LIBRETA DE APUNTES: Mondo Kitsch 1

Por NEACONATUS

No estirar el dedito meñique cuando se toma la taza de te

Kitsch es una palabra de origen alemán que denomina una estética sensiblera, de “mal gusto”. Remite a la imitación raquítica de una forma de arte más “elevada”. Pero ¿qué ley universal fundamenta esto? Porque lo Kitsch es transversal y global, puede encontrarse en cualquier sociedad, en formatos de cultura para elites o en representaciones populares. Tal vez este sea un planeta kitsch, o el universo entero. ¿Qué diferencia puede existir entre un kiosco de kermese donde se tiran pelotas a unos muñecos espeluznantes y un espacio sideral en el que derivan ebrias las esferas celestes? En el primer caso te regalan un osito de peluche y en el segundo un pasaje al infinito.

¿Qué es lo bello? ¿Qué es lo feo? ¿Quién dice cuando algo manufacturado por alguien es hermoso o, al revés, horrible? Pareciera que estas categorías estéticas son consecuencia de un fenómeno social. Porque las clases altas siempre han considerado de mal gusto el fruto de las clases bajas. Lo realizado por el pueblo que, históricamente no ha sido considerado ilustrado o culto, según los cánones establecidos, nunca ha logrado un status de belleza. Dicho de otra manera, es el poder (político, económico, de conocimiento, de Medios) el que sentencia cuándo algo es apetecible o desechable.

A veces la vara estética no la da el poder del dinero, sino la cultura, entendida como la acumulación de saberes, el refinamiento, lecturas, viajes o roces con personas despabiladas en alguna rama del arte o de la ciencia. Por ejemplo, el desprecio que la gente acomodada económicamente o con cierta prosapia familiar tiene hacia un nuevo rico, incluso la enorme incomodidad que este personaje desencadena en los ambientes de la alta sociedad cuando el progreso del considerado arribista pasa dinerariamente a los ya establecidos. Ni que hablar cuando les toca depender del mismo a través de algún contrato matrimonial por conveniencia.

Pero ¿quién fija la sensibilidad dominante? Evidentemente el poder. Foucault elaboró una idea interesante, el régimen de verdad, que afirma que cada sociedad define un discurso, ahora se dice, un relato, que impone como verdadero. En nuestro tema, siguiendo este concepto, se diría que el Poder (con mayúscula) precisa lo que es bello. Poder es mucho más que el Ejecutivo y las otras virtudes republicanas, es también el cúmulo de instituciones civiles, la prensa, los dueños de las redes sociales, los grupos empresarios, las entidades educativas, el colectivo de artistas, etc. con la condición que posean cierta capacidad de decisión. De todos estos individuos y establecimientos, que se influyen, rozan, chocan, acuerdan, etcétera, como si resultaran un consorcio de intereses (a veces opuestos y en conflicto) sale la idea de perfección epocal. Con respecto al arte, los que forman los cánones son las personas allegadas a ese difuminado (pero no tan disperso) poder. Poseen muchas formas de construirlo, desde una directa política cultural, hasta subvenciones, concursos, premios, mecenazgos, reconocimientos oficiales. También, por supuesto, mediante el mercado del arte.

Y desde aquí podemos acercarnos a lo kitsch. Sabemos que los turistas norteamericanos en la segunda mitad del siglo XIX querían comprar un cuadro barato en Múnich y pedían un esbozo (sketch). O sea buscaban parecido al original. No entendían de arte ni ellos, ni los que iban a mirar el cuadro en alguna de las amplias salas de sus hogares fastuosos, en la Unión. Pero ya existían el término kitschen (hacer algo chapucero, o también, juntar barro en la calle, o hacer antiguo un mueble recién hecho); y el verbo verkitschen (vender a bajo precio). Muy bien, estos podrían ser los orígenes de la palabra que en cualquiera de sus versiones nació para designar algo de pacotilla, una baratija, una cursilería, como dicen en España. Volvemos a preguntarnos ¿quién es el que considera que algo es kitsch, en el sentido de fruslería? Como la respuesta puede ser voluble, suele cambiar, lo que se intente definir rotará, se va a adaptar a nuevas expresiones del kitsch que abarca infinidad de manifestaciones y de años, que incluso continúa variando y amplificándose, es bueno listar algunos ejemplos icónicos.

