Las reglas de la poesía

Por NEACONATUS

O como “aprender a rezar en la era de la técnica” * (Subtítulo posible)

Veamos primero que entendemos por regla, es un precepto que se ajusta a unas operaciones que permiten llegar derechamente a un fin. Estos ordenamientos pueden ser intelectuales o no, pertenecer al arte, la ciencia, la ética o la mera vida cotidiana (por ejemplo: reglas para el correcto uso de un lavarropas). Una regla según una interpretación lógica remite a una inferencia, una deducción o relación. Descartes desarrolló sus reglas cartesianas del Discurso del Método, Newton sus Regulae philosophandi y, cómo no iba a estar presente Kant con sus reglas prácticas que determinan “el actuar rectamente”. Aquí la cosa huele a desfile militar, todo es derechito, recto, enderezado, horizontal… Mejor como decía la canción: “Y qué tal si salimos todos a bailar, todos a bailar”. De paso nos inventamos unos pasos menos severos y ya que estamos “cachete con cachete” nos metemos con la poesía. Fiesta garantizada.     

Comencemos con la primera danza de los vampiros: existe un problema con la poesía, no se comprende fácilmente. Y como no se la entiende así como así, una gran proporción de personas (incluso poetas) afirman que debe acercarse al pueblo, allanarse en la simplicidad, buscar la emoción por el camino más corto y sencillo.

A todo esto, hay que agregar que es el género literario más frecuentemente trabajado. Casi todos las y los escritores suelen iniciarse sobre la adolescencia, a más tardar entrada la juventud. Un porcentaje insiste en la edad provecta, con resultados desconcertantes. Muy pocos, por suerte para los lectores. Porque, otra vez, los versos que leemos no son descifrados ni por el alma en pena de la madre del autor/a.

Pero, qué sucede. En realidad, es necesario aceptar, sin obligación alguna, que la poesía no debe ser vista como algo elitista. Y esta regla número uno (para comenzar a tratar de desbrozar la paja del trigo) tiene que entenderla, más que nadie, el propio poeta, cuya obra aunque sea muy particular o especializada, no debe ser críptica porque sino, ahí, el idioma pierde uno de sus mayores atributos que es la comunicación. Cabe aquí recordar que el pesado de Platón quería expulsar a los poetas de la “República” por “mentirosos”, pero para quedar bien también decía que la poesía era una “locura divina”. El poeta, las poetas eran invisibles, llegaban a convertirse en un “ser con alas” inspirado por la divinidad, poetizar es una “gracia”, un “don”. “Vaffanculo” diría Umberto Eco desde una nube.

La segunda regla, esta numeración es arbitraria y a los efectos de ordenar la exposición, es un requerimiento que hacemos los que estamos en la tribuna del lectorado (el grupo de los lectores, no confundir con e-lectorado) y que es un pedido encarecido a los que se asumen como poetas: que lean mucha poesía, si es posible, antes de largarse a escribir, o si los pujos son indetenibles, de modo simultáneo. La lectura de otros colegas, nutre, enseña, pule, censura, libera, y una cantidad enorme de verbos superadores de la propia condición a la que se aspira. No hay escritura posible sin lectura. Es más, grandes personalidades, no nosotros, modestos simpatizantes, han afirmado que la escritura no es nada más que una relectura (aquí, a los egos hay que dejarlos aparte).

Después del “político” Platón por suerte llegó el Aristóteles y puso las cosas, más o menos en su lugar. En su Poética afirma que todas las formas poéticas (épica, tragedia, comedia y ditirambo) son modos de “imitación” de las acciones humanas. El poeta representa a los hombres (seguimos sin que lleguen las chicas a la fiesta) y sus acciones por medio del lenguaje. Muchos siglos después Heidegger plantearía que poetizar no es sólo el manejo de un lenguaje, sino el “fundamento” de todo lenguaje.

Vamos entrando en el meollo de la cuestión, porque para leer y sobre todo para escribir poesía, hay que conocer una tercera regla que parece invisible, pero que es indispensable. Veamos con un ejemplo deportivo. En el fútbol hay una norma, un reglamento, que habla del offside. Cómo explicarle a un norteamericano que no sabe nada de futbol cuando debe aplicarse el “fuera de juego”. Es posible que entienda, pero es difícil, complicado. Wittgenstein  se preguntaba cómo es que existen reglas precisas y otras de apreciación, que en el caso del fútbol incluso el VAR no ha despejado. El filósofo decía que en el tenis -elegía esa actividad-  no hay límite de altura al elevar la pelota durante el servicio. Un jugador puede mandar la pelotita a diez mil metros y el juez del encuentro no diría nada. El único inconveniente sería la demora en que baje el balón. En el ajedrez, otro ejemplo, donde dos jugadores se enfrentan sin reloj. Uno de ellos (o los dos) puede detenerse a pensar indefinidamente una o varias jugadas y eso está permitido. En poesía, como en el tenis o en el ajedrez, aunque posee reglas (si se quiere, en general están admitidas y en particular las dicta el escritor), el hacedor de versos guarda para sí el derecho de hacer, dentro de ciertos límites, lo que le plazca, y no hay academia en el mundo que pueda reprocharle nada. Eso sí, el “juego” puede acabar en un aburrimiento fenomenal.

