Bill Finger, Wonder Woman (1941) de William Moulton Marston y diversos títulos de Archie Comics como Archie (1941). Ha sido una larga batalla entre guionistas y dueños de editoriales lograr  que en la sexta edición de “Batman: Urban Legends” (recién editada), Robin aceptara salir con un hombre y esto pone fin a las especulaciones que por años hicieron los fanáticos de la saga. Sin embargo ya hace algún tiempo que DC y Marvel vienen incorporando personajes queer en sus producciones pues su olfato mercantil les sugirió que existían nuevos públicos a quienes vender.

Focalizando más en la literatura Latinoamericana es emblemático el trabajo realizado por José Amícola: Camp y posvanguardia. Manifestaciones culturales de un siglo fenecido (Buenos Aires, Paidós, 2000). Donde se vincula el camp a lo queer. Este texto es fundacional para la crítica literaria argentina en sintonía queer, pues propone que la noción de camp no solo involucra la visibilización de esta dimensión de género sino que también la considera determinante.

Amícola considera que “gender” y “camp” son pilares para construir un horizonte donde prima la cultura homosexual (fundamentalmente gay, lo lésbico sigue postergado) y que se construiría a partir de la resignificación de la parodia y el kitsch.

La noción de camp implicará no solo la evaporación de las fronteras culturales y el cuestionamiento de los binarismos; sino que también devendrá como la lectura que inaugura la visibilidad. Esta es la categoría que Amícola considera determinante en tanto vínculo con la cultura queer como expresión perceptible de esa cultura. Todos los rasgos del camp son leídos desde las “imposiciones del gender”; esto es, del camp como desbaratamiento satírico de la seriedad falocéntrica.

La obra de Amícola se inscribe en una genealogía de la teoría queer latinoamericana, rastreando sus antecedentes en nuestras latitudes, a través de manifestaciones estéticas neobarrocas, donde son imprescindibles también personajes como Severo Sarduy, Lezama Lima, Perlongher o el chileno Lemebel. En el análisis de Amícola nos interpelan además Puig, Copi y  Aira. Aunque como dice Elena M. Martínez en Lesbian Voices from Latin America: Breaking Ground (1996) «la historia del lesbianismo tiene que ser rescatada de una larga historia de silencio, negación y eufemismos que se las ha ingeniado para esconder sus significados o comunicarlos secretamente».

Las novelas de Manuel Puig tienen obviamente un lugar central en este estudio sobre camp y posvanguardia, aunque no sin matices y salvedades: las de las prevenciones del propio Puig contra la elite del gueto homosexual, o las del riesgo de que sus textos contienen elementos del camp y, a la vez, sus antídotos.

Ocupan un lugar igualmente básico el inefable Copi (asustando a su oligarquía de cuna), Néstor Perlongher (haciendo de Evita un ícono gay), Severo Sarduy (desde la apropiación gay de lo kitsch en la cultura de masas), hasta César Aira (teniendo en cuenta que la sensibilidad camp importa también a autores que se hallan fuera de la comunidad homosexual.)

El camp es uno de los constituyentes del posmodernismo o la posvanguardia. Y ha promovido producciones culturales que, genealógicamente, conectan con la primera ola del feminismo y el lesbianismo como políticas de resistencia vinculadas a la disidencia de género. Son prácticas que mediante el uso del potencial político de la ironía y del camp cuestionan los privilegios materiales e inmateriales que marginan a las mujeres, a lesbianas y gays, a la pluma… Es por ello que ciertas lecturas “hegemónicas” de la “contrahegemonía” menosprecian y atacan aquello que nombran como “el narcisismo”, “el hedonismo”, “lo banal”, “lo frívolo”, “lo superficial” y se permiten hacer uso de términos como “la mafia rosa” cada vez que aumenta la visibilidad de la disidencia de género, porque esta visibilidad generaba y genera conflictos al desvelar los privilegios de la misoginia y de la homofobia liberal.

(Desacuerdos. María José Belbel. Proyecto editorial de investigación realizado en coproducción entre Centro José Guerrero – Diputación de Granada, MACBA Barcelona, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y Universidad Internacional de Andalucía – UNIA arteypensamiento.)

Imagen: Susan Sontag y Oscar Wilde.

1 Comment

  1. Esta época actual podrá ser caracterizada de muchas maneras, pero hay una que posiblemente sintetice a todas: vivimos un tiempo de múltiples “mundos”. Ya no existe la bipolaridad. Está caduco el dualismo aquel de Descartes y de lo que le siguió. El orden de las cosas se hecho miles de esquirlas de una explosión que continúa sucediéndose. El universo es multiverso. Los principios del Bien y del Mal se han mezclado discepolianamente en decenas de matices. Se observa este fenómeno en la política, en la economía, en la sociedad, en el arte. Por eso viene muy bien un artículo como este. Si después de leerlo salimos con cierta claridad, quedaremos muy agradecidos. Y si salimos absolutamente confundidos, será para investigar más, y también quedaremos súper agradecidos. Las especulaciones sobre la literatura y arte en general, digamos, los ensayos, o como se llamen, no se hacen siempre para enseñar o aclarar nada, sino muchas veces para ver el enloquecido mundo que nos ha tocado vivir. Alberto Szretter

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