Los famosos enanitos de jardín, los falsos canales venecianos de Las Vegas, lo adventicio y recargado del Madonna Inn californiano, sus cuartos, sus baños. A ver si damos una idea: algunos son como cuevas de Altamira, pero sobre la costa del Pacífico, especie de catacumbas con columnas bizantinas y estalactitas, ángeles barrocos de yeso que sostienen cielorrasos estrellados con la vía Láctea. Pero eso no es todo. Los lavatorios son enormes conchas marinas de acrílico iluminados por dentro, y los mingitorios parecen chimeneas excavadas en la ladera de una montaña. Pero hay más, porque cuando el chorro de orina golpea el fondo no se sabe de dónde fluye el agua purificadora, como una especie de Niágara en miniatura que desprende fragancias acorde a las inmensas flores con que está decorado el sanitario; donde, a la entrada, hay un plano de la instalación, para saber cómo salir en condiciones normales y cómo hacerlo si uno anduvo antes festejando con champagne de la zona (que no es muy bueno). Son tan grandes los baños que hay flechas en el piso que indican metas distintas, por ejemplo las bebidas en la barra adosada dentro del toilette, o la puerta de exit en caso de incendio. Eso no es todo. Las habitaciones son temáticas, por ejemplo se puede ir a dormir (y a otras cosas) a una prehistórica porque está revestida de elementos que suponemos existieron hace cien mil años. Otra habitación simula una celda de Alcatraz (pero a todo lujo) otra, un albergue prostibulario (esta es la más solicitada por los Just Married, no sabemos por qué), otra, una estancia de un castillo medieval. En fin hay para todos los gustos o para casi todos, porque llegan a doscientas con absolutamente las mayores comodidades. Esto es kitsch. ¿Alguna objeción?

También son kitsch las expresiones conmemorativas (que pretendían ser populares) del estalinismo, del nazismo y de Mussolini (que encima descalificaban al “otro” arte por degenerado). Ni que hablar de las escenografías de los informativos que hoy emite la televisión en Corea del Norte.

Es kitsch la estampita del Sagrado Corazón de Jesús (1903) donde aparece El Salvador, rubio, peinado al medio, con una barba recortada y ojos celestes, de piel blanca como si jamás pudo andar por los desiertos de Galilea y en el pecho, pintado sobre la túnica blanca inmaculada (como corresponde), un corazoncito del tamaño del que hace con las manos el maravilloso futbolista De María después de lograr un gol. ¡Bienvenido sea en la final de la copa América!

Podemos seguir con ejemplos, pero dejemos al lector aportar de su cosecha modelos de kitsch de un libro de arte que haya repasado, o simplemente de algún fascículo, revista, de esas que suele haber en las salas de espera del dentista. También imágenes de su ciudad, del establecimiento donde trabaja, incluso de su casa. Es que el kitsch ornamenta y es barato. Adorna pero en forma de copia, posee en sí mismo el concepto de lo falso. De lo falso que ostenta. De lo vulgar que provoca. No se erige sino con la ambición de ocupar UN lugar. Es el suvenir del turista (que inauguraron aquellos ricos turistas norteamericanos del siglo XIX en la Prusia del Káiser). El kitsch además posee la característica de inducir a una interpretación sencilla del hecho artístico. Nos está diciendo “nada de cosas difíciles”. Si llega a ser una parodia o que choque la vista del observador, que lo haga de modo simple, sin intelectualidades profundas. Nos dice que hay que aceptar la intrascendencia, que todo pasa, y que transcurrido un lapso variable hay que tirar de arriba a abajo y elevar una nueva imaginería, decorado moderno, una moda, poses, terminologías, formas de escribir. Porque todo es insustancial y caduca. Nada tiene valor sin fecha de reemplazo. La vida es un yogur.

Continuará…

 

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