La poesía no tiene porqué ser tomada como un jeroglífico indescifrable, porque hay de todo en la viña del Señor, desde la poesía simple hasta la que es expresión de una individualidad extrema o es manifestación de accidentes personalísimos que los lectores desconocemos y cuyos versos solo son decodificados por los allegados, parientes o parejas (o víctimas) del hacedor, y que más bien parecen catarsis psicológicas o dramas de relación en versos libres.

Sabiendo la cuarta regla, que es la de la síntesis, de que toda poesía trata de ir al tuétano de un asunto, y de que deshecha la hojarasca, las conjunciones, los artículos, las descripciones, las acotaciones secundarias, etcétera (exageramos, para que se note) estamos en el camino de comprenderla. Pero esta última frase es más bien una expresión de deseo, porque como todo “juego” complicado, posee sus vueltas, “sus medidas”, que solo la experiencia (pero a veces ni eso), la mucha lectura, puede descubrir una gema valiosa. Ya sabemos, nuestros críticos nos van a saltar con el ejemplo de la poesía inglesa y norteamericana que es más conversacional, que incluso posee digresiones, pero bueno, hay que aceptar las excepciones.

La quinta regla en poesía es la de la trasgresión. Existe, creemos, una tradición de la transgresión que parece que nació con la poesía misma, sobre todo la poesía moderna. El acatamiento por violar estructuras y perspectivas estéticas ha sido mucho mayor en poesía que en la prosa. Sin ser historiadores de la literatura observamos que, por ejemplo, después de la Segunda Gran Guerra Mundial (y bastante antes, también) son los poetas los experimentadores, mientras que los escritores de prosa (de alguna forma hay que llamarlos) estaban embarcados en un realismo duro, excepto en América Latina hacia el ´60 con el realismo mágico.

Parecería que en poesía, más que en narrativa las cosas tienen que ser llevadas al extremo, al último grado, incluso a la zona más “visual”, más de rompimiento ( y que se note), con una urdimbre de palabras cada vez más compleja y hasta para iniciados. Si generalizamos un poco, hasta podríamos decir que no hay poeta que no esté a favor del “desmoronamiento de las palabras”. Esta afirmación es injusta, lo sabemos, porque la cosa no es tan simple, ni todos van en bloque compacto a romper cuantas estructuras estén escritas antes que ellos, pero existe una sensación de búsqueda de versos tempestuosos y vivos, donde la línea del orden y del desorden se mezcla y entrelaza de continuo.

Hay una sexta regla que no sabemos si los poetas se la plantean, pero nosotros la ponemos sobre el tapete, que consiste en cuestionarse (la regla en sí es una pregunta) cuándo escribir. Más precisamente digamos que es una deliberación interna sobre la decisión del momento de la escritura del poema. El problema de la inspiración. Un problema tan vago, difuso, y hasta un poco pudoroso que nace en el instante, creemos que nace ahí, en que la emoción brota y empuja la mano a la escritura. En otras palabras, y para hurgar en esa intimidad o epifanía, qué hace que el poeta deba sentarse a escribir hoy y no mañana. Parece una pavada, o una obviedad, pero argumentamos que el poema construido en tal momento de ninguna manera es igual al hecho en otro momento, siendo el “tema” el mismo.

Es algo que no sucede con los prosistas, que están escribiendo un cuento, lo suspenden y continúan mañana, o pasado o el mes que viene con idéntica o parecida ilación. Esta sexta regla ¿es una regla? La regla -queremos significar- de la urgencia en la redacción. Del “debe ser ahora”, dentro de un rato ya nada será igual.

Una séptima regla nos habla de que la poesía debe ser esencialmente inútil. Por lo menos es lo que siempre se ha escuchado. Inútil en el buen sentido del término. No debe servir a nada, a nadie. No tiene que tener para qué. Contra esta regla se han levantado miles de poetas, sobre todo los llamados “sociales”. Los que mantienen la regla afirman que la poesía no se vende porque la poesía no se comercia. Parece una redundancia, pero si analizamos la frase, llegamos a la conclusión de que es correcta en sí misma, no nos animamos a llevarla a un imperativo categórico kantiano (a esta altura asumimos que sin Kant la vida no tiene sentido).

Sin embargo se nos ocurre preguntarnos que posee, quiera o no, una utilidad: ¿acaso no nos da placer? Si antes mencionamos la analogía con el deporte, ahora podemos arriesgarnos a nombrar la similitud de esa sensación de gozo de un hermoso poema, con un drive excelente en el tenis, un sacrificio exitoso de la dama en el ajedrez, o una gambeta deslumbrante de Messi, aunque no termine en gol, ni los otros ejemplos en un jaque mate o en ganar un set.

Nuccio Ordine en su manifiesto La utilidad de lo inútil recuerda a Tomás Moro cuando escribe en la Utopía (1516) que los isleños detestaban tanto el oro que lo destinaban a la fabricación de orinales.  

Una octava regla asegura que la poesía no es autobiografía, un registro de circunstancias culturales, histórica, sexual. Sencillamente porque no se predetermina por estos factores. Claro que en el poema puede reconocerse el estilo de una época o las ideas del poeta como ser humano, incluso sus inclinaciones, pero estos componentes quedarán subsumidos en una voluntad creadora de una unicidad no analizable, en una síntesis orgánica indivisible por naturaleza. Esta regla es interesante porque apunta a separar lo anecdótico pasajero y larga el vuelo creativo hacia la libertad. La libertad absoluta, quizás la única libertad de la que puede gozar sin ataduras de prejuicios sociales, políticos, de clase, de género al o a la poeta.

La novena regla dice que el poeta no dice, porque no utiliza el lenguaje en calidad de vehículo de comunicación social común. Este lenguaje común, en su estructura cotidiana, es usado, digamos, para caminar. El lenguaje poético compromete a las piernas de ese caminar, pero ahora se extiende al cuerpo y sus poses, y se transforma en danza. Ya no hay un desplazamiento vulgar y corriente, hay un vuelo mágico. Por supuesto que la poesía que posee sus componentes conceptuales, afectivos e imaginativos, conllevan intrínsecamente esa virtud indelegable de la expresividad, de la comunicación. Pero la “noticia” que carga no es informativa, ni educativa, ni pretende que el lector alcance la paz interior. Estas metas serán para el yoga, pero la poesía es otra cosa, es lenguaje elevado a su grado más alto de singularidad.

La décima regla es la que aclara que en poesía  no hay justamente reglas, y que todo lo anterior posiblemente no sirva para nada. El o la poeta poseen su quid propio y escriben versos a los que hay que penetrar sin rigidez mental de ningún tipo, sin sequedad, antes bien, como dicen los que saben, con la mayor empatía.

¿Para qué escribimos, entonces? Escribimos reglas que como linternas (no quieren ser otra cosa) nos ayuden  a ingresar en la noche de los poemas. La poesía es un mundo nocturno diverso, de infinitas manifestaciones, lleno de frases llanas y de metáforas complejas, de anáforas, de un ritmo distinto, algunos poemas poseen melodía, otros rimas, otros nada, otros son esbozos de sentimientos sueltos, otros manifiestan angustias del tiempo, de injusticias, de dolores coagulados dentro como pedazos de vidrios… y posiblemente las reglas sean buenas para alumbrar el universo múltiple de los poetas, para saber si estamos ante un desahogo de un drama de pareja o una crisis existencial terminal. Porque, creemos, el poema debe ser simpatizado dentro no de un esquema rígido, sino en el seno de una atmósfera libérrima, donde, nosotros, sus lectores podamos apreciar con algunas herramientas, como podrían ser estas arbitrarias herramientas, el vértigo que el artista nos quiso contagiar.

Una idea propuesta en la anterior regla décima: el representar iniquidades y sufrimientos, nos lleva hasta la undécima y última. Cuando Adorno se preguntó si era posible escribir poesía después de Auschwitz. Cerramos con Paul Celan que en su obra “Todesfuge” (“Fuga de muerte”) logró neutralizar la terminal sentencia. Y nos legó el corolario de esta serie de reglas no decretadas por ningunas tablas de la ley.

En estos tiempos de estado de excepción cronificado, la poesía podría ser la resistencia partisana ante la violencia maximizada de la eficiencia y el rendimiento que nos ha llevado a autoexplotarnos felices y mansos (Byung-Chul Han).

*Novela de Gonçalo M. Tavares

 

1 Comment

  1. De tantas reglas tomé un comp’as y empecé a circular, que en este caso dí vueltas en redondo y cada vez se abrieron más las piernas del compas, hasta que me solté y sentí que infinitamente en 360 grados siempre volaría en círculos alrededor de la poesía. Excelente artículo.